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Donald Trump haciendo su baile insignia de la canción “YMCA” de Village People al finalizar su mitin de victoria pre-investidura en Washington DC, mientras los asistentes captan el momento en sus dispositivos móviles, el 19 de enero de 2025 [Transition team]
Todas las semanas, incluso a diario, alguna novedad de la Administración Trump se vuelve ’tendencia’, se ‘viraliza’. La cuenta en redes sociales del presidente de Estados Unidos y de su equipo —la del vicepresidente JD Vance y la de la propia Casa Blanca, por ejemplo— se llenan de imágenes graciosas utilizando la polarización afectiva como estrategia, apelando a los sentimientos y soslayando la razón. Esos mensajes, al provocar risa, relajan la mente y cuelan subrepticiamente la deshumanización de quien piensa de otra manera o la frivolización de situaciones dramáticas, facilitando así la percepción del ‘otro’ como enemigo o la aceptación de soluciones simples como una genialidad que resolverá todos los problemas. Esta política comunicativa de Trump afecta al ámbito nacional, pero también se aplica a la política exterior.
Más allá del show, los mensajes de Donald Trump y su equipo protagonizan un serio combate. Lo que se ha comenzado a llamar ‘guerra cognitiva’, por librarse no tanto en el dominio cibernético —aunque ciertamente es a través de internet— como en el cognitivo, es un fenómeno creciente que nos afecta a todos. Si bien la estrategia la aplican unos —en verdad, actores muy diversos—, las mismas audiencias propagan y multiplican los mensajes. Hasta hace no mucho hubiera sido imposible pensar en las redes sociales como un espacio de guerra, menos aún como el medio principal que los estados podían utilizar para perseguir sus intereses.
Dentro de esta nueva realidad tiene un especial protagonismo la especificidad de la ‘guerra memética’. Esta se beneficia del éxito de difusión que alcanzan los ‘memes’, esas bromas ante las que bajamos nuestras defensas y que abrazamos por divertidas, pero que pueden no ser tan inocuas.
En el libro ‘Meme Wars’ los autores estadounidenses, Joan Donovan, Emily Dreyfuss y Brian Freidberg describen la ‘guerra memética’ como el uso estratégico y coordinado de ‘memes’ como arma para influir en la opinión pública, polarizar y desestabilizar instituciones, con el objetivo de moldear percepciones y dañar a un adversario. Los ‘memes’ pueden ser mucho más que una imagen con palabras; Donovan los define como fórmulas breves (palabras, eslóganes, imágenes o combinaciones) capaces de condensar ideas complejas y circular rápidamente, por ejemplo “Make America Great Again” o “Build that Wall”.
Otros autores se centran en la distinción entre polarización ideológica, que se refiere a la distancia entre posiciones políticas, y polarización afectiva, que alude al amor/ adhesión por el propio grupo y al odio/desprecio hacia el contrario.
Trump 2.0
Aunque lógicamente no es el único actor que utiliza a fondo las redes sociales y aprovecha sus ventajas, es cierto que Trump ha sido pionero en esa relación directa de un mandatario con la vasta e inmediata audiencia que ofrece internet. Ocurrió durante su anterior periodo presidencial, entre 2017 y 2021, y desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025 esos procedimientos han adquirido una nueva dimensión, al evidenciarse un plan estratégico en lo que antes parecían meras ocurrencias de un presidente quizás aburrido.
De nuevo en ‘X’ y con una red social propia, ‘Truth Social’, Trump no ha parado de generar polémicas, apoyado en las posibilidades que aporta la IA y en una diversificación de emisores que actúan conjuntamente: las cuentas de Trump, Vance y la oficial de la Casa Blanca han compartido cientos de ‘memes’ que, consecuentemente, han sido compartidos y viralizados, con mensajes polarizadores que promueven el desprecio hacia un ‘enemigo común’, generan división entre los ciudadanos y esquivan el razonamiento crítico.
Más allá de su impacto en la política nacional estadounidense, la Administración Trump también está empleando los ‘memes’ en el ámbito internacional, alcanzando amplias audiencias en otros países y resonancia global. He aquí tres ejemplos de recientes intervenciones en asuntos mundiales, entre los muchos que podrían mencionarse.