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La energía en la disuasión frente a Marruecos

La energía en la disuasión frente a Marruecos

ANÁLISIS

04 | 08 | 2026

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Entre un 15% y un 20% de la electricidad consumida por los marroquíes depende de España: Cómo responder a Rabat también en la zona gris

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El norte de Marruecos y el sur de España vistos de noche desde la Estación Espacial Internacional [ISS]

El pasado 30 de julio la ciudad española de Ceuta fue víctima de una operación en la zona gris organizada por el Reino de Marruecos, un país que no reconoce la soberanía española sobre esta ciudad y que suele calificarla de “presidio ocupado”. Como ya ha ocurrido en el pasado, Marruecos empleó la frustración de su propia ciudadanía y la lanzó, mediante bulos, falsas promesas y una campaña de comunicación organizada, contra la ciudad. El saldo: al menos 88 personas fallecidas según los últimos recuentos, entre las más de 50.000 que lograron cruzar la frontera española y que en su mayoría ya han retornado a Marruecos.

Pese a que el Gobierno de España ha negado la autoría de Marruecos detrás de este suceso migratorio, existe un creciente consenso entre los analistas que apunta a una necesaria coordinación en materia de comunicación, logística y tolerancia policial. Dada la naturaleza del Estado marroquí, un régimen híbrido controlado por la casa real a través de los aparatos económico, policial y militar, resulta inverosímil plantear el desplazamiento de más de 50.000 personas de forma espontánea a la frontera con Ceuta sin el conocimiento y la aquiescencia del Majzén.

–Con esta operación, Marruecos demuestra su capacidad para explotar la dependencia de España en materia de control migratorio. Las operaciones en la zona gris, aquellas no atribuibles directamente al agresor y que no constituyen en sí mismas un acto de guerra, tienden a explotar precisamente estas vulnerabilidades.

Las acciones y el envalentonamiento de Marruecos contrastan con una falsa percepción, extendida en España, de una dependencia estratégica unidireccional hacia Marruecos: control migratorio, tráfico de drogas, antiterrorismo. Son palancas fácilmente accionables y en manos del Estado marroquí que le confieren, pese a su menor tamaño y capacidades, un halo de superioridad en la operativa de zona gris.

Sin embargo, existe una dependencia asimétrica de Marruecos hacia España de naturaleza similar a la que explota eficazmente Rabat en su relación con Madrid. Aunque generalmente desconocida, Marruecos cuenta con una dependencia asimétrica y fácilmente explotable por parte de España en el ámbito energético.

Este análisis tratará de presentar esta dependencia, planteando cómo podría instrumentalizarse en forma de disuasión por parte de España, y cómo debería la energía, entendida como una herramienta de cooperación pero también de disuasión, integrarse en las relaciones con Marruecos. El artículo concluye con una reflexión sobre cómo la preferencia española por la coexistencia pacífica con Marruecos no debería impedir que España se prepare para un escenario de guerra híbrida sobre las ciudades de Ceuta y Melilla.

La creciente dependencia energética de Marruecos hacia España

Empezando por la electricidad, la cooperación eléctrica entre España y Marruecos comenzó en 1997 cuando concluyó la construcción del primer cable eléctrico submarino entre ambos países, con una primera línea de 700 megavatios (MW), posteriormente ampliada hasta los 1.400 MW en 2006. El flujo es abrumadoramente unidireccional: en torno al 90% de la energía que circula por ellos va de España hacia Marruecos, cubriendo entre el 8% y el 15% de la demanda eléctrica marroquí. Estos dos cables eléctricos han contribuido sustancialmente al desarrollo económico y a la seguridad de suministro marroquí durante las dos primeras décadas de siglo. Las exportaciones españolas representaron entre 2007 y 2017 cerca del 15% de la demanda marroquí de electricidad, alcanzando los 5TWh anuales, abaratando la factura eléctrica y permitiendo a Marruecos atender al rápido crecimiento del consumo doméstico y lograr la electrificación de las áreas rurales marroquíes, cuya tasa de acceso a la electricidad pasó del 37% en 1999 al 99,7% en 2020. Esta universalización del acceso a la electricidad ha contribuido a incrementar notablemente el nivel de vida de las zonas más empobrecidas de Marruecos y es considerado uno de los grandes éxitos del reinado de Mohamed VI.

