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El futuro está en el aire

14/10/2026

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Javier Sáez |

Profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura

El futuro comienza contra una pared. En el frontón, el muro devuelve la pelota y obliga al jugador a anticipar su trayectoria. Jorge Oteiza escribió que «al volver el vasco su juego contra la pared del frontón juega en su remota memoria con el cielo». La imagen reúne pasado y porvenir: cada golpe convierte una experiencia anterior en el movimiento siguiente. También la arquitectura trabaja así: anticipa lo que todavía no existe a partir de lo ya conocido. Preguntarnos por el futuro exige, por tanto, decidir qué merece ser recordado y qué podemos hacer con esa memoria.

El filósofo Gustavo Bueno situó la esencia de la arquitectura en el kenós: el vacío, el aire acogido dentro de la masa. Esta atención al vacío atraviesa buena parte de la escultura moderna y muchos arquitectos la han explorado desde una especial sensibilidad hacia el espacio interior. La pintura se extiende sobre una superficie y la escultura construye un cuerpo tridimensional; la arquitectura, además, hace posible un dentro. Podemos entrar en ella, permanecer, salir y habitarla. Muros, suelos y techos hacen posible ese interior, pero no son su finalidad última: la arquitectura levanta materia para dar forma al aire que habitamos.

Durante los años de bonanza económica y expansión constructiva, fue relativamente fácil olvidar esa condición de habitación. El edificio se convirtió muchas veces en objeto, icono o escultura destinada a configurar una imagen reconocible. Después, como reacción, apareció una suerte de arte povera arquitectónico: construcciones que exhiben su desnudez, su precariedad o una ruina anticipada como certificación de austeridad. No se trata de cuestionar la austeridad ni la honestidad constructiva, sino su transformación en una retórica. La riqueza exhibida y la pobreza exhibida pueden acabar siendo dos estilos de un mismo olvido: el del vacío que habitamos.

En un tiempo de incertidumbre, cuando aquello que parecía estable puede desaparecer de pronto, la arquitectura puede encontrar apoyo en la certeza de la construcción: la materia asentada sobre la tierra, la estructura que se levanta y el vacío que ambas delimitan para ser habitado. La atemporalidad no es un estilo ni una forma de escapar del tiempo; nace de trabajar con esas condiciones elementales que atraviesan las épocas. Una obra no permanece porque no cambie, sino porque, a pesar del tiempo, sigue siendo capaz de acoger la vida.

Esa fidelidad a lo elemental no está reñida con la mayor sofisticación constructiva. La técnica puede ponerse al servicio de las necesidades más antiguas del ser humano: protegerse, orientarse, confiar en un lugar y emocionarse dentro de él. Alcanza su sentido cuando deja de exhibirse y se convierte en experiencia. Esta búsqueda toma forma en el Centro de Interpretación de la Pelota Vasca que desarrollamos en Pamplona. Pareten Mintzoa, «el hablar de las paredes», busca que construcción, memoria y espacio formen una única idea.

Sin embargo, la arquitectura no termina en el umbral de los edificios. También la ciudad tiene un interior: sus calles, plazas, jardines y frontones son habitaciones a cielo abierto, construidas por las paredes que las rodean. Desde esta mirada, el proyecto no pretende añadir un objeto aislado, sino dar forma a un vacío. Dos nuevas paredes dialogan con el Labrit y el Jito Alai para construir un tercer frontón, una habitación urbana abierta al juego, al encuentro y a otros acontecimientos. Por eso, el edificio comienza fuera, en el vacío público que sus paredes construyen como lugar de encuentro para la ciudad.

Si el primer vacío se construye levantando dos paredes, el segundo nace al excavar la tierra. Bajo el jardín y el frontón aparece una cueva bañada por la luz cenital que atraviesa pequeñas grietas. El exterior recibe el juego bajo el cielo; el interior acoge la memoria bajo la ciudad. Uno es abierto, colectivo y sonoro; el otro, recogido, protegido y silencioso. Los lucernarios se abren entre las vigas que sostienen el jardín y llevan hasta el subsuelo fragmentos de cielo. Sostener la tierra y conducir la luz forman así parte de una misma operación. No son dos arquitecturas distintas, sino dos formas de construir el vacío: una abierta al encuentro y otra excavada para la memoria.

La memoria no conserva intacto el pasado: lo desmonta, selecciona sus fragmentos y los convierte en materia de proyecto. Bajo ese mismo suelo aparecen trazas de las antiguas murallas de Pamplona. El proyecto no las trata como restos inmóviles, sino como una presencia activa en el nuevo espacio. En Pareten Mintzoa, las paredes reciben la historia de la pelota y de Pamplona, pero no la reproducen; la devuelven transformada en un lugar abierto a nuevos usos, encuentros y emociones. Como en el frontón, cada golpe contiene los anteriores sin repetirlos. Quizá el futuro sea eso: una trayectoria nueva que la memoria dibuja en el aire.