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Trump: Quitar grasa al sistema internacional o dejarlo morir por inanición

Trump: Quitar grasa al sistema internacional o dejarlo morir por inanición

ARTÍCULO

10 | 04 | 2026

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EEUU se retira de organizaciones mundiales, prima la fragmentación y las negociaciones asimétricas, constituye foros de carácter personalista

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Intervención de Trump en la 80a Asamblea General de la ONU, en septiembre de 2025 [Casa Blanca]

Nada más regresar a la Casa Blanca, Donald Trump aplicó una sustancial reducción del organigrama público estadounidense y de sus empleados (el programa DOGE capitaneado por Elon Musk), guiado más por motivos ideológicos que por resultados de eficacia contrastada. Lo mismo ha querido hacer en el ámbito exterior. El menor compromiso con el orden internacional, que el propio Estados Unidos tanto contribuyó a crear décadas atrás, se manifiesta en el abandono de numerosas organizaciones internacionales, muchas de ellas pertenecientes al sistema de la ONU, cuya existencia misma Trump ha puesto incluso en cuestión. Desde los 14 puntos de Woodrow Wilson hasta su poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, EEUU ha sido el gran protagonista del orden liberal internacional. ¿Pretende Trump simplemente quitar grasa a las instituciones globales o busca dejarlas morir por inanición?

Ya en su primera presidencia Trump mostró pocas simpatías por la ONU; sus mayores reticencias las centró en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas (UNHRC), del que sacó a EEUU en 2018; en la Organización Mundial de la Salud (OMS), con la que especialmente chocó a raíz de la pandemia de Covid-19, y en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). En su segundo mandato actuó de inmediato contra esas entidades. El mismo día de su segunda toma de posesión, el 20 de enero de 2025, Trump firmó la salida de Estados Unidos de la OMS; en febrero firmó el nuevo abandono del UNHRC (al que Biden habría regresado) y en julio anunció la retirada de la Unesco. Ya entonces ordenó una revisión de la pertenencia de EEUU a todos los demás organismos mundiales; el resultado de esa revision se comunicó en enero de 2026, cuando Trump anunció la marcha de EEUU de otras 66 organizaciones internacionales, 31 de ellas pertenecientes al sistema de la ONU.

La Casa Blanca argumentó esa retirada criticando a las organizaciones internacionales por sostener “agendas globalistas” que están por encima de las prioridades de Estados Unidos, o por abordar de “manera ineficiente o ineficaz” cuestiones que ciertamente son importantes pero que deberían contar con otro enfoque. Con su decisión, Trump quiso “restaurar la soberanía estadounidense” alejándose de “políticas climáticas radicales, gobernanza global y programas ideológicos que entran en conflicto con la soberanía y la fortaleza económica de Estados Unidos”. Asimismo, el propósito atribuido a la salida de esas organizaciones es ahorrar dinero a los contribuyentes y reorientar los recursos económicos hacia prioridades regidas por el principio del “America First”, según ha proclamado la Casa Blanca.

El Departamento de Estado comenzó a ejecutar las órdenes de Trump con un comunicado de Marco Rubio que calificaba las organizaciones internacionales de las que EEUU se daba de baja de “derrochadoras, ineficaces o perjudiciales”. Según el secretario de Estado “lo que comenzó como un marco pragmático de organizaciones internacionales para la paz y la cooperación se ha transformado en una extensa arquitectura de gobernanza global, a menudo dominada por ideologías progresistas y alejada de los intereses nacionales”. En concreto se refirió a los mandatos de diversidad, equidad e inclusión; las campañas de equidad de género y ortodoxia climática, y el globalismo “arraigado en la desacreditada fantasía del ‘Fin de la Historia’”.

