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Mapa de España con los símbolos relativos a las armas nucleares, biológicas y químicas
Por primera vez en su historia, España tiene una postura oficial, documentada y aprobada al más alto nivel, sobre uno de los asuntos más delicados de la seguridad global: la proliferación de armas de destrucción masiva. El Consejo de Seguridad Nacional aprobó la Estrategia Nacional contra la Proliferación de Armas de Destrucción Masiva el 16 de diciembre de 2025, publicada posteriormente en el BOE el 16 de febrero de 2026. No es un gesto simbólico ni una declaración de intenciones: es un documento político-estratégico de primer nivel que define amenazas, fija objetivos y traza líneas de acción concretas. El hecho de que haya tardado décadas en llegar dice tanto sobre la complejidad del asunto como sobre la madurez institucional que requería abordarlo.
I. Qué es y qué no es la Estrategia Nacional contra las Proliferación de ADM
Para entender el alcance de la Estrategia hay que empezar por lo que el propio texto distingue como sus dos grandes ejes: la no proliferación y la contraproliferación. La primera apunta al trabajo diplomático y multilateral, es decir, a fortalecer los tratados internacionales, participar activamente en los foros globales y presionar para que el régimen de no proliferación aguante la tensión geopolítica actual. La segunda mira hacia adentro: qué hace España para que ningún actor no estatal, ya sea terrorista, criminal o simplemente imprudente, consiga en su territorio los materiales, el conocimiento o la financiación necesarios para fabricar este tipo de armas.
Lo que no es, y conviene dejarlo claro, es una estrategia ofensiva; tampoco es una declaración de capacidades militares propias en este ámbito. España no tiene armas nucleares, no está desarrollando armamento biológico ni químico y su posición es inequívocamente la de un Estado que apuesta por el multilateralismo y el desarme. El Consejo de Seguridad Nacional lo repite en varias formas a lo largo de sus páginas: la novedad no está en la Estrategia en sí misma, sino en que aporta un marco coherente que la articula, la operativiza y la conecta con el resto del sistema de seguridad nacional.
II. El momento en que se publica, y por qué importa
El contexto en el que aparece esta Estrategia Nacional no es precisamente tranquilizador. La arquitectura internacional de no proliferación lleva años mostrando grietas, pero los últimos acontecimientos en la geopolítica internacional han convertido esas grietas en fracturas visibles. Rusia no sólo ha invadido Ucrania, sino que se ha retirado del Tratado New START, acuerdo el cual ni siquiera el presidente de los EEUU, Donald Trump, quiso renovar. Putin también ha retirado la ratificación rusa del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares y ha bloqueado en solitario, o con muy pocos aliados, múltiples conferencias de revisión de los acuerdos internacionales, como la Convención para la Prohibición de las Armas Químicas (CAQ). No lo ha hecho por descuido, sino con la intención política de desestabilizar un sistema que limitaba sus opciones.
China, por su parte, no ha dudado en gestar secretamente la ampliación y modernización de su arsenal nuclear. A esto se suma la situación de Corea del Norte, que ha acelerado su programa nuclear y balístico con múltiples pruebas de misiles recientes, incluyendo misiles intercontinentales o nuevos tipos de lanza-misiles capaces de disparar ojivas nucleares, en patente violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En el caso iraní, destacan los ataques contra sus instalaciones nucleares por parte de los Estados Unidos e Israel, que han abierto un escenario de gran incertidumbre sobre el futuro del programa y sobre la disposición de Teherán a cooperar con el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Por su parte, la transición política en Siria que se inició en 2025 abre una ventana de oportunidad histórica para avanzar en la eliminación de sus capacidades químicas, aunque todavía con muchos interrogantes.
España no puede ser un mero observador, puesto que, como miembro de la OTAN, de la Unión Europea y de la ONU tiene tanto voz como responsabilidades en estos foros. Una estrategia propia es el requisito mínimo para poder ejercer dichas responsabilidades con coherencia.
