11 de noviembre de 2010

Curso

LAS CLAUSURAS FEMENINAS DE NAVARRA EN EL ÁMBITO HISPANO.
Patrimonio, Arte y Arquitectura

Mujeres en Clausura: Macroconventos Peruanos en el Barroco

D. Ramón Serrera Contreras.
Universidad de Sevilla

 

Cuando el estudioso se acerca al siglo XVII indiano tiene la impresión, en un primer contacto, de hallarse ante una sociedad conventualizada en la que la Iglesia y los eclesiásticos ocupan amplísi¬mos sectores de la vida colonial. Salvo en esferas muy concretas, la Iglesia, en efecto, se hace cada vez más presente en todas las manifestaciones religiosas, económicas, culturales, sociales, artísticas y asistenciales, y, de forma aparentemente menos tangible, también en la administración y en la defensa custodiando las fronteras territoriales del Imperio. 

En siglo XVII, en efecto, hay infinidad de noticias sobre fundaciones realizadas por patronos y benefactores, damas y caballeros piadosos, que deciden legar parte de su fortuna, en vida o después de su muerte, para abrir nuevos cenobios en los que habían de profesar sus hijos e hijas, al igual que hacían los nobles en España o el mismo Monarca y los miembros de la Familia Real en Madrid (casos de los conventos de las Descalzas Reales, La Encarnación, Santa Isabel o Las Salesas Reales). Destacaron en cifras absolutas en el Nuevo Mundo las grandes fundaciones de las dos cortes virreinales, Lima y México; pero el fenómeno se generalizó igualmente a lo largo y ancho de todas las Indias, con casos significativos como Puebla, Quito, La Plata, Potosí, Santa Fe de Bogotá, Tunja, Santiago de Chile, Querétaro, Guatemala, Arequipa, etc., e incluso en ciudades de segundo o tercer orden que contaban con tres o cuatro monasterios masculinos y femeninos. El código de valores de aquella jerarquizada, cerrada y elitista sociedad barroca colonial orientaba hacia el convento a un amplio sector de la juventud, sobre todos muchachas, que por razones económicas familiares no podían llegar al matrimonio con dote y futuro esposo acordes con su rango. 

Este incontrolado incremento tanto del número de hombres y mujeres que profesaron en las distintas órdenes religiosas, como el aumento mismo del número de conventos y monasterios, tuvo también una plasmación urbanística dentro de la ciudad peruana del Barroco. Y ello, no sólo por el elevado número de recintos conventuales que se distribuían dentro de la traza urbana de sus principales ciudades, sino también por el espectacular e impresionante desarrollo arquitectónico, de proporciones casi urbanas o preurbanas (macroconventos o microciudades), que alcanzaron algunas de estas fundaciones, sobre todo femeninas, que llegaron a albergar dentro de sus clausuras un muy nutrido contingente de residentes que llevaban vida monacal comunitaria o dispersa, según los casos, de acuerdo con sus propias reglas y normas de vida internas.

El ejemplo más significativo de lo dicho es el convento de Santa Catalina de Arequipa, de monjas dominicas, una auténtica mole de piedra sillar que ocupa una extensión aproximada de 20.426 metros cuadrados entre las actuales calles de Santa Catalina, Ugarte, Bolívar y Zela. Aparte de la iglesia, de una nave y dos puertas laterales a la calle según el clásico prototipo de conventos de monjas ya descrito, en el interior se distribuyen tres claustros, huertas, jardines, plazas, lavaderos, almacenes y, en lo que fue su primitiva "ciudadela", muchas calles, callejuelas y callejones con paredes pintadas con color sangre de toro que se asemejan a los angostos recodos y adarves de las juderías peninsulares. Su morfología urbana nos hace recordar rincones del Albaicín granadino, del Barrio de Santa Cruz sevillano o de la Judería cordobesa. A estas calles, cuyos nombres nos resultan igualmente evocadores (Sevilla, Granada, Córdoba, Málaga, Toledo, etc.) se abren casas y casitas de distintos tamaños, algunas como chalecitos con estructura de duplex, desde las que tienen cuatro o cinco piezas, con su patio posterior y azotea, hasta las que disponen de dos pequeñas habitaciones.