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Diplomacia militar en Latinoamérica: Punto de inflexión crítico

Diplomacia militar en Latinoamérica: Punto de inflexión crítico

ANÁLISIS

28 | 01 | 2026

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La nueva Doctrina Monroe sale al paso de la cooperación de los ejércitos de China y Rusia con los de los países del entorno hemisférico de EEUU

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Militares de la República Popular China en un curso de Fuerzas Especiales del Ejército venezolano, en 2019 [CGEB]

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos publicada en noviembre prioriza por primera vez en décadas la atención a Latinoamérica. Para sustentar la revitalización de la Doctrina Monroe, la Administración Trump advierte de la creciente actividad de potencias rivales (China y Rusia) en el entorno hemisférico estadounidense. Una de las áreas donde, desde principios de siglo, Pekín y Moscú han reforzado su cooperación con la región es la de la diplomacia militar, que se ha convertido así en un ámbito de pulso estratégico.

El pulso que China le está ganando a Estados Unidos en algunos aspectos de la diplomacia militar hacia Latinoamérica fue puesto de relieve en septiembre por uno de los principales think-tanks de Washigton, el Center for International and Strategic Studies (CSIS). Nuevos datos recogidos por la institución indicaban que China ha sobrepasado al hegemón americano en su propia región en áreas en las que EEUU se había mantenido durante largo tiempo como el socio ‘preferido’. China matricula hoy cinco veces más estudiantes militares latinoamericanos en sus programas de formación que Estados Unidos; por su parte, Rusia ha venido impulsando un ‘eje de autocracias’ con el envío de asesores militares a Nicaragua y Venezuela, donde también forma a los cuerpos de seguridad. Actividades como intercambios educativos, alianzas de defensa, entrenamientos y ejercicios conjuntos buscan ganar influencia tanto en el presente como en las futuras generaciones de las élites militares.

El ‘Corolario Trump’ (la actualización de la Doctrina Monroe, también referida como ‘Doctrina Donroe’), puesto en ejecución con el despliegue naval en el Caribe, pretende “denegar” a potencias competidoras “la posibilidad de establecer fuerzas u otras capacidades amenazadoras, o poseer o controlar activos vitales en nuestro hemisferio”, según consta en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional. Aunque esta advertencia se sitúa en el campo del ‘poder duro’, la diplomacia militar desarrollada por China y Rusia tiene mucho que ver con este al afectar a los ejércitos y a sus integrantes, por más que conceptualmente se trate de ‘poder blando’.

Pekín no parece haber hecho acuse de recibo de la advertencia de Estados Unidos, y en diciembre respondió al documento de Trump con uno propio dedicado exclusivamente a Latinoamérica. En ese ‘paper’ oficial se promueven expresamente los intercambios y la cooperación militar entre China y los vecinos hemisféricos de Estados Unidos.

Bajo el epígrafe de “Programa de paz”, se dice:

“China llevará a cabo activamente intercambios y cooperación militar con los países de América Latina y el Caribe, ampliará los intercambios amistosos entre altos funcionarios de defensa y militares de ambas partes, fortalecerá el diálogo político y establecerá mecanismos de reuniones de trabajo. Ambas partes realizarán visitas mutuas entre delegaciones y buques, profundizarán los intercambios profesionales en áreas como entrenamiento militar, capacitación de personal y operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU, ampliarán la cooperación práctica en áreas de seguridad no tradicionales, como la ayuda humanitaria y la lucha contra el terrorismo, y fortalecerán la cooperación en comercio y tecnología militar. China seguirá organizando el Foro de Defensa China-América Latina y el Caribe, con participación voluntaria. China acoge con satisfacción la participación de los países de América Latina y el Caribe en el Foro Xiangshan de Pekín”.

Los estudios de diplomacia militar o de defensa la definen como una relación “pacífica, no confrontativa entre las fuerzas armadas y la infraestructura relacionada como instrumento de política exterior y de seguridad”. A diferencia de la intervención militar convencional con tropas, bases y armas, esta tiene siete mecanismos principales: intercambios educativos (programas de formación de oficiales, academias militares), diálogos de alto nivel (reuniones ministeriales, foros de defensa), ejercicios conjuntos (operaciones de entrenamiento multinacionales), programas de desarrollo de capacidades (asistencia técnica, iniciativas de profesionalización), cooperación en la industria de defensa (venta de armas, transferencia de tecnología), operaciones humanitarias en casos de desastre, y participación cultural y simbólica (desfiles militares, conmemoraciones, charlas).

Este enfoque le abre la puerta al poder blando entendiéndolo como la habilidad de atraer y cooperar en vez de coercer. Ya hace diez años, Xi Jinping resaltaba el interés de China por los intercambios militares, definiendo explícitamente el propósito de la diplomacia militar como el de contribuir a articular la protección de la soberanía y de la seguridad y el desarrollo de los intereses nacionales. Se trata de una práctica en realidad llevada a cabo por todas las grandes potencias y muy singularmente por Estados Unidos a lo largo del último siglo en sus relaciones con Latinoamérica. Solo la menor preocupación por su propio hemisferio, a raíz del fin de la Guerra Fría y del alcance global de EEUU en el ‘momento unipolar’, ha supuesto en las últimas décadas un relajamiento de esa política, lo que al mismo tiempo ha generado un espacio de penetración en la región, sobre todo para China. En cualquier caso, EEUU, China y Rusia han venido ejerciendo estrategias diferenciadas.

EEUU: Protagonismo del Comando Sur

Estados Unidos opera principalmente a través de la institucionalidad del Comando Sur. Adicionalmente, se apoya en otras instituciones guiadas por los mecanismos principales de la diplomacia militar, como el ColegioInteramericano de Defensa, una entidad creada en 1962, en el marco de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y a través de su Junta Interamericana de Defensa, por la que desde sus comienzos han pasado 3.169 graduados de 29 países, de los cuales 27% han alcanzado el rango de general o almirante. Estados Unidos también cuenta con el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad, puesto en marcha 1946 en la Zona del Canal de Panamá, donde fue conocido como ‘Escuela de las Américas’ y donde se formaron 60.000 militares y policías de 23 países. Durante la Guerra Fría esta escuela formó a muchos de los mandos que luego dirigieron las dictaduras militares latinoamericanas de las décadas de 1970 y 1980; desde 1984 el centro se encuentra en Georgia.

Por su parte, el Comando Sur organiza frecuentes contactos bilaterales con las cúpulas de los ejércitos de la región. Este ha sido el principal cometido de los jefes del Southcom; así lo muestra la agenda desarrollada por recientes responsables, como la General Laura Richardson, quien intentó diversificar la presencia en áreas no relacionadas a la seguridad, orden y justicia. En ocasiones se ha criticado que, con el interés de la Casa Blanca y el Departamento de Estado en lugares más distantes, la reducida diplomacia de EEUU hacia Latinoamérica quede circunscrita a los contactos desarrollados por el Comando Sur. En algún momento han aparecido las singladuras del US Confort, el barco-hospital de la Armada estadounidense, como la principal actividad humanitaria de EEUU en el hemisferio.

El quehacer diplomático del Comando Sur queda detallado en el último informe presentado ante el Congreso, en febrero de 2025, por el almirante Alvin Holsey. Justamente a Holsey le tocó liderar el cambio del perfil militar de Estados Unidos hacia la región —pasando de un carácter diplomático a uno bélico—, al tener que supervisar el despliegue naval en el Caribe, si bien pidió anticipadamente su relevo, que se produjo antes del ataque a Venezuela.

China: Incentivos para oficiales medios y suboficiales

Frente a esos vínculos parcialmente depreciados por la rutina, China ha acelerado sus propios contactos militares con la región. Según ha contabilizado el CSIS, entre 2022 y 2025 China llevó a cabo 97 intercambios militares con 18 países de Latinoamérica y el Caribe (ALC) y ha quintuplicado el número de militares latinoamericanos que estudian en sus centros respecto a los que lo hacen en Estados Unidos. Centrándose en oficiales de rango medio y suboficiales (a diferencia de Estados Unidos, que se centra en los altos mandos), Pekín genera incentivos que incluyen viajes en clase ejecutiva y alojamiento en hoteles de cinco estrellas, al tiempo que ofrece cursos en español y garantiza procesos de aprobación ágiles y sin consecuencias políticas ni legales. Marcos multilaterales como el Foro de Defensa China-ALC (24 países participantes en 2022) y bilaterales como la Comisión Mixta de Intercambio y Cooperación China-Brasil institucionalizan estas relaciones.

Desde principios de siglo esa presencia de China ha ido ganando asertividad, así como aceptación por parte de diversos países latinoamericanos. Washington ha puesto en duda las reales intenciones chinas, sugiriendo que lo que Pekín busca al estrechar sus vínculos con la región es el acceso a los abundantes recursos naturales, como el litio, además de querer ganar en influencia para desestabilizar el sistema de poder internacional, según se ha ido exponiendo en los informes anuales del Comando Sur ante el Congreso, como el citado antes.