De la lista de 66 organizaciones, 31 corresponden al sistema de Naciones Unidas, entre ellas la Comisión de Derecho Internacional, el Centro de Comercio Internacional, la Comisión y el Fondo de Consolidación de la Paz, la Alianza de Civilizaciones, la Entidad para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer, la Convención Marco sobre el Cambio Climático, el Registro de Armas Convencionales, el Fondo de Población y ONU Océanos. Aunque son entidades que en general no han contado con gran difusión pública, en algunos casos han sido decisivas para el desarrollo de la cooperación internacional, como el Consejo Económico y Social (Ecosoc) y sus comisiones para América Latina (Cepal) y para África (Cepa).

Menores aportaciones internacionales

Además de seguir criterios ideológicos, la Administración Trump ha operado por motivación doméstica. La opinión pública estadounidense sigue siendo favorable a la ONU –el 60% la continúa creyendo necesaria–, pero el apoyo ha bajado respecto a la década de 1990; además, entre los republicanos la visión del sistema de Naciones Unidas es negativa, según una encuesta de Gallup de 2025. Así, el 75% de los votantes republicanos afirma que la ONU está haciendo un mal trabajo, el 59% piensa que no desempeña un papel necesario en el mundo actual y el 70% cree que Estados Unidos debería reducir su financiación a la ONU.

Desde comienzos de este siglo, la aportación de EEUU al presupuesto regular de la ONU ha estado en el 22%, por debajo del 40% aportado en los primeros años de su fundación y del 25% de las últimas décadas del siglo XX. China, que en 2000 no llegaba con sus aportaciones al 1%, está ahora en el 20%.

Pero más allá del presupuesto regular, existen otros gastos a los que EEUU también contribuye de manera notoria. Por ejemplo, al sostenimiento de los operativos de las misiones de paz, al que Washington contribuyó en 2025 con el 26% del presupuesto, y eso que la Administración Trump recortó parte de sus compromisos, obligando en última instancia a que los ‘casos azules’ reestructuraran sus despliegues.

Teniendo en cuenta todo el sistema de Naciones Unidas, incluidas sus distintas organizaciones, en 2024 EEUU aportó 14.300 millones de dólares, lo que supuso el 30,6% de las contribuciones realizadas por los distintos países, especialmente por el peso de sus aportaciones voluntarias. Se trata de una cifra final mayor que la de los cinco siguientes países juntos (Alemania, Reino Unido, China y Japón).

Además del ahorro que le puede suponer a Estados Unidos la retirada de las organizaciones ya mencionadas, la Administración Trump también ha llevado a cabo una reorganización a la baja de sus compromisos en materia de ayuda al desarrollo. Mientras a comienzos de 2025 aplicaba su política de reducción de la administración pública con el programa DOGE, la presidencia de Trump procedió al cierre de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). La decisión supuso una gran controversia: si durante tiempo hubo críticas a EEUU por no ayudar suficientemente al resto del mundo, ahora un estudio en The Lancet estimaba que el corte en financiamiento tendría consecuencias catastróficas, causando 14 millones de muertes para 2030. El Departamento de Estado sustituyó el clausurado programa por otra iniciativa titulada “Making Foreign Aid Great Again” cuyo objetivo es atender los intereses estadounidenses en este campo de acuerdo con las prioridades fijadas por la Administración Trump.

Retroceso selectivo

En el contexto global, la estrategia de política exterior impulsada por la Administración Trump se puede explicar por la transición a un sistema multipolar. Estados Unidos abandona la arquitectura internacional que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial levantó con la contribución de muchos otros países, y cuyo fruto —el liberalismo político y económico— se generalizó en el ‘momento unipolar’ que hubo tras la caída de la Unión Soviética; ahora busca sus intereses de forma más pragmática a través del uso de la fuerza o mediante acuerdos bilaterales o más exclusivos.

No hay propiamente un colapso de Naciones Unidas, porque Washington no se desvincula del todo del orden liberal internacional (sigue formando parte de la ONU y de algunas otras organizaciones esenciales), pero Estados Unidos aplica una política de retroceso selectivo en determinados organismos multilaterales, como los ya referidos, así como de compromisos globales como el Acuerdo de París, entre otros.

