“Después de esta oscuridad la luz brillará con más fuerza”

Miguel Romero tiene 36 años y es natural de México. Actualmente está terminando los exámenes de su último año de la Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, tras haber vivido el confinamiento en Pamplona junto a sus 15 compañeros de residencia

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Este sacerdote mexicano llegó a Pamplona en agosto de 2017, recién ordenado. FOTO: Chus Cantalapiedra
05/06/20 16:24 Chus Cantalapiedra

Miguel Romero nació en Puebla de los Ángeles, México, hace 36 años. Actualmente se encuentra cursando los últimos exámenes de la Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra. Asegura que la noticia de que debía enfrentarse a un confinamiento por la pandemia por COVID-19 le dejó desconcertado y le costó afrontar que los planes no eran como él los tenía previstos. 

Ha pasado la cuarentena en la residencia donde vive en Pamplona, junto a otros quince estudiantes. Después de estos meses asume que “a veces olvidamos que lo más importante es aquello que nos identifica esencialmente” y asegura que toda esta situación le ha servido para acercarse más al ser humano, “en forma de solidaridad, de compañía, de sonrisas”. Está convencido de que, como ocurre en un bosque que se ha incendiado, la vida se renovará y “después de esta oscuridad, la luz brillará con más fuerza”.

Miguel llegó a Pamplona en agosto de 2017, recién ordenado y sin conocer a nadie. En este tiempo, además de formarse, ha estado ayudando en labores pastorales en las parroquias de San Nicolás y San Ignacio, lo que le ha permitido acercarse a las tradiciones navarras y conocer a su gente y sus costumbres.

Para este sacerdote mexicano dos de las cosas que más le gustan de su vocación es celebrar la Santa Misa y el sacramento de la reconciliación. Sin embargo, Miguel no ha seguido siempre el camino que Dios le marcaba, pues entre los 10 y los 15 años dejó de rezar y de acudir a la Iglesia. Aunque está convencido de que su vocación le viene desde que tenía seis años y gracias a que su madre siempre protegió la formación católica llevándole a un colegio de la orden del Verbo Encarnado.

La aparición de un tumor en el cerebro, cuando tenía 16 años hizo que empezase a buscar a Dios e ingresase en el coro de su parroquia. “Aunque reconozco que al principio lo hacía más por encontrar novia que por encontrar a Dios”, asegura bromeando. Y recuerda que “debemos darnos cuenta de que la vocación no es algo nuestro y que sin la ayuda de Dios no somos nada”.

Si Dios quiere volverá pronto a México y, aunque se muestra abierto a cualquier tarea que le encomiende el obispo de su diócesis, le gustaría dedicarse a la formación de sacerdotes en el seminario: “No porque me sienta totalmente capaz, sino porque enseñando uno nunca para de formarse”.

Todos los días durante la celebración de la Eucaristía pide por los benefactores que, con su ayuda económica y sus oraciones, le han permitido estudiar a tantos kilómetros de distancia de su casa: “Si estas cosas no las hicieran por amor a Dios y al sacerdocio, no quedaría nada. Veo lo que Dios ha hecho en la Universidad de Navarra y entiendo las palabras de San Josemaría cuando hablaba de la ‘Obra de Dios’”.

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