Pese al descenso de los intercambios tras la entrada en funcionamiento de las centrales eléctricas de carbón de Safi y Jerada entre 2017 y 2021, el cierre del gasoducto Magreb-Europa (GME) a finales de 2021 y la sequía en el Mediterráneo Occidental entre 2021 y 2022 devolvieron la importancia de las exportaciones españolas para Marruecos, ahora de nuevo, un elemento indispensable para la seguridad de su sistema eléctrico. El cierre del GME, resultado de la no-renovación del contrato por parte de Argelia, tensionó fuertemente el sistema eléctrico marroquí, que obtenía tradicionalmente cerca del 15% de su electricidad en las centrales de gas natural de Tahaddart y Ain Béni Mathar.

Pero los cables aportan algo más valioso que los electrones: sincronizan la red marroquí con el sistema eléctrico europeo, sosteniendo su frecuencia y dando estabilidad a un sistema que integra cada vez más renovables. La principal ventaja del trabajo síncrono es que, en situaciones de fallo de un generador, consumidor o línea de transmisión, la alteración puede compensarse en milisegundos, garantizando un suministro ininterrumpido. La sincronización ha permitido asegurar la resiliencia del sistema eléctrico marroquí, uno de los más estables de África y con la menor interrupción media del suministro según los datos del Banco Mundial. Esta sincronización ha sido un impulsor del desarrollo industrial en torno a la zona franca de Tánger Med, uno de los focos de mayor dinamismo industrial de África como centro manufacturero automotriz, aeroespacial y de electrónica. Esta interconexión también ayudó a la recuperación en tiempo récord del sistema eléctrico español después del apagón, aunque es importante mencionar aquí la asimetría: el sistema peninsular español cuenta con dos potentes interconexiones con Portugal y Francia; y dos pequeñas: Marruecos y Baleares. El sistema marroquí cuenta con una única interconexión potente (en términos relativos a su sistema) con España y una inoperativa con Argelia desde la ruptura de las relaciones diplomáticas en 2021.

La integración eléctrica ente España y Marruecos contrasta con el aislamiento eléctrico de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Marruecos se ha negado históricamente a proveer de electricidad a ambas ciudades, que tienen que operar como islas energéticas con dos pequeñas centrales de fuel. En 2026, se espera que entre en funcionamiento el cable eléctrico que conecte la Península Ibérica con Ceuta, un proyecto presupuestado en 300 millones de euros y que permitirá reducir el número de incidencias eléctricas en la ciudad autónoma y reforzar su seguridad de suministro. Melilla, dada su distancia geográfica de la Península, se prevé que permanezca aislada.

Sigamos con el gas. Cuando Argelia cerró el Gasoducto Magreb-Europa (GME) en 2021, Marruecos perdió su única fuente de suministro. Hoy todo el gas que importa Marruecos llega como GNL comprado en el mercado internacional, regasificado en las plantas españolas y enviado por el GME en flujo inverso. Marruecos lleva una década anunciando la construcción de su primera terminal de regasificación en las ciudades de Nador o Jorf Lasfar, pero ningún inversor parece convencido y el último concurso público fue cancelado. Otros proyectos, como incrementar la producción de gas natural en el país, que hoy cubre cerca de un 5% de la demanda, no han tenido el resultado esperado, mientras que el gasoducto Nigeria-Marruecos es un proyecto faraónico que carece de viabilidad técnica o financiera.

El gas que importa Marruecos desde España alimenta los ciclos combinados que generan en torno al 10% de la electricidad del país y aporta la flexibilidad que su sistema dominado por el carbón (+60%) y renovables (30%) necesita. Además, debido al cambio climático y la persistencia de las sequías en el Norte de África, Marruecos ha visto una reducción estructural de su generación hidroeléctrica. Para Marruecos, el gas natural en generación eléctrica es el sustituto natural de la hidroelectricidad ya que es una fuente de generación que puede responder de forma rápida y flexible a las modulaciones en demanda o generación. El carbón, el eje del sistema marroquí, tiene tiempos de arranque y rampas de carga mucho más lentos que las centrales de ciclo combinado de Tahaddart y Ain Béni Mathar. Dado que Marruecos importaba tradicionalmente el gas natural de Argelia, cobrado en concepto de royalties por el tránsito del GME y concebido como un flujo constante e ininterrumpible, Marruecos carece de almacenes estratégicos de gas natural. Por ponerlo en contexto, España que consume unas treinta veces más gas natural que Marruecos, cuenta con unas existencias estratégicas equivalentes a cerca de un mes de consumo.  

Por lo tanto, entre un 15% y un 20% de la electricidad que consume Marruecos depende de que España mantenga abiertos el gasoducto y la interconexión eléctrica. Unas infraestructuras que son totalmente prescindibles para la seguridad de suministro de España, dando lugar a una dependencia asimétrica que debería ser integrada en la estrategia de disuasión de España frente al irredentismo de su vecino.

