08/10/2026
Publicado en
Diario de Navarra
Miguel Valencia |
Investigador principal del grupo de Monitorización y Control Fisiológico del Cima Universidad de Navarra
El Instituto Karolinska de Estocolmo ha concedido este lunes el Premio Nobel de Medicina 2026 al estadounidense Karl Deisseroth y a los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por luz y la optogenética. Según el comité, este método ha abierto «una nueva era en la neurociencia»: permite ver cómo las células nerviosas moldean recuerdos, emociones y comportamientos en un cerebro vivo.
Las neuronas se comunican mediante pequeños impulsos eléctricos. La optogenética consiste en dotar a un grupo concreto de neuronas de una proteína sensible a la luz, de modo que un destello las «enciende» o las «apaga» a voluntad. Para ello se introduce en esas células, mediante técnicas genéticas, la instrucción para fabricar la proteína; después, una fibra óptica muy fina lleva la luz al punto exacto del cerebro.
La clave es la precisión. A diferencia de los fármacos o de los electrodos, que afectan a todo lo que encuentran a su paso, la luz solo actúa sobre las células elegidas, y lo hace en milésimas de segundo.
La historia arranca lejos del cerebro. A principios de los años 2000, Hegemann quería entender cómo el alga unicelular Chlamydomonas consigue nadar hacia la luz. Junto a Nagel identificó la proteína responsable: la canalrodopsina, un diminuto poro que se abre al recibir luz y deja pasar cargas eléctricas. Comprobaron además que funcionaba en cualquier célula en la que se introdujera.
En 2005, el equipo de Deisseroth en la Universidad de Stanford dio el salto decisivo: insertó el gen de la canalrodopsina en neuronas de rata y logró activarlas con pulsos de luz azul. Poco después se sumaron proteínas que hacen lo contrario, silenciar las neuronas, y el interruptor quedó completo.
Durante dos décadas, laboratorios de todo el mundo han usado la técnica para pasar de observar el cerebro a interrogarlo. Ya no basta con ver qué zona se activa o interviene durante una tarea: ahora puede comprobarse si un grupo concreto de neuronas es necesario, o suficiente, para provocarla.
Así se ha demostrado, en animales de laboratorio, que activar unas pocas neuronas puede reactivar un recuerdo concreto, desencadenar o frenar un movimiento, o modificar conductas como el miedo, la búsqueda de recompensa o la ansiedad. La herramienta se ha extendido también a otras células del cerebro, como los astrocitos, y ha revelado que no son meros acompañantes de las neuronas, sino participantes activos.
Este conocimiento ha sentado las bases para entender muchas enfermedades neurológicas. En el párkinson, la optogenética ha ayudado a identificar qué circuitos fallan y por qué funciona la estimulación cerebral profunda. En la epilepsia, estudios con animales han mostrado que es posible detectar una crisis y detenerla con luz en tiempo real. En el alzhéimer, experimentos en ratones sugieren que algunos recuerdos no se borran, sino que se vuelven inaccesibles, y que pueden recuperarse estimulando las neuronas que los guardan.
La técnica ya ha llegado a pacientes: en 2021 se describió la recuperación parcial de la visión en una persona con retinosis pigmentaria. Aplicarla al cerebro humano aún exige superar retos de seguridad, pero el mapa que ha dibujado es ya imprescindible.