En la imagen
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en un encuentro en enero de 2026
La transformación del orden mundial está sometiendo a un enorme estrés a las grandes potencias, obligadas a maximizar su posición, bien por ambición propia, bien para no sucumbir ante el embate de otra. En el caso de Estados Unidos, China o Rusia, en su actuación hay mucho de designio ofensivo; la Unión Europea, en cambio, se ve empujada a una rivalidad entre potencias que no tenía previsto ni había deseado. Fracturada su relación sustancial con Washington; enfrentada a Moscú por la invasión de Ucrania y recelosa de Pekín por el impacto económico y comercial del auge chino, la UE busca una autonomía estratégica que le permita garantizar por sí misma su independencia y asegurar sus intereses.
Suramérica se presenta como un socio adecuado para ese propósito, en beneficio mutuo; es un ámbito que ofrece a la UE la posibilidad de desarrollar capacidades fundamentales. Integrante de lo que se ha determinado en llamar Occidente, el subcontinente meridional americano es, después de Norteamérica, lo más próximo a Europa en términos sociales y de valores. Pero el acercamiento, facilitado por esa relativa afinidad, se ve sobre todo propiciado por los imperativos geopolíticos que actúan sobre las otras potencias.
Fuera del campo gravitatorio de ‘Donroe’ y del Indo-Pacífico
Dos movimientos tectónicos en curso invitan a ambas áreas a la colaboración estratégica. Uno es la revitalización de la Doctrina Monroe, esta vez mediante el Corolario Trump que, si bien mira a todo el hemisferio occidental, pretende atar en corto al vecindario más inmediato de Estados Unidos al tiempo que admite cierta autonomía para los países situados más al sur, siempre que no den acceso estratégico a un rival directo como China. El otro es el traslado del eje del mundo al Indo-Pacífico: menos disputado, entonces, el Atlántico puede volver a ser el mar europeo que ya fue siglos atrás. Algunos países suramericanos quedan ciertamente bajo el influjo de esas dinámicas centrífugas (los de la vertiente caribeña, atraídos hacia el norte, y los de la pacífica, hacia oriente), pero su distancia respecto al núcleo central de fuerza les concede mayor libertad de decisión. Los países suramericanos de la vertiente atlántica —justamente los que integran Mercosur, con los que la UE ha establecido un ambicioso acuerdo de libre comercio que incluso va más allá (consta de tres pilares, uno es el comercial, los dos otros afectan al diálogo político y la cooperación)— son los que, en cualquier caso, están llamados a constituir un punto de apoyo crítico para la autonomía estratégica europea.
En cuanto a la llamada ‘Doctrina Donroe’, la Administración Trump ha delimitado un perímetro prioritario, que va desde Groenlandia hasta la línea del ecuador, donde da la impresión de querer encargarse más o menos directamente de los mayores riesgos de seguridad que Washington perciba. Al sur de esa línea, invita a que sean los propios países los que principalmente carguen con las exigencias de su seguridad por sí mismos o, en caso necesario, por medio de alianzas (se entiende que con EEUU o con fuerzas amigas, como la UE) que garanticen la negación a China de factores estratégicos en sus territorios. Esto deja espacio para que haya una suerte de reparto de áreas de influencia y que la UE, si perjudicar los intereses últimos de seguridad de EEUU, actúe según su criterio con relación a Suramérica, exceptuada la parte más septentrional (Colombia, Venezuela, Guyana). La vinculación de España con los países hispanoamericanos, así como las actuales o antiguas posesiones en el Caribe de Inglaterra, Francia y Holanda, permiten sobrepasar la línea del ecuador en la actuación de europea, estableciendo valiosas interlocuciones con toda Latinoamérica, aunque la autonomía plena solo pueda ejercerse allí donde la prioridad estadounidense mengua.
La configuración del Indo-Pacífico cuenta con un principio ordenador más laxo y menos unívoco, con varias potencias —grandes y medias— disputándose espacios de hegemonía o evitando que la ejerza su contraria: China, India, Estados Unidos, Japón, Australia... Por eso, naciones del pacífico suramericano como Perú y Chile, aun beneficiándose de lo que se ha dado en bautizar como el siglo asiático (por extensión, podría hablarse del siglo del Indo-Pacífico), fácilmente pueden estar orientadas también hacia un Atlántico de tracción europea.
Con independencia de que Europa deba igualmente ser un actor en el Indo-Pacífico —aunque de momento prima el protagonismo de países individuales con soberanía en la región (Francia) o conexiones excoloniales (Países Bajos o Inglaterra, aunque no país comunitario)—, la UE cuenta sin duda con mayor margen para seguir una brújula propia en el Atlántico. Se trata de un atlantismo que no se limita a una relación trasatlántica norte, sino que también debe mirar con intensidad al sur: al Atlántico Sur americano y, progresivamente, también al de África Occidental (la Oriental, a través del Índico, posiblemente tenderá a engarzarse con Asia).
Suramérica supone, pues, un área con la que la UE —como potencia que aspira a jugar sus cartas sobre el tapete mundial, en una partida con los otros jugadores globales—, puede sostener una relación que responda a una estrategia propia. Los 440 millones de habitantes suramericanos, junto con los 450 millones de la UE constituyen una formidable realidad social y económica.
