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Portada del libro de Juan González-Barba ‘Europa: La otra patria. Claves de una identidad compartida’ (Madrid: Siglo XXI, 2026), 334 p.
Suele haber un serio problema con los ensayos sobre Europa escritos por europeístas: las páginas se llenan de deseos sobre lo que la Unión Europea debería ser. No es que fallen en el diagnóstico de muchos problemas, pero el idealismo de partida impide afrontarlos con suficiente realismo. No ocurre así con la obra de Juan González-Barba, de larga experiencia diplomática (ha sido embajador en Turquía y Croacia, y destinado también en Grecia y Bruselas, entre otras misiones) y también de gestión ministerial (entre otros puestos ha sido secretario de Estado para la Unión Europea).
González-Barba aúna dos dimensiones en la práctica muchas veces opuestas: una mirada geopolítica, de una parte, resultado de un gran interés por la historia y su concreción en la geografía, que no le lleva al pesimismo ante la crudeza de los intereses nacionales individuales; de otra, un convencido patriotismo europeísta, de raíces vitales, que no le arroja a un ingenio voluntarismo.
Gran parte del libro es precisamente una reflexión geopolítica, que tiene mucho de lo primero (una destilación de sus muchas lecturas y conocimiento directo producto de sus múltiples destinos diplomáticos) y dosis medidas de la segundo (el autor no pretende ser exhaustivo; más bien busca más ofrecer algunas aportaciones propias). La geografía no determina la historia, advierte, “pero ejerce una influencia que hemos de saber leer”.
Lo que González-Barba lee en el mapa de Europa y en la historia compartida de sus naciones son tres leyes generales, que articulan los capítulos de libro. Primero está lo que llama la ley de hierro: “Como parte integral de Eurasia, Europa oriental sufren las influencias asiáticas, Europa occidental es el último bastión que las resiste, y Europa central es el crisol que decanta el carácter europeo de cada época”. Esta ley se completa con la ley de plata: “En Europa impera el equilibrio de poderes”, tanto dentro de los países como entre ellos. Y por encima de ambas está la ley de oro: “Europa es un proyecto que, pese a sus frecuentes retrocesos, tiene como eje principal al individuo”.
Entre las interesantes ideas de esta obra, está la consideración de Gran Bretaña, Francia e Italia como el “enigma”, la “levadura” y el “fertilizante”, respectivamente, de Europa, o la elaboración acerca del papel crucial en los destinos europeos de Hungría, por ocupar buena parte de la llanura panónica en la que recalaron y sedimentaron algunas de las invasiones desde Asia: una influencia magiar especialmente manifiesta estos últimos años. El libro también se ocupa de la relación con la UE de Turquía e Israel, cuyos nacionalismos González-Barba presenta como de raíz inequívocamente europea (el turco históricamente buscó la aproximación; el judío, la separación).
En el caso de España, González-Barba constata que su construcción nacional no pudo completarse en la misma medida que otras naciones europeas de igual peso histórico, como la inglesa o la francesa: por un lado, porque el proceso fue mucho más abarcador, pues durante varios siglos la identidad española incluía a Hispanoamérica; por otro, porque sobre las diferencias internas no actuó el efecto centrífugo de la participación en las guerras mundiales y sí la dinámica centrípeta de varias guerras civiles, de las que España tiene el récord europeo en los siglos XIX y XX.
Esto es algo que los españoles en general deberíamos saber conllevar, pero también deberían hacerlo específicamente los nacionalismo catalán y vasco, que operan en territorios igualmente plurales y cuyos proyectos están del mismo modo condenados a no completarse, según advierte el autor.
En el ámbito de los principios, González-Barba defiende lo que que en muchos sectores no es políticamente correcto: las raíces cristianas de Europa. No es que con ello pretenda extraer conclusiones en cierta dirección, sino que constata un origen que da razón de una identidad propia, en términos de valores (eso no impide defender la entrada de Turquía en la UE, precisamente porque no habla de religión).
A la hora de recomendaciones, González-Barba es muy consciente de la necesidad de pragmatismo. Si bien el propósito de la obra es ambicioso —“contribuir a convencer a la mayoría de los ciudadanos europeos de que la defensa de la Unión Europea nos concierne personalmente y de que hay mucho en juego”—, los siguientes pasos en la construcción europea deben ser posibilistas. Propone tres frentes.
El primero es robustecer el poder duro de la UE, pero no solo en Defensa: modificar las actuales reglas de competencia y fomentar la creación de campeones industriales europeos; establecer procedimientos para asegurar un acceso suficiente a las tierras raras; crear uno servicios de inteligencia europeos, y garantizar una financiación suficiente para las nuevas funciones que se desean asumir, como la emisión de eurobonos. En segundo lugar, aumentar los acuerdos de áreas de libre comercio e implementar aspectos sugeridos en los informes Draghi y Letta (por ejemplo, que las empresas europeas puedan operar en toda la UE bajo una sola norma). Por último, fomentar un patriotismo paneuropeo, sin el cual la UE correría el riesgo de desaparecer.
El único problema es que esa clave de bóveda —el patriotismo, percibir Europa como patria— radica en el terreno de los sentimientos, y estos operan bajo unas coordenadas ajenas a la razón e incluso a los intereses.