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Leer sin PISA

20/10/2026

Publicado en

El País

Álvaro Sánchez-Ostiz |

Catedrático de Latín de la Universidad de Navarra

Hace unas semanas desayunamos apocalipsis. La portada de mi regional de cabecera situaba a nuestros escolares a la cola planetaria en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Toda una generación condenada a extinguirse de pura apoptosis neuronal.

Las hipótesis de cómo hemos llegado hasta aquí son variadas y poco concluyentes: nuevas tecnologías, hábitos de lectura, alumnado inmigrante, volantazos normativos…; hay quien pide prudencia y quien ya tiene claro a quién señalar. Todo apunta a un problema complejo que no admite soluciones simples.

Con un poco de distancia, no parece sensato pensar que PISA, sea quien sea, acaba de abrirnos los ojos a un inesperado fin del mundo: nuestros jóvenes se han idiotizado por ósmosis de series y sagas de terror zombi, mientras los respetables vecinos nos asomamos a los balcones, pasmados de que el atardecer sea de color rosa neón o verde ácido, preguntándonos qué archivillano de Marvel ha liberado ese inquietante miasma.

La situación es preocupante y se ha gestado a lo largo del tiempo. Con todo, aquí aparece algo que me resulta bastante más incómodo: ¿y si nosotros también tenemos parte de culpa por lo que les hemos ido enseñando a esperar de la vida?

Aprendemos a leer con esfuerzo y a lo largo de muchos años, y sería injusto no reconocer el enorme trabajo de tantos maestros de Primaria que hacen posible ese aprendizaje. Pero a veces reducimos esa asombrosa capacidad a una secuencia mecánica: decodificar, extraer datos, identificar la demanda de información, enviar la respuesta, recibir recompensa, no dar problemas. En fin, una habilidad de usar y tirar, como las carreras de sacos de nuestras fiestas populares.

Algunos medios han destacado un dato inquietante: el rendimiento empeora notablemente cuando nuestros chavales se enfrentan a textos de más de 400 palabras. Llama la atención que lo que más alarme de este asunto sea que no son capaces de entender el enunciado de sus problemas de matemáticas. Hay razón para alarmarse. Pero, si consideramos que eso es lo crucial, volvemos a reducir la lectura a una rutina previsible: entender el problema, resolverlo, obtener la recompensa y pasar al siguiente reto. Leer sirve, sin duda, para todo eso, pero es empobrecedor que esa carrera de sacos agote nuestra idea de lo que significa leer.

¿Qué ocurre cuando un adolescente aprende a leer, pero no encuentra para qué seguir haciéndolo? Puede preguntarse, legítimamente, qué sentido tiene adquirir una destreza que un dispositivo parece capaz de suplir. Les pedimos que lean, que comprendan, que busquen y que elaboren sus propias respuestas. Pero nosotros nos hemos instalado en el hábito de saltarnos el proceso y llegar directamente al resultado. Somos adictos a las respuestas sin búsqueda y a las destrezas sin entrenamiento. En esto, la tecnología no es el enemigo: simplemente hace más fácil esa dependencia. Cuando dejamos de valorar lo que ocurre mientras aprendemos a hacer algo, desaparecen la búsqueda, la duda y la posibilidad de equivocarnos; solo queda el resultado. Quizá estamos enseñando a los jóvenes que podemos exigirles paciencia, pero nosotros nos liberamos de esa molestia.

Hace catorce años, mi universidad puso en marcha un Programa de Grandes Libros, con el que he colaborado desde el comienzo. Son seminarios para estudiantes de grados muy diferentes, basados en la lectura reflexiva y el diálogo sobre cuestiones que plantean textos exigentes. La mayoría de esas cuestiones tienen poco que ver con aprobar un examen y mucho con la vida misma. El efecto de los libros en ese contexto no es mecánico ni predecible; tampoco para el profesor. La Odisea es uno de los textos que más he releído y discutido durante estos años. En cada edición, cambian los lectores, cambian las preguntas y, de algún modo, cambia también el libro.