Rusia: Aliados de la Guerra Fría

Rusia aplica su estrategia de manera más ostentosa y directa al enfocarse en sus aliados de la Guerra Fría —Venezuela, Nicaragua y Cuba—, siendo fiel a su Doctrina Primakov, que busca penetrar en ‘patrio trasero’ de Estados Unidos, como este país hace en el ‘extranjero próximo’ de Rusia. Moscú es firme en su proyección de fuerza (por ejemplo, en junio de 2024 desplegó un submarino en Cuba que pasó a menos de 50 kilómetros de Florida), que realiza de forma simultánea al uso de herramientas asimétricas, como la difusión de contenidos específicos de RT y Sputnik Mundo y la penetración cibernética a través de ‘fake news’ y ‘trolls’. Son canales para la difusión de mensajes impregnados de la narrativa prorrusa, en una operación “mucho más amplia, profunda y exitosa de lo que se suele creer”, según precisa el Comando Sur en su informe de 2025.

Rusia tuvo una amplia relación con la región en la venta de armas —un modo también de diplomacia militar— durante el periodo de bonanza derivada del ‘boom’ del precio de las materias primas (2003-2013). Sin embargo, terminado este, la actuación rusa en el hemisferio occidental se concentró en los estrechos vínculos con Cuba, Nicaragua y Venezuela. Rusia solo ha ido más allá de ese triángulo en otro capítulo que también puede considerarse diplomacia militar: la colocación de antenas para Glonass, su sistema de geolocalización satelital, gestionado por el Ministerio de Defensa ruso.

Entre 2022 y 2025, las academias militares de Rusia han recibido regularmente estudiantes de sus principales aliados latinoamericanos, como la Escuela Superior de Mando de Ingeniería Militar de Tyumen y la Academia de Artillería Militar Mijaílovskaya, según constata el CSIS. No obstante, debilitada en su proyección exterior por la guerra de Ucrania, Rusia se ha visto ahora además zarandeada por el control que Washington ha comenzado a ejercer sobre Venezuela y que podría querer extender a Nicaragua y a Cuba.

Momento de realineamientos

Los países latinoamericanos han intentado beneficiarse de estas alianzas de diplomacia militar, unos alineándose más con la ideología de la potencia con la que cooperan y otros delimitando la relación para evitar ver comprometida su política exterior o, en su caso, para no arriesgarse a perjudicar su relación con Estados Unidos si colaboran en exceso con China o Rusia. Hay variaciones regionales que son prueba de una alineación múltiple y pragmática. Así, Brasil es miembro fundador de los BRICS, participa en la Belt and Road Initiative y su cooperación con China se extiende a muy diversos ámbitos, pero al mismo tiempo es un importante aliado de EEUU fuera de la OTAN; Argentina, a pesar de la retórica anti china de Milei, está abierta a inversiones de Pekín; Colombia mantiene una cooperación operativa con Estados Unidos a pesar de las recientes tensiones entre Trump y Petro y de la apertura de este hacia las inversiones chinas...

Esta alineación múltiple también converge en la fragmentación institucional latinoamericana. Una de las demostraciones más prominentes es la CELAC, cuyos 33 miembros, apoyados por China, promueven la retórica de un mundo multipolar. Otra demostración es el colapso del Consejo Sudamericano de Defensa, órgano de la difunta Unasur, que no dejó ningún mecanismo de seguridad que sea efectivo además de las agrupaciones subregionales que siguen divididas ideológicamente.

Estados Unidos, China y Rusia mantendrán su presencia a través del poder blando mayoritariamente evitando confrontaciones directas. Esto asegurará la continuación de Latinoamérica como un territorio estratégico de cooperación, intercambios educativos y asistencia institucional. No obstante, la alarma de EEUU por la influencia china en la región y la consiguiente nueva aplicación de la Doctrina Monroe preconizan un tiempo de realineamientos, en el que Washington reclamará mayor lealtad, sobre todo en su área geográfica más directa —el Gran Caribe—, mientras China puede mantener influencia en las zonas del hemisferio más alejadas de EEUU.

Como apuntan los estudios ya considerados, el rumbo de la diplomacia militar latinoamericana dependerá de la capacidad regional para transformar esa competencia externa en una herramienta para el propio fortalecimiento institucional y soberanía. Estados Unidos debería modernizar su enfoque al reducir su rigidez sistemática y burocrática para ampliar su relación civil y política e institucionalizar más su figura priorizando la seguridad y los vínculos históricos-culturales. China debería afinar su legitimidad e implementar transparencia y respeto a la soberanía regional. Rusia probablemente continuará con una actitud disruptiva, muy concentrada en salvar lo que pueda de ‘eje de autocracias’. La diplomacia militar propiamente entendida construye capacidad en vez de dependencia, fortalece instituciones en vez de personalizar relaciones, y crea resiliencia en vez de vulnerabilidades; es transformar Latinoamérica de objeto de competencia a sujeto de estrategia.

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