Estados Unidos se desvincula de compromisos previamente asumidos, incluyendo mecanismos de supervisión y estándares internacionales. El sistema internacional evoluciona hacia algo más fragmentado, pasando de la lógica de encontrar intereses comunes a la de alcanzar acuerdos más específicos con menor cohesión, lo que afecta a la estabilidad y la previsibilidad que antes definían muchos aspectos del marco internacional.

Al rechazar sistemas universales como el de Naciones Unidas, Trump no ha mostrado interés en levantar arquitecturas alternativas que, a su juicio, puedan resultar más eficaces. Lo que ha hecho es plantear alianzas con mayor exclusividad ideológica o económica, de fuerte carácter personalista. Es el caso de su Board of Peace, cuya declarada misión es procurar un futuro pacífico para la Franja de Gaza. Para ser miembro permanente de esta iniciativa se requiere una contribución de 1.000 millones de dólares, aunque nadie parece haber pagado está suma; el presidente de Indonesia, Prabowo Subianto, aclaró que nunca quiso contribuir con la suma.

Impacto en el sistema interamericano

La Administración Trump ha puesto como prioridad de su política exterior garantizar sus intereses en el hemisferio occidental, como ha remarcado en su Estrategia de Seguridad Nacional. Esto podría llevar a pensar que el menor compromiso con el orden internacional no se aplica al orden interamericano. No obstante, también en el contexto americano Washington ha procedido a ajustes.

En julio de 2025, el Departamento de Estado amenazó con la posibilidad de que EEUU abandonara la Organización de Estados Americanos (OEA) si los gobiernos de izquierda latinoamericanos utilizaban la entidad «como un foro para molestar» a Washington. La amenaza no se ha cumplido (entre otras cosas porque en la región ha aumentado el número de países alineados con la Administración republicana), pero EEUU está dilatando los pagos a la organización, que son vitales para esta. Estados Unidos aporta el 49,9% del presupuesto regular de la OEA, lo que según el presupuesto de 2026 supone una cuota de 53 millones de dólares, aunque sus contribuciones exceden esa participación si se tienen en cuenta las transferencias voluntarias. Esa dependencia económica de Estados Unidos que tiene la OEA, con sede además en Washington, ha permitido a este país ejercer cierta presión sobre la organización en ciertas ocasiones, si bien otras naciones pueden coordinarse para soslayarla (Brasil paga el 15% de las cuotas y Canadá el 12%); en cualquier caso, sin una contribución estadounidense elevada, la OEA no podría subsistir.

El cierre ya mencionado de USAID ha supuesto en la región la eliminación de 5.200 de los 6.200 programasque estaban en marcha, desde la contribución al desarrollo de capacidad política a la cooperación en materia seguridad. Como más afectados han sido señalados aquellos países como México y Colombia donde las políticas de prevención y de lucha contra drogas dependía muy directamente de la aportación estadounidense, a través de entidades como el Bureau of International Narcotics and Law Enforcement Affairs (INL), cuyo presupuesto Washington prácticamente anuló.

La ‘securitización’ con la que la Administración Trump está enfocando las problemáticas regionales está llevando a una intervención directa de EEUU, con el uso en primera línea del Ejército, como los ataques a narcolanchas por parte del Comando Sur. Ese enfoque tamiza la relación con el resto de los países americanos, como evidencia la creación del Escudo de las Américas, cuya cumbre fundacional Trump convocó en Miami a comienzos de marzo, para la lucha contra pandillas, cárteles criminales y narcoterroristas, así como la inmigración ilegal y masiva. Como con el Board of Peace, aquí también se trata de una iniciativa muy personalista, que privilegia las relaciones bilaterales de EEUU con los distintos países en lugar de generar una dinámica multilateral, lo que crea más fragmentación regional y refuerza las negociaciones asimétricas.

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