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El apoyo a la detención de Maduro fue mayor en los países más afectados por la inmigración venezolana

Más apoyo a la detención de Maduro en los países con mayor carga de diáspora venezolana

ARTÍCULO

22 | 06 | 2026

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En Colombia, la opinión pública desoyó las críticas de Petro; en México, receptor de un menor éxodo, influyó la condena de Sheinbaum

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Concentración de venezolanos el 3 de enero 2026 en Parque Almagro, Santiago de Chile [Igallards7]

La detención de Nicolás Maduro, durante una operación militar relámpago de Estados Unidos en Venezuela, tuvo una acogida variada en el resto del continente americano. Aunque hubo un apoyo mayoritario de la opinión pública de la región, las aclamaciones populares en Miami y Bogotá contrastaron con la celebración más comedida en Ciudad de México y Brasilia. Al margen del debate jurídico y moral sobre la legitimidad de la intervención estadounidense, la reacción de la opinión pública tuvo más que ver con la experiencia directa del éxodo venezolano en cada uno de los países americanos.

La principal encuesta realizada a los pocos días de la detención de Maduro del pasado 3 de enero arrojó una aprobación de la operación militar estadounidense del 60,1% en el conjunto de la región. Llevada a cabo entre los días 5 y 11 de enero, con una muestra de 11.285 personas repartidas por el continente americano, la encuesta de la firma brasileña AtlasIntel, en colaboración con Bloomberg, recogía, no obstante, algunas variaciones del apoyo en función de los países.

Comparados esos datos con los registros del R4V sobre los casi siete millones de refugiados y migrantes venezolanos en América Latina y el Caribe, puede concluirse que la exposición diaria a de los devastadores efectos de la crisis venezolana —medida en número de vecinos, compañeros de trabajo o conocidos llegados del otro lado del Orinoco— es uno de los factores que mejor explica la disposición de la opinión pública de cada país a ver desde una lente positiva una operación que, en términos de derecho internacional, resulta difícilmente justificable.

De acuerdo con el sondeo, el 60,1% de los consultados mostró su apoyo a la operación militar estadounidense y el 58% declaró apoyar una intervención militar norteamericana para deponer al gobierno chavista. No obstante, la probación no fue homogénea ni en términos geográficos ni ideológicos; los matices entre países revelan tanto las particularidades de cada relación bilateral con Estados Unidos como el peso diferenciado que la migración venezolana ha tenido en distintas sociedades.

Los países andinos

Los niveles de aprobación más altos se concentraron en el Caribe (82%); en el bloque andino, compuesto por Ecuador, Perú y Bolivia (77%); en Paraguay y Uruguay (72%), y en Colombia (64%). Aunque la relación no es perfecta, se observa una tendencia clara: los países que enfrentaron una mayor presión migratoria o que, aunque fuera numéricamente menor, la vivieron con mayor incomodidad por tratarse de naciones pequeñas o nada habituadas a inmigración desde Venezuela, tendieron a respaldar más la intervención.

Las sociedades que han vivido de modo más problemático la absorción del flujo venezolano son también las que más han interiorizado la narrativa de un régimen criminal como causa directa del éxodo (así como la esperanza de que con su desaparición habría una reversión de ese flujo). La encuesta lo confirma desde otro ángulo: el 73,2% de los latinoamericanos consideraba al régimen de Maduro como el principal responsable de la crisis humanitaria causante del récord migratorio venezolano. Para quienes viven de cerca esta migración, sus causas son una realidad palpable, a diferencia de quienes la ven como un fenómeno lejano.

Colombia es un gran caso de análisis. El país que más venezolanos ha recibido en términos absolutos —alrededor de 2,8 millones, según R4V a finales de 2025—, ha sido también el país que más ha experimentado las consecuencias: presión sobre los sistemas de salud y educación, tensiones urbanas en ciudades fronterizas como Cúcuta y una agenda migratoria que ha atravesado varios gobiernos consecutivos. Que el 64% de los colombianos aprobara la captura de Maduro, pese a la postura crítica del gobierno de Gustavo Petro frente a la intervención, habla de una fractura significativa entre la opinión pública y la posición oficial.

Datos de la encuesta de AtlasIntel

Brasil

Esa brecha entre gobernantes y gobernados no es exclusiva de Colombia. Brasil es otro interesante ejemplo. Lula da Silva fue uno de los líderes latinoamericanos que con mayor contundencia condenó la operación estadounidense, invocando principios de soberanía y no injerencia. Sin embargo, el 58% de los brasileños aprobó la detención de Maduro, y solo el 42% declaró estar de acuerdo con la posición de su propio gobierno respecto a la situación, convirtiéndose así en el país con mayor divergencia entre postura oficial y sentir ciudadano, de acuerdo con los datos de la encuesta.

Brasil alberga la tercera concentración más alta de venezolanos del continente, instalada sobre todo en la fronteriza Roraima, donde la llegada sostenida de personas desplazadas convirtió a ciudades como Pacaraima y Boa Vista en el epicentro de la respuesta humanitaria y administrativa. Ese contraste entre la política exterior federal y la experiencia cotidiana de los territorios fronterizos muestra cómo la convivencia directa con el fenómeno migratorio puede moldear percepciones distintas de las posiciones diplomáticas.

