07/10/2026
Publicado en
Diario de Navarra
Diego Maza |
Catedrático. Director del Departamento de Física y Matemática Aplicada. Facultad de Ciencias, Universidad de Navarra.
En esta historia, como en todo buen cuento de fantasmas, los nombres son mucho más de lo que parecen. El neutrino puede presumir, sin duda, de ser el fantasma de la historia. Y un fantasma en el más puro sentido etimológico de la palabra: en su origen griego, phánasma es aquello que se muestra, que aparece. Aunque nunca lo haga del todo.
No se me ocurre mejor definición de lo que efectivamente es un neutrino. Esta “pequeña” -las comillas no pretenden enfatizar lo pequeño, sino, por el contrario, lo contradictorio que puede llegar a ser considerarla así- atraviesa el universo ignorando prácticamente todo lo que se encuentra a su paso, ya se trate de soles, planetas o, porque no, castillos encantados. Nacidas en lo más profundo del universo -como agujeros negros, remanentes de supernovas o galaxias en formación- al carecer prácticamente de masa y carga eléctrica pueden atravesar la materia sin interactuar en absoluto con ella, tal y como Sir Simon Canterville hacía con las paredes de su castillo, y por ello son (casi) imposibles de ver o detectar.
Más de un cuarto de siglo después de la osadía de W. Pauli, nuestro personaje recibió su carta de naturaleza al ser detectado, de forma indirecta, como producto de una reacción nuclear. Pero lo cierto es que deberíamos hablar de personajes, pues hay muchos fantasmas en esta historia. Algunos producidos por el hombre, como el del reactor nuclear, otros muchos producidos por las partículas masivas que nos llegan desde el Sol, pero ninguno de estos es el protagonista de este cuento. El neutrino fantasma al que se refería Ellen Mooms al presentar el premio de este año, es el más esquivo, el más fantasmagórico de todos si cabe, pues viaja prácticamente en línea recta de un extremo al otro del universo portando consigo información muy valiosa sobre los confines del espacio tiempo. Para detectarlo hacen falta condiciones extremas -como las de la Antártida- donde a unos 2.000 metros bajo el hielo, el neutrino puede dejarnos de forma indirecta ecos de su presencia. Así, unos pocos se encuentran por casualidad con algún núcleo atómico y al colisionar emiten partículas cargadas que sí podemos ver, aunque no con poco esfuerzo, como lo demuestra el hecho de tener que construir el detector en el Polo Sur. Es precisamente todo ese esfuerzo el que se ha premiado en esta ocasión, en la persona de Francis Halzen, alma máter e impulsor del proyecto “IceCube Observatory” en los confines del planeta. Puede resultar irónico, pero no por ello menos cierto: la Academia Sueca de la Ciencias ha premiado hoy a un científico por construir una trampa para fantasmas. Una real, y no una de esas de las que se habla en programas de máxima audiencia.