Adicionalmente, existe una dependencia blanda en materia de combustibles líquidos y de GLP (el conocido popularmente como butano). Desde el cierre de la única refinería en Marruecos en 2015, España ha incrementado sus exportaciones de productos derivados del petróleo, garantizando el suministro de combustible del país africano. Estas ventas supusieron en 2024 cerca del 12% de las exportaciones españolas a Marruecos, con un valor cercano a los 1.700 millones de euros anuales, concentradas en diésel, GLP, fuelóleo y gasolina. Dado que el comercio de combustibles se da en su totalidad por vía marítima, para Marruecos sería fácil encontrar un suministrador alternativo de estos productos en el mercado internacional. Suspender estas exportaciones carecería de ventaja asimétrica ya que dañaría la posición exportadora de España sin comprometer la seguridad de suministro de Marruecos.

La energía como parte de la disuasión española frente a Marruecos

La cooperación energética entre España y Marruecos ha generado grandes beneficios compartidos que se suman al argumento del colchón de intereses en materia cultural, migratoria, humana, contraterrorista o comercial. La característica distintiva de la cooperación energética bilateral es su naturaleza asimétrica. Para España, las exportaciones de gas o electricidad a Marruecos suponen un beneficio económico exiguo, mientras que para Marruecos son una parte fundamental de su seguridad energética. Además, a diferencia de otras dependencias asimétricas de Marruecos hacia España de naturaleza difusa, como la comercial, en materia energética estas se concentran en dos infraestructuras: el gasoducto Magreb-Europa y los cables eléctricos submarinos. Ambas infraestructuras están controladas y operadas por sociedades semipúblicas, una rareza dentro del privatizado ecosistema energético empresarial español. Los cables submarinos son propiedad conjunta de Redeia (Red Eléctrica Española) y de la marroquí ONEE. Redeia cuenta con una participación de la SEPI del 20% y es considerada y operada como una empresa estratégica. El gasoducto Magreb-Europa tiene una estructura accionarial algo más compleja, pero está operado, en su parte española, por Enagás, cuyo principal accionista es la SEPI y que, de nuevo, opera como una empresa estratégica.

Se trata de una dependencia asimétrica y concentrada en dos infraestructuras que además están controladas por el Estado español. Los principios básicos de disuasión hablan de una amenaza real, creíble y bien comunicada. En este análisis se ha descrito la existencia de una amenaza real; a partir de ahora se propone cómo España podría proyectarla de forma creíble y los mecanismos para tratar de sostenerla en el tiempo.

Una hoja de ruta para la disuasión energética

La primera pregunta que surge es cómo instrumentalizar esta dependencia asimétrica y convertirla en un mecanismo de disuasión frente al irredentismo marroquí. Ambas infraestructuras, el gasoducto y los cables eléctricos, ofrecen dos vías de estrangulamiento energético que encajarían dentro de estrategias híbridas o de zona gris.

La primera vía es la económica: imponer, en las negociaciones bilaterales, un precio elevado por la operatividad de ambas infraestructuras, de forma similar a como ha actuado Rusia con sus vecinos europeos. La simple amenaza de encarecer el uso del GME o de los cables podría emplearse como moneda de cambio frente a Marruecos en otros terrenos, como la cooperación migratoria o policial. Esta amenaza debe circunscribirse siempre a los contratos existentes, manteniendo la normalidad comercial, pero presionando en los momentos clave de negociación o renovación contractual.

La segunda vía es la de la indisponibilidad, que también se inspira en el comportamiento ruso. Antes de las voladuras del Nord Stream, en 2022 Gazprom había reducido de forma intermitente e imprevisible sus flujos de gas alegando problemas de mantenimiento en una turbina. Era una excusa poco creíble, pero bastó para frenar el suministro y disparar los precios del gas en toda Europa, sin que los países importadores pudieran hacer nada al respecto.

En el caso español, tanto el gasoducto como los cables eléctricos tienen periodos de mantenimiento programado y sufren averías periódicas que requieren reparación. Estas interrupciones podrían prolongarse más de lo habitual, o hacerse coincidir con momentos de especial necesidad para Marruecos, como una sequía o una ola de calor. Si ambas infraestructuras fallaran de forma simultánea, aunque el fallo pareciera fortuito, la presión sobre la seguridad de suministro marroquí sería considerable.