México

Con apenas 106.000 venezolanos en su territorio —un número comparativamente modesto para un país de 130 millones de habitantes—, México registró el nivel de aprobación más bajo de la operación ‘Resolución Absoluta’ entre los países grandes de la región: 55%. La Doctrina Estrada, formulada en 1930 por el canciller mexicano Genaro Estrada, establece que México no debe pronunciarse sobre la legitimidad de los gobiernos extranjeros, por considerarlo una forma de intervención. Esta tradición de no intervención y respeto de la soberanía ha estructurado la política exterior mexicana durante décadas, con independencia del partido en el poder. La presidenta Claudia Sheinbaum mantuvo esa línea, condenando la operación estadounidense y recordando los principios del derecho internacional. Y aunque una mayoría de mexicanos aprobó la captura de Maduro, un también elevado porcentaje (44,2) se alineó con la posición de rechazado de su gobierno. El hecho de que México albergue menos venezolanos que Colombia, Perú o Brasil es un dato relevante, pues significa que la migración venezolana no ha penetrado en la cotidianeidad mexicana de la misma forma que en esos otros países, y ello deja más espacio para que prevalezcan los marcos doctrinarios sobre las experiencias directas.

La diáspora venezolana: el actor que inclina la balanza

Ningún grupo del sondeo mostró cifras tan extremas como la propia diáspora venezolana. Entre los casi siete millones de venezolanos que viven fuera de Venezuela, de los cuales 1.539 fueron encuestados, el 90,8% aprobó la operación militar y el 89,3% estuvo de acuerdo con una intervención para deponer al gobierno. El 93,6% consideró que Venezuela está mejor sin Maduro como presidente; el 95,8% etiquetó el sistema político chavista como una dictadura, y el 96,2% se declaró convencido de que el resultado oficial de las últimas elecciones fue un fraude.

Este grupo es un actor proactivo en el debate político latinoamericano. Los millones de venezolanos en la región han contribuido a moldear la percepción pública de sus países de acogida. Son quienes han narrado en primera persona la represión, la escasez y la violencia del régimen. Su mera presencia es, en cierta medida, un argumento político viviente.

Interesante resulta también la comparación interna entre la diáspora y los residentes en Venezuela. Estos últimos muestran cifras notablemente más bajas de aprobación (46,7%) y más altas de incertidumbre (27,9% no sabe). El miedo, la vigilancia y la dificultad para acceder a información libre dentro del país explican parte de esa diferencia. Quienes permanecen en Venezuela no necesariamente apoyan el régimen, pero expresan su posición con más cautela, o con menos certeza sobre lo que viene después.

El futuro

El sondeo también medía las expectativas. Ante la pregunta sobre cuál sería el camino más viable para restablecer la democracia en Venezuela, el 38,3% señaló la intervención militar estadounidense. El 24,1% optó por negociaciones diplomáticas y el 22,1% por protestas sociales y negociaciones internas. El 55% de los venezolanos residentes en el país consideraron que una nueva elección presidencial bajo observación internacional sería una buena solución.

Con Delcy Rodríguez como presidenta en funciones, la transición venezolana enfrenta su propia incógnita. El 66,1% de los latinoamericanos declaró no confiar en ella para liderar ese proceso. Entre los venezolanos en el interior del país, el 51,6% preferiría a María Corina Machado —Nobel de la Paz y líder opositora— como presidenta, frente al 13,7% que elegiría a Rodríguez. La diáspora es aún más contundente: el 81% expresaba su confianza en Machado para guiar la transición.

Siete millones de argumentos

La intervención del 3 de enero es difícil de defender en los términos del derecho internacional clásico. Ningún tratado vigente autoriza a un Estado a invadir otro para detener a su presidente. Las condenas formales que llegaron desde México, Cuba, Nicaragua y Brasil no carecen de fundamento jurídico.

Sin embargo, es claro que la mayoría de los latinoamericanos se alegraron ante este suceso. No por desconocimiento del derecho internacional, sino porque, en muchos casos, las normas resultan una abstracción menos cercana que escuchar en primera persona cómo aquel vecino venezolano cruzó el páramo andino a pie con sus hijos, que el compañero de trabajo llegado huyendo, los campamentos de refugiados y las personas suplicando por empleo en las calles.

Siete millones de venezolanos en el continente son siete millones de argumentos encarnados. Han humanizado una crisis que de otro modo correría el riesgo de quedar reducida a titulares y comunicados. Y al hacerlo, han inclinado la balanza de la opinión pública latinoamericana hacia una posición que sus propios gobiernos, en muchos casos, no sostuvieron con igual determinación.

La región no ha abandonado sus reflejos anti intervencionistas —México y la Doctrina Estrada son prueba de su vitalidad. Pero también quedó claro que la soberanía pierde credibilidad sin democracia. Ante la falta de esta última, las cifras revelan que, esta vez, los latinoamericanos optaron por el pragmatismo.

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