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Manifestación en Ceuta encabezada por el presidente de la ciudad autónoma, el 9 de agosto de 2026 [Ciudad de Ceuta]
El pasado jueves 30 de julio, España sufrió la mayor crisis migratoria de su historia en la que alrededor de 80.000 personas accedieron a la ciudad autónoma de Ceuta, muchas de ellas tras nadar 3 kilómetros desde Fnideq (norte de Marruecos). El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, ha cifrado entre 8.000 y 11.000 los migrantes que permanecen en la ciudad. Hasta el momento, las cifras de muertos ascienden a los 141, como ha recogido la ONG Caminando Fronteras. En medio del caos, la Guardia Civil detectó, a través de las cámaras desplegadas en el perímetro fronterizo, la presencia de agentes vinculados a los servicios de inteligencia marroquíes infiltrados entre los migrantes, en una operativa que, según fuentes del Estado Mayor del instituto armado, «difícilmente podría haberse ejecutado sin la intervención de los servicios de información» de Rabat.
Este nuevo incidente resulta un perfecto ejemplo de lo que se conoce como «instrumentalización de la migración», término reciente que describe una nueva forma de amenaza híbrida basada en el uso deliberado de la migración masiva procedente de un estado como instrumento para desestabilizar, coaccionar u obtener ventajas políticas sobre otro estado, sin recurrir a acciones militares directas. Este tipo de estrategias se enmarcan dentro de las llamadas operaciones en zona gris, entendidas como aquellas acciones que se sitúan por debajo del umbral de un conflicto armado convencional, y cuya autoría, aunque a menudo evidente, resulta difícil de probar o sancionar jurídicamente.
También es importante recordar que esta no es la primera vez que Marruecos recurre a la migración masiva como instrumento de presión política. En 2021, Brahim Ghali, secretario general del Frente Polisario, llegó a España para ser tratado por coronavirus. Rabat respondió alentando a al menos 8.000 personas a atravesar la frontera entre Marruecos y España, relajando los controles fronterizos: una demostración explícita de su capacidad para convertir la migración en un arma de coerción diplomática.
En esta ocasión, todo apunta a que el nuevo episodio, desatado precisamente el día del aniversario de la entronización de Mohammed VI, responde al acercamiento diplomático entre Argel y España, cuyo hito más reciente fue la reunión del 20 de julio entre Pedro Sánchez y Abdelmadjid Tebboune, más allá de que la versión oficial hable de redes de tráfico «instrumentalizando» el fallo del Supremo contra las devoluciones en caliente. Asimismo, en 2026 Argelia ha vuelto a convertirse en el principal proveedor de gas a España, tras casi cuatro años de relaciones prácticamente congeladas a raíz del giro español de marzo de 2022, cuando Madrid reconoció el plan de autonomía marroquí como «la base más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto del Sáhara Occidental.
Este pulso con España se produce en un momento en el que Marruecos atraviesa su mejor posición diplomática internacional en décadas. El 31 de octubre de 2025, Rabat logró la que hasta ahora es su mayor victoria diplomática: la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que por primera vez afirma que la «autonomía genuina bajo soberanía marroquí podría constituir la solución más viable» para el conflicto del Sáhara Occidental, desplazando, en la práctica, la opción del referéndum del horizonte diplomático.
Lejos de constituir un episodio aislado, esta resolución se inscribe en una tendencia más amplia de consolidación diplomática de Marruecos, impulsada por su integración en el llamado Eje de Abraham, fruto del proceso de normalización de relaciones con Israel, y por su creciente consideración como socio estratégico de Occidente en el norte de África. Esta posición no solo fortalece su capacidad de influencia, sino que también actúa como un importante amortiguador frente a posibles reacciones de sus socios occidentales, reacios a poner en riesgo un marco de cooperación considerado estratégico para la estabilidad del flanco sur europeo.
Buena muestra de esta nueva audacia es que, en plena crisis, el propio ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, ha vuelto a reivindicar abiertamente la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla, asegurando que Rabat «sigue reivindicando nuestros territorios» y que la cuestión «está sobre la mesa» en cada encuentro con las autoridades españolas.
