26 de febrero de 2014

Ciclo de conferencias

LA PAMPLONA CONVENTUAL

Las Artes al servicio de las devociones conventuales pamplonesas

D. Ricardo Fernández Gracia.
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

 

La realidad de los conventos en el panorama social de nuestros pueblos y ciudades fue un fenómeno apenas estudiado, porque además de los complejos arquitectónicos y su rico patrimonio material, hay que destacar su papel como elementos que modulaban la espiritualidad de su entorno. Es en este último aspecto en donde hay que insistir si se quiere reconstruir en su integridad. Mentalidades, devociones, espiritualidad se deben ver en una visión global en torno a imágenes, lienzos, esculturas, grabados que hoy transmiten ya apenas un valor desde el punto de vista del patrimonio material. Es preciso unir también lo que conllevaron respecto al inmaterial por haber sido punto de mira y protagonistas verdaderos de auténticos fenómenos sociales y religiosos.

Piénsese en lo que supusieron en el siglo XVII temas como la Inmaculada o la infancia de Cristo, y la cantidad de cofradías, votos, sermones, poesía y prosa, certámenes, imágenes y pinturas a que dieron lugar ambos y particularmente alentados desde el mundo conventual. Algo similar ocurrió en el siglo XVIII con la extensión de la devoción al Corazón de Jesús, con un gran protagonismo de los jesuitas residentes en el Colegio de la Anunciada de Pamplona que recogieron de primera mano el ejemplo del famoso Padre Bernardo Hoyos, a saber los Padres Cardaveraz, Loyola, Calatayud e Idiáquez.

Sobre el culto al Divino Infante, interesa resaltar un hecho histórico y a la vez sociológico: la universalización y entrada de los Niños Jesús en la cultura y la piedad popular. Sus imágenes en diferentes ámbitos, con diferentes técnicas trascienden lo estrictamente religioso para encuadrarse en una dimensión más amplