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Centro de votación en Lima [Carmen Beatriz Fernández]
Durante años los analistas hemos descrito la democracia peruana a través de sus crisis: presidentes destituidos, un congreso enfrentado, hiperfragmentación partidista, partidos efímeros, ingobernabilidad y escándalos recurrentes.
Todo eso es cierto. Pero durante una semana de observación electoral para el balotaje también vimos otra cosa. Las elecciones se explican con estadísticas, pero se entienden mejor con conversaciones. Durante esta semana en Perú, las cifras ayudaban a describir la contienda, pero eran las personas quienes permitían comprenderla. Entre encuestas clandestinas, trayectos en taxi, temores cruzados y gestos inesperados, estas siete escenas pretenden retratar nuestra experiencia como observadoras electorales del Observatorio Complutense de Desinformación, en una elección marcada por la incertidumbre.
1. Seis encuestas
En las horas previas a la votación recibimos seis encuestas distintas. Todas eran supuestamente reservadas. Todas circulaban por WhatsApp. Todas mostraban exactamente la misma fotografía: una ventaja ínfima para Keiko Fujimori. Las llamadas “encuestas simuladas”, habituales en la víspera de los comicios, circulaban con profusión pese a la veda electoral. Las plataformas digitales y los mensajes de persona a persona multiplicaban su alcance. La prohibición parecía producir el efecto contrario: cuanto más confidencial era el mensaje, más rápido se difundía.
El silencio electoral y la etiqueta de “confidencial, no difundir” no hacían sino incrementar la capacidad viral de los mensajes. La diferencia entre ambos candidatos era mínima y, en todos los casos, se encontraba dentro de los márgenes técnicos de error. Nada permitía hablar de un ganador claro. De hecho, toda la información disponible antes de la jornada apuntaba ya a un empate virtual.
La primera lección de la observación electoral llegó incluso antes de abrirse las urnas: en la era digital, el silencio electoral es cada vez más difícil de silenciar.
2. Catorce taxistas
En Lima, donde finalmente dos tercios de los electores votaron por Fujimori, decidimos realizar nuestro propio ejercicio de opinión pública. Los taxis, Uber y Cabify se convirtieron en nuestro particular marco muestral. Pocos actores escuchan tantas opiniones distintas en una ciudad como los taxistas.
Mi colega Jessica Zorogastúa, indagaba en cada uno de nuestros viajes, siempre con la misma pregunta:
—¿Por quién va a votar, señor?
La respuesta más frecuente era una variación de la misma frase:
—Por el menos malo.
Viajamos, antes de la elección, con catorce conductores. Seis afirmaron que votarían por Keiko Fujimori. Ninguno parecía especialmente entusiasmado con ella. Todos coincidían, sin embargo, en que no veían otra alternativa.
Otros cuatro no podían votar porque eran extranjeros. Venezolanos, concretamente. Pero añadían inmediatamente que, de tener derecho a hacerlo, también optarían por Fujimori. La razón era siempre similar: reconocían en Roberto Sánchez discursos que les recordaban a los primeros años del chavismo en Venezuela. Dos conductores prefirieron no revelar su voto. Otros dos expresaron claramente su apoyo a Sánchez.
El resultado no tenía valor estadístico alguno. Pero sí tenía valor descriptivo. Entre aquellos catorce taxistas no encontramos entusiasmo por Keiko. Encontramos algo diferente: la convicción de que era el instrumento necesario para impedir la llegada de su adversario al poder.
En Lima, más que una candidata, Keiko parecía una barrera de contención.
3. El miedo a Keiko
Mia, Alessia y Camila son feministas. Trabajan en organizaciones de la sociedad civil y dedican buena parte de su tiempo a proyectos vinculados a derechos humanos y cooperación internacional.
Las tres compartían una misma preocupación: Temían que una victoria de Keiko Fujimori implicara retrocesos en la agenda de derechos y en algunas de las conquistas impulsadas durante los últimos años. Les preocupaba también la posibilidad de mayores controles sobre las organizaciones sociales y una supervisión más intensa de la cooperación internacional.
No hablaban de preferencias electorales con entusiasmo. Hablaban de riesgos. Escuchándolas, resultaba evidente que una parte importante de la sociedad peruana no votaba únicamente por un proyecto político, sino contra aquello que percibía como una amenaza.
4. El miedo a Sánchez
Jaime no es un taxista cualquiera, y tampoco hablaba de programas electorales. Capitán retirado del Ejército peruano, fue herido durante una operación contra el terrorismo en los años noventa. Las cicatrices que conserva son parte de su memoria personal y también de la memoria reciente del país.
Para él, el terrorismo no es un capítulo cerrado de los libros de historia. Es una experiencia vivida. Por eso observaba la candidatura de Roberto Sánchez con inquietud. Temía que sectores vinculados ideológicamente a los movimientos radicales del pasado encontraran espacios de influencia cerca del poder. Temía que viejas heridas nunca del todo cerradas pudieran reabrirse.
Mientras Mia, Alessia y Camila temían a Keiko, Jaime temía a Sánchez. La polarización peruana aparecía resumida en esas conversaciones: dos miedos enfrentados compitiendo por definir el futuro.
