Publicador de contenidos

2026_11_05_FYL_El_Amor_Que_Nos_Sobrevive

El amor que nos sobrevive…

05/11/2026

Publicado en

Alfa y Omega

Ricardo Piñero Moral |

Catedrático de Estética, director del Instituto Core Curriculum y profesor del Máster en Cristianismo y Cultura Contemporánea

Es muy probable que, en algún momento, todos nosotros podamos perder de vista lo que de verdad importa. ¿Qué es eso que de verdad importa? Tu vida y la mía. Pero no La Vida, sino ese vivir de cada día en el que todo se resuelve. A veces, las mayúsculas ocultan algo inalcanzable. Sin embargo, vivir, para un ser humano, siempre es un acto minúsculo de consecuencias mayúsculas. Por eso vale la pena, de vez en cuando, al menos una vez al año, cerrar los ojos y mirar hacia atrás y hacia delante, vale la pena mirar dentro y recordar a quienes nos dejaron, a quienes dejaron en nosotros una huella indeleble, a esos que hicieron de nuestro día a día algo apetecible, amable y que siguen estando presentes, a nuestro lado, aunque nadie -ni siquiera nosotros mismos- pueda verlos.   

La vida humana es frágil y puede atrofiarse hasta desaparecer. La muerte no debería ser considerada un final. Pensar sobre la muerte tiene ventajas, pero creer en la vida tiene muchas más. Indudablemente desde tiempos barrocos la meditatio mortis es un ejercicio en el que todo intenta mirarse desde una perspectiva de eternidad. Cuando nos asomamos a una vanitas de las que configuró Valdés Leal uno puede experimentar que todo en la vida puede ser caduco, oscuro, frío, sombrío y que aquello que nos resulta atractivo no sólo es finito y tiene una obsolescencia programada, sino que inexorablemente terminará por desaparecer. Respiremos hondo… todo eso es fruto de un arte, de un modo de entender la existencia que quiere llevarnos hasta las fronteras de lo tenebroso.

Pero lo que de verdad es real es que en nuestro día a día, por muy monótono y tedioso que nos parezca, puede abrirse paso la luz. La razón de este milagro es bien sencilla: la esperanza puede convertir las ansiedades, los dolores, las angustias, los miedos en algo bien diferente. Para lograr ese prodigio sólo hay que aprender a ensanchar el corazón, sólo hay que atreverse a confiar en los que nos rodean. Cuando traemos a nuestra memoria a quienes nos han dejado, a quienes han luchado toda su vida por hacer de la existencia algo valioso, lo que de verdad estamos haciendo es un gesto profundamente humano, un acto de comunión entre el cielo y la tierra que se funda en creer, esperar y, sobre todo, amar. El único modo de no morir del todo es amar y ser amado. En estos tiempos en los que las palabras padecen la inflación de la soberbia, conviene recuperar fuerzas para atrevernos a convertir cada instante en una ocasión de vivir amorosamente.