Tengo grabada la primera vez que la discutí con alumnos. Me empeñé en explicarles cómo Odiseo sana las heridas del corazón al narrar sus aventuras ante los feacios. También insistía, algo dogmático, en que para muchos ese es el nudo central de la archinarrativa de Occidente. Mientras yo se lo explicaba con cierto brillo fanático en los ojos, uno de los estudiantes me dejó caer: «Si tú lo dices…». No había ironía. No quería herirme. Simplemente, nos habíamos gritado bajito, cada uno desde su planeta. Mi error había sido querer sustituir su experiencia de lectura. La Odisea es un texto potente que no se deja domesticar y, por eso, llevamos 2800 años leyéndola de maneras diferentes. Personalmente, no comparto algunas de las decisiones de la versión de Nolan, especialmente la de suprimir el mundo de los feacios. Christopher, entiendo que la corte de Alcínoo te abrume un poco y que meter todo el poema en solo 173 minutos sea titánico, pero dejar fuera a Nausícaa, francamente, no tiene pase y no sé si llegaré a perdonártelo. Eso sí, es un espectáculo de primera y agradezco de corazón que la Odisea sea otra vez tema de conversación para tanta gente y muchos se estén acercando a su lectura.

Volviendo a los seminarios, si echo la mirada atrás, no aprecio tanto cuántos libros «importantes» les he hecho leer.Lo que recuerdo con gusto es el entusiasmo y la amistad intelectual que a veces despiertan los libros entre nosotros. Uno de los mejores momentos llega cuando, año tras año, un estudiante me dice: «Ya no puedo leer los libros ni ver las películas de la misma manera».

Leer requiere atención y paciencia con textos que no se dejan entender a la primera. Por eso, no creo que podamos esperar de los jóvenes la paciencia, la gratuidad de hacer cosas por amor al arte y el asombro que nosotros mismos hemos desterrado de las vitrinas familiares. Para que la lectura sobreviva a la obligación, tendremos que convivir con procesos cuyo fruto tarda en llegar. O quizá llega pronto, pero no se agota en el instante.

Saber esperar, trabajar sin cálculo y dejarse sorprender son maneras de leer, pero también parte de una forma más amplia de vivir. Tampoco la lectura, las matemáticas y las ciencias son compartimentos estancos. PISA ofrece sus resultados por separado, pero en la vida real se mezclan continuamente. Para enfrentarse a un problema matemático o entender una explicación científica hacen falta también atención, paciencia y capacidad para seguir un razonamiento. Y cuando llevamos a la vida lo que leemos, calculamos o experimentamos, descubrimos pronto que la realidad es bastante más compleja de lo que creíamos. Hace falta entonces algo que ningún test mide demasiado bien: humildad intelectual.

Las tres nos obligan a enfrentarnos a algo que se resiste a una respuesta inmediata. También algunos libros siguen trabajando en nosotros después de que los hayamos cerrado. Volvemos a ellos porque ya no somos los mismos o porque todavía tienen algo que decirnos. A veces empiezan a hablarnos precisamente cuando ya no tenemos nada que conseguir con ellos. Quizá por eso se ha dicho que los libros serían como los géneros de amistad de los que habla Aristóteles: algunos nos son útiles; otros nos acompañan mientras nos entretienen; y otros permanecen a nuestro lado contribuyendo a hacernos como somos.

En vez de diseñar sofisticadas estrategias para meter en vereda a indómitos y rebeldes, tal vez podríamos dar más voz y libertad a quienes, casi siempre sin reconocimiento, están todos los días con ellos y ven lo que no miden las métricas. También podríamos apostar por que la carrera de sacos no sea la única forma de leer para las nuevas generaciones. Quizá así algunos vuelvan a abrir un libro, cuando ya no haya informes, tareas ni empleador que lo reclame.