5. Siete de cada diez
La primera vuelta ayuda a entender el problema de fondo. Treinta y cinco candidatos compitieron por la presidencia. El voto se dispersó entre una multitud de opciones. Keiko Fujimori obtuvo apenas el 17% de los sufragios y encabezó la clasificación. Muy cerca de ella llegaron otros cuatro candidatos, todos entre 10 y 12%, con Roberto Sánchez logrando por escaso margen el segundo lugar que le permitió acceder al balotaje.
La consecuencia es simple y reveladora: Siete de cada diez peruanos votaron en primera vuelta por candidatos distintos de los que finalmente disputarían la presidencia.
El balotaje no enfrentó necesariamente a las dos opciones preferidas por la mayoría. En buena medida enfrentó a las dos opciones que sobrevivieron a una enorme fragmentación política. Quizá por eso tantos ciudadanos parecían elegir entre males percibidos y no entre proyectos deseados.
6. Amo a mi colegio
El domingo electoral recorrimos la ciudad de Lima, tratando de panear la observación entre distintos estratos socioeconómicos. Para observar el proceso en un centro electoral popular nos trasladamos a Villa El Salvador, una populosa barriada del sur de Lima de más de 400 mil habitantes. En el tranvía que hace el recorrido del centro a la Villa, ya llegando, preguntamos a unos pasajeros cuál era el centro de votación que nos quedaba más cerca de la estación. Danna nos dijo con convicción, “acompáñenos a mi colegio”. No era el más cercano, desde luego. “Hace años que salí de Villa El Salvador, pero siempre me gusta volver para votar en mi colegio”, nos explicó. Minutos después, apiñados en un mototaxi, llegábamos al colegio Fe y Alegría 17, ubicado en la Avenida Revolución S/N. Allí nos recibieron con entusiasmo y nos presentaron en cada una de las mesas electorales. Fue emocionante conocer esta escuela, del movimiento internacional Fe y Alegría que fuera fundado en 1955 en mi Caracas natal, por el padre jesuita José María Vélaz. Este emblemático colegio, está celebrando sus 60 años y harán una gran fiesta de reencuentro con sus exalumnos, Danna lo cuenta emocionada. Escuchándola, resultaba evidente que para ella votar no era solo un acto político, sino una forma de volver a casa.
7. Un amigo peruano
Me había quedado sin datos móviles. Intenté comprar una tarjeta SIM y descubrí una de esas dificultades burocráticas que aparecen cuando menos se esperan: para un extranjero resultaba prácticamente imposible hacerlo.
Tras varios intentos fallidos, enseñé mi credencial de observador electoral. La dependienta me escuchó y preguntó:
—¿No tiene un amigo peruano que la compre por usted?
Antes de que pudiera responder, un cliente que estaba a mi lado intervino.
—Yo mismo soy.
Luego añadió, serio:
—Por la democracia del Perú.
Aquel desconocido dedicó unos minutos de su tiempo para ayudar a una persona a la que no conocía. Fue un gesto pequeño, que resumía algo importante.
Perú vive entre la incertidumbre y la participación, entre Lima y la Sierra, entre la fragmentación y el compromiso. Pero también encontramos ciudadanos orgullosos de sus escuelas, de sus barrios y de sus instituciones. Vimos ciudadanos que regresan a votar al colegio donde estudiaron décadas atrás. O personas que ayudan a un observador extranjero porque consideran que están ayudando a la democracia de su país. Electores que desconfían profundamente de los candidatos, pero no del acto mismo de votar.
Puede resultar paradójico que el apoyo ciudadano a las instituciones democráticas sea relativamente débil, mientras que el respaldo a la democracia como sistema sea amplio y sólido. Ya en la década de los setenta, David Easton analizó esta aparente contradicción: ¿cómo es posible que los ciudadanos se muestren insatisfechos con los gobiernos, los políticos y las políticas públicas, y aun así sigan apoyando la democracia? La clave, según Easton (1975), radica en la distinción entre soporte específico y soporte difuso. El soporte específico depende de la percepción sobre el desempeño gubernamental, los resultados de las políticas y la actuación de los gobernantes. En cambio, el soporte difuso no se basa en lo que hacen concretamente los gobernantes, sino en la valoración general y profunda del sistema político. Se trata, en esencia, de una “reserva de buena voluntad” hacia el régimen democrático.
La polarización que dominó la segunda vuelta no parecía reflejar una sociedad originalmente dividida en dos bloques irreconciliables. La primera vuelta había mostrado exactamente lo contrario: un país disperso entre treinta y cinco candidaturas, múltiples sensibilidades políticas y una enorme fragmentación electoral. Fue el propio sistema electoral el que terminó ordenando esa diversidad alrededor de dos opciones percibidas como amenazas mutuas. Más que una polarización de los ciudadanos, lo que observamos fue una polarización inducida por la mecánica de la competencia electoral.
Los peruanos parecen desconfiar profundamente de sus políticos, pero siguen confiando en la democracia. Desconfían de quienes ocupan temporalmente las instituciones, pero no han renunciado a la convicción de que el voto sigue siendo la mejor manera de decidir su futuro.
Y en tiempos de creciente escepticismo democrático, esa puede ser una fortaleza muy importante…
* Carmen Beatriz Fernández es profesora de Comunicación Política en la UNAV, el IESA y Pforzheim; es investigadora principal de GASS.