¿En qué se diferencia esta ola de aquella de 2021? La respuesta más intuitiva sería la magnitud: la ciudad recibió en un solo episodio a una cifra de personas equivalente a más del 80% de su población habitual. Otra respuesta posible sería la atención mediática internacional que ha generado, agravada por la reacción de aliados europeos como Finlandia, Dinamarca e Italia, que ha llegado a suspender de facto el acuerdo Schengen con España hasta el 15 de agosto. Pero ninguna de las dos explica por sí sola el terremoto político desatado en España. A diferencia de 2021, España y Marruecos comparten hoy un proyecto de enorme visibilidad y calendario fijo: la organización conjunta del Mundial 2030. Esa candidatura le da a la clase política española una palanca concreta y accionable con la que traducir la indignación en exigencia política.
Y es que V ox, Podemos y Sumar ya han exigido excluir a Marruecos de la organización del Mundial 2030 tras la crisis de Ceuta. En Portugal ha ocurrido un fenómeno similar, con el partido ecologista Livre y la extrema derecha de Chega sumándose también a esa exigencia. La calle respalda esa demanda de forma casi unánime: según ElectoPanel, el 91,1% de los españoles apoya pedir formalmente la exclusión de Marruecos, incluido el 62,4% de los votantes del PSOE.
Aquí surge la pregunta: ¿cómo se siente el pueblo español al respecto? Una encuesta de NC Report para La Razón, realizada inmediatamente después de la crisis, indica que el 77,3% de los españoles considera que Marruecos se comporta como un «país enemigo», frente a un 16,1% que lo rechaza y un 6,6% que no se pronuncia.
El desglose por partido, sin embargo, revela que esa hostilidad está lejos de repartirse por igual: alcanza al 97,6% de los votantes del PP y al 98,3% de los de Vox, pero cae al 32,5% entre los del PSOE y al 21,7% entre los de Sumar. A primera vista, la división parece insalvable. Pero el dato relevante no es la distancia entre bloques, sino el suelo: un tercio del electorado socialista y una quinta parte del de Sumar, votantes que en cualquier otro asunto estarían del lado contrario a PP y Vox, ya comparten hoy la percepción de Marruecos como amenaza. Es precisamente ese suelo compartido, más que el consenso mayoritario de la derecha, lo que convierte a Marruecos en terreno fértil para un relato capaz de trascender el eje izquierda-derecha.
Con las crecientes protestas en la ciudad autónoma, se espera que la presión sobre el Gobierno siga aumentando. Si el Partido Popular logra capitalizar este sentimiento popular, podría decantar el futuro político de España: los sucesivos casos de corrupción a los que el PSOE ha logrado sobrevivir hasta ahora podrían quedar eclipsados por una crisis que, bien instrumentalizada, ofrece al PP la oportunidad histórica que llevaba tiempo esperando.
Esta oportunidad se apoya sobre una base ya favorable. El PP lleva más de dos años instalado como primera fuerza en las encuestas, y la suma de PP y Vox aventaja al bloque de izquierdas en torno a doce puntos. Pero ese margen, pese a su persistencia, no ha bastado hasta ahora para traducirse en un cambio de gobierno inmediato. Lo que podría alterar esa ecuación es precisamente la erosión del tercio del electorado socialista que ya comparte la percepción de Marruecos como una amenaza. De todas formas, también existe la posibilidad de que el Partido Popular decida desestimar esta oportunidad. En ese caso, una campaña bien ejecutada desde V ox podría alterar los cálculos del PP, forzándolo a ceder mayores concesiones y aceptar restricciones sobre su margen de decisión.
Queda, sin embargo, un último factor que el actual tablero político español no debería descartar: el cisne negro, ese acontecimiento de probabilidad ínfima e impacto masivo que ningún actor anticipa hasta que ocurre y lo cambia todo. En el escenario actual, ese cisne negro equivaldría a la remota posibilidad de que el PSOE —a pesar de la profunda influencia que ejerce el lobby marroquí en sus filas— decidiera adelantarse al PP y apropiarse de la creciente causa de oposición a Rabat en España. Si esta carambola estratégica se materializase, los socialistas no solo romperían los esquemas de la oposición, sino que lograrían dar un vuelco a las encuestas y, quién sabe, alzarse de nuevo con la victoria.
* Una versión reducida de este texto fue publicada previamente en el ‘Diario de Navarra’ con el título ‘Nadie ha entendido aún lo que pasó en Ceuta’. El autor realiza un máster de Relaciones Internacionales en la Universidad de Renmin (Pekín, China).