De forma similar, un fallo técnico podría provocar el corte súbito de uno de los cables eléctricos justo en un momento de alta vulnerabilidad para la red marroquí: baja generación eólica y solar, una noche de Ramadán con demanda elevada, o alguna planta térmica de carbón fuera de servicio por mantenimiento. La caída de ese cable podría causar un apagón parcial o total en Marruecos, y España podría entonces mostrar su disposición a cooperar ayudando a restablecer la red, en un gesto que recordaría a su respuesta tras el asalto de 50.000 personas a Ceuta.

Cómo integrar la disuasión energética en la política exterior hacia Marruecos

La siguiente pregunta es cómo integrar la disuasión energética en la política exterior hacia Marruecos para tratar de hacerla sostenible en el tiempo. El primer elemento a tener en cuenta es el de los rendimientos marginalmente decrecientes de la instrumentalización de la interdependencia. Es decir, cada vez que un actor con posición dominante ejecuta una acción híbrida que instrumentaliza su posición, la respuesta racional del actor que la padece es tomar medidas para evitar que se repita, o al menos, que tenga la misma intensidad o asimetría. Por ello, el empleo del ‘arma energética’ suele ser un camino de no retorno que daña, por un periodo indefinido, una confianza mutua difícilmente restituible. Es el caso de las relaciones energéticas entre Rusia y Alemania, hoy prácticamente inexistentes, o de la dependencia de tierras raras de Japón hacia China tras el incidente de 2010, hoy fuertemente mitigada. Por lo tanto, y en el marco de la coexistencia pacífica con Rabat, España debe mostrar siempre su genuina preferencia por la integración energética como una de las grandes palancas de prosperidad compartida.

Ahora bien, dentro de esa integración energética existen algunas preferencias que España debería tratar de imponer en la relación bilateral.

La primera es mantener la posición dominante de España sobre Marruecos en materia de interconexiones eléctricas. Esto implica asegurar el monopolio de las interconexiones eléctricas entre Europa y Marruecos, procurando que el tercer cable de Marruecos con la Península Ibérica sea con España y no con Portugal, y evitando la, ya de por sí escasa, viabilidad de cualquier cable submarino con Italia o Francia. La forma más efectiva de lograrlo es acelerar la construcción del tercer cable con España y absorber los recursos marroquíes disponibles para nuevas infraestructuras en esta conexión. La segunda vía sería cuestionar la construcción de cualquier otro cable a su paso por aguas territoriales españolas, aduciendo preferentemente motivos de tipo medioambiental. España juega aquí con la ventaja de la geografía, ya que los cables España-Marruecos serán siempre mucho menos costosos que los que se tendieran con cualquier otro vecino, que tendrían que pasar por aguas territoriales o la zona económica exclusiva de España.

En materia de gas natural, resulta esencial retrasar la construcción de cualquier nueva infraestructura importadora que permita a Marruecos diversificar su suministro. Para ello, España cuenta con una palanca evidente: ofrecer el suministro del GME a un precio competitivo y a largo plazo, garantizando que la dependencia se prolongue en el tiempo y se intensifique con mayores volúmenes. El GME tiene una capacidad de intercambio de 12 bcm anuales frente a una demanda marroquí de entre 1 y 2 bcm de gas, lo que deja un margen amplio para incrementar las exportaciones de gas de España a Marruecos y, con ello, la dependencia. La segunda palanca consistiría en lograr que las empresas españolas no participen en la construcción de la terminal de GNL en Marruecos y, en concreto, que la banca española y las instituciones financieras multilaterales donde España tiene influencia (Banco Europeo de Inversiones, Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo -BERD-, la Plataforma de Inversión de la Vecindad -NIP- o el Global Gateway) eviten financiarla, aduciendo la existencia de una infraestructura disponible, el GME, y el impacto medioambiental negativo de invertir en combustibles fósiles. Alternativamente, España puede apoyar retóricamente el Gasoducto de África Occidental, también conocido como el Gasoducto Nigeria-Marruecos, ya que las posibilidades de que se materialice son mínimas y serviría para generar incertidumbre sobre la viabilidad de una inversión privada en una planta de GNL.