III. Lo nuclear: cuando la energía y la bomba comparten la misma física
El capítulo nuclear es, en cierta medida, el más complejo de toda la Estrategia, y no solo por la naturaleza de las armas en cuestión, sino por una razón que tiene mucho de paradójica: la tecnología nuclear es, en buena medida, de doble uso, y puede destinarse a fines tanto civiles como militares. El uranio que alimenta un reactor de una central eléctrica y el que se necesita para desarrollar una bomba nuclear son el mismo material; la diferencia está en el grado de enriquecimiento y en la ingeniería que lo rodea. Esto convierte a cualquier país con capacidades nucleares civiles en un país con posibles ambiciones nucleares de carácter militar, y requiere de sistemas de control precisos y exhaustivos.
España no es un país ajeno a esta realidad: posee siete reactores nucleares en operación, una fábrica de combustible nuclear en Juzbado (Salamanca), un centro de almacenamiento de residuos radiactivos en El Cabril (Córdoba) y el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), todo ello bajo un sistema de salvaguardias internacionales que incluye la supervisión del OIEA y la aplicación del conocido como Protocolo Adicional. A eso se suman más de 1.250 instalaciones radiactivas distribuidas por el territorio, de las cuales dos son de primera categoría, es decir, las de mayor riesgo. Son instalaciones médicas, industriales y de investigación completamente legítimas, pero que, desde el punto de vista de la proliferación, son puntos que requieren una protección especial.
La postura española dedica una atención significativa al estado del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), la llamada ‘piedra angular’ del régimen internacional, que cuenta con 189 estados parte y lleva décadas siendo el principal dique contra la expansión del armamento nuclear. El problema es que, actualmente, ese dique tiene fisuras considerables, ya que las dos últimas conferencias de revisión —de 2015 y 2022— fracasaron sin acuerdo, y tampoco hay grandes esperanzas puestas en la que está por venir en 2026. Algunas voces proponen el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares (TPAN) como alternativa al TNP; sin embargo, tal y como señala la Estrategia española, ningún estado poseedor de armas nucleares ha firmado el TPAN que, además, tampoco cuenta con un protocolo de verificación claro, es decir, es un instrumento con buenas intenciones y escasa operatividad.
La naturaleza de doble uso de la energía nuclear tiene además una dimensión energética que, en el contexto actual, resulta imposible ignorar. El debate sobre el destino de las centrales nucleares en España —que el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima prevé cerrar entre 2025 y 2035— está estrechamente relacionado con la Estrategia Nacional. Mientras las centrales nucleares están operativas, generan combustible gastado que requiere almacenamiento seguro, producen residuos de media y baja actividad que hay que gestionar durante décadas, y mantienen en el territorio una infraestructura que exige protección física robusta frente a sabotaje o robo de material. La Estrategia no aborda el debate energético, pues queda al margen de su cometido, pero sí establece con claridad que la protección física de estas instalaciones, incluyendo la ciberseguridad, es una prioridad. Por eso, considera necesario revisar los planes de protección y actualizar la llamada Amenaza Base de Diseño, que sirve de referencia para el diseño de los sistemas de seguridad de cada central.
Otro flanco que la Estrategia Nacional aborda y que merece especial atención es la tecnología aeroespacial. Cada vez son más los países que desarrollan —o tienen interés en desarrollar— capacidades para lanzar satélites. Dicha tecnología, cuya naturaleza es también de doble uso, puede contribuir al desarrollo de un misil intercontinental, si se utiliza con fines militares y no civiles. De forma similar, los vehículos aéreos no tripulados (UAVs) también forman parte del problema, ya que se fabrican con componentes comerciales difícilmente controlables. Además, dado su bajo coste, son fácilmente accesibles por parte de actores no estatales, y pueden servir de vectores de dispersión de agentes químicos, biológicos o incluso radiológicos. Es una de las áreas donde los regímenes internacionales de control de exportaciones están más rezagados respecto a la realidad tecnológica, y la estrategia lo reconoce sin ningún reparo.