La relación está llamada a ser más estrecha, por lo que se ha dicho, con los países que en 1991 formaron el Mercado Común del Sur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay), a los que ahora se ha unido Bolivia. No solo en términos comerciales, en el contexto del acuerdo de libre comercio Mercosur-UE entrado en vigor este año y que es el mayor del mundo, sino también en cuestiones tecnológicas, de inversión y de integración. La vinculación con la realidad mayor de la UE y la experiencia institucional de esta pueden facilitar la eliminación del exceso de barreras aún existente entre los países del Mercosur (las lógicas reticencias de Argentina hacia un Brasil más poderoso o de Uruguay y Paraguay hacia sus dos grandes vecinos). Si esta experiencia de una suerte de unificación a partir de la gran cuenca del Paraná —la zona mejor dotada de toda Latinoamérica para ello— diera mayores pasos podría atraer a países aledaños, como los que hoy forman parte de una alicaída Alianza del Pacífico (en este caso, Colombia, Perú y Chile), y propiciar el salto que a la integración suramericana aún le falta (y que siempre se ha visto con escepticismo a pesar de los habituales grandes discursos sobre la hermandad regional).
Energía, tecnología
Suramérica ofrece a la UE elementos fundamentales para poder armar su arquitectura de autonomía estratégica, como es el acceso a energía (petróleo y gas, pero también energías renovables), a minerales críticos y a un entorno adecuado para el desarrollo tecnológico. La UE ya es el segundo origen de inversión directa extranjera en Latinoamérica, por detrás de EEUU y muy por delante de China, y parte de esos portfolios ya están orientados hacia recursos naturales y nuevas tecnologías.
En un momento en que la UE ha decidido prescindir de los hidrocarburos rusos y tiene dudas sobre su dependencia tanto del GNL de Estados Unidos como del petróleo y gas que debe atravesar el estrecho de Ormuz, el sostenido aumento de la producción petrolera y gasista de Suramérica se convierte en algo codiciado. Lo es para la Administración Trump, que detenta el control sobre la producción del petróleo de Venezuela y puede influir indirectamente en la de Guyana, pero la distribución que tenga la igualmente al alza producción de Brasil y de Argentina (por más que esta última dependa mucho de inversores estadounidenses) no está sujeta a los objetivos geopolíticos de Washington. Tampoco lo están los minerales estratégicos procedentes del triángulo del litio (Bolivia, Chile y Argentina), ni de los principales yacimientos de cobre (Chile, Perú) o de niobio y tierras raras (especialmente Brasil).
La disponibilidad de energía eléctrica barata a partir de la gran presa de Itaipú, ubicada en el curso del Paraná, entre Paraguay y Brasil, supone una oportunidad para la alimentación de centros de datos. Paraguay, al que le sobra mucha de la producción que le corresponde, tradicionalmente ya ha usado esa electricidad para atraer inversión manufacturera a su territorio (favorecida además por el extraordinariamente bajo impuesto de sociedades), y ahora quiere potenciar la instalación de factorías de IA. Para el sector tecnológico, la mano de obra bien formada y relativamente barata de la región puede suponer un aliciente. Por otra parte, el desarrollo de la energía solar en el desierto de Atacama y el margen de crecimiento de los parques eólicos en muchos lugares hablan de una magnitud de energías verdes que encajan con los objetivos marcados por la UE.
La armonización productiva de la UE y de Mercosur tiene su prueba de fuego en la implementación del acuerdo de libre comercio, cuya viabilidad ha sido ruidosamente contestada por el sector agrario de varios países europeos y sobre la que aún debe pronunciarse el Tribunal de Justicia de la UE. Si su entrada en funcionamiento, de momento de manera provisional, fuera paralizada y ulteriores obstáculos resultaran infranqueables, Bruselas habría perdido una oportunidad vital para contar con un amplio espacio sobre el que sustentar una parte importante de su autonomía estratégica.
Protagonismo de España
La UE debe competir estrechamente con las otras potencias en diversas áreas del mundo. Una que le incumbe muy directamente es el Ártico, la otra región, junto al Indo-Pacífico, que se perfila como escenario de próximas rivalidades. Ahí la UE es competidor por derecho propio, sobre todo por el valor estratégico de Groenlandia, con una posición que quedaría muy reforzada si los movimientos que se están viendo en Noruega culminaran en la entrada de este país en la Unión. Frente a estos escenarios más reñidos, Suramérica ofrece a los europeos una posibilidad de alianza estratégica menos disputada, aunque tenga que superar lo que pueden ofrecer allí EEUU y China. La perspectiva de un coliderazgo con Bruselas podría seducir la implicación de Brasilia, que así reduciría su exposición a ir de la mano de China y Rusia en los BRICS.
En la relación de la UE con cada región del mundo destacan diferentes países europeos, aquellos que se ven más concernidos por intereses económicos específicos o singulares lazos históricos y culturales. En cuanto al Indo-Pacífico, Francia intenta supeditar la posición de la UE a sus propias determinaciones (en lo que estrictamente tiene que ver con China, sobresale la industria alemana); en el Ártico, la voz de Dinamarca, Suecia y Finlandia es lógicamente la más activa... La apuesta por Suramérica importa a muchos, pero notoriamente a España (y Portugal), que debería aspirar a jugar a fondo ese renovado atlantismo.
* Emili J. Blasco es director de GASS; este texto fue elaborado como base para una intervención en el III Curso de Formación Internacional ‘La autonomía estratégica de la Unión Europea’, organizado por Equipo Europa entre 21 y el 23 de mayo de 2026.