Adicionalmente, España debe presionar para que Marruecos aumente su ambición climática y se comprometa firmemente con el cierre de sus centrales de carbón. Marruecos se comprometió en la COP31 de Brasil de 2025 a poner fin al uso del carbón para 2040 si obtenía la financiación internacional necesaria. Se trata de la primera vez que el país fija una fecha para la eliminación gradual de este combustible fósil en una Contribución Determinada a Nivel Nacional, y España debería insistir en que la financiación y ayuda europea en materia energética pase por el cierre de alguna de sus centrales de carbón. El carbón ofrece a Marruecos una fuente de energía estable y a precio competitivo: aunque el país importa el 100% del carbón que consume, se trata de una materia prima que llega fácilmente por barco, se descarga sin complicaciones en una terminal portuaria y cuenta con un mercado bien diversificado, con Estados Unidos como primer proveedor. España debe insistir en la incoherencia marroquí de presentarse como una potencia verde y renovable mientras mantiene operativas sus contaminantes centrales de carbón. Además, debe insistir en Bruselas en la aplicación estricta del Ajuste de Carbono en Frontera (CBAM, por sus siglas en inglés) a las exportaciones de electricidad marroquíes. De esta forma, si Marruecos quiere aspirar a ser un exportador de ‘electricidad verde’ hacia Europa en el futuro, ambición repetida por Rabat pese a ser poco realista en el corto plazo, deberá cerrar sus centrales de carbón y apostar por las renovables y el gas natural como respaldo.

Por último, es necesario destacar públicamente la creciente importancia de Israel como inversor en el sector energético marroquí. La presencia israelí, enmarcada en los Acuerdos de Abraham, abarca desde la exploración de hidrocarburos hasta la desalación, pasando por la inversión en energías renovables. Muchas de estas actividades se producen en el Sáhara Occidental y forman parte del acercamiento de Rabat con Tel Aviv desde 2021. Haría bien España en trabajar los flujos de información en redes sociales al respecto, haciendo que la población marroquí sea consciente de que su gobierno permite la entrada de capital israelí en su sector energético, mientras los ciudadanos de Gaza carecen de los servicios más básicos de agua, electricidad o combustible. Debilitar la legitimidad del eje Israel-Marruecos entre la población marroquí, históricamente sensible a la causa palestina, permitiría mantener la asimetría en la relación energética bilateral de España con Marruecos.

En los días posteriores al incidente migratorio de Ceuta, las redes sociales se convirtieron en un campo de batalla para la desinformación y la defensa del relato marroquí. España, como democracia, no debería entrar en el juego de la desinformación, pero sí puede articular un relato veraz y basado en hechos objetivos a través de redes sociales como X, TikTok, Facebook o Instagram, aprovechando la diversidad de las Ciudades Autónomas para difundir este mensaje con mayor eficacia en distintas lenguas y canales.

Algunas conclusiones y el camino por recorrer

España goza de una posición dominante en la relación energética con Marruecos. Se trata de una relación bilateral construida bajo el paradigma de la integración euromediterránea, la prosperidad compartida y el “colchón de intereses”. Resultaría absurdo renegar de la proyección española como poder blando, lograda gracias a una política exterior genuinamente constructiva y anclada en los ideales de la paz liberal.

Sin embargo, es necesario fomentar un debate estratégico que permita emplear esta dependencia asimétrica en energía como una herramienta de disuasión y, si es necesario, como una verdadera palanca accionable en la zona gris y en un contexto de guerra híbrida.

Los acontecimientos en la frontera de Ceuta no son el resultado espontáneo de los flujos migratorios de Marruecos hacia Europa, sino de una estrategia de presión hacia España, siguiendo los precedentes de la Marcha Verde de 1975 y, más recientemente, el incidente migratorio de Ceuta de 2021.

España debe tomar nota y prepararse frente al irredentismo marroquí sobre Ceuta, Melilla y las plazas de soberanía española en el norte de África con más herramientas que un apaciguamiento que ha demostrado ser muy limitado en la contención a corto plazo, y pésimo a largo plazo.

Debemos hablar más de la amenaza marroquí, enfatizando que la cooperación, la integración y la prosperidad compartida son el camino preferente para España, pero marcando los límites aceptables de las reclamaciones marroquíes sobre territorios de soberanía española. Aquí la energía se presenta como una verdadera oportunidad para subrayar la preferencia española por la cooperación, pero también sus capacidades en la confrontación.

En cualquier caso, el paso previo para cualquier estrategia de disuasión es ser capaz de identificar la amenaza. Esta es una tarea pendiente del actual Gobierno de España, y también de los principales partidos de la oposición. Sin embargo, y aunque previsiblemente derivada del silencio gubernamental al respecto, la ausencia de un debate serio sobre el irredentismo marroquí también permea los principales medios de comunicación y ‘think tanks’ en España, en lo que constituye una derrota rotunda de su sociedad civil, que atenta, en última instancia, contra los intereses de la sociedad que dice defender, representar y proteger.

* Las opiniones de este artículo son responsabilidad única y exclusiva de su autor, que no representa a nadie y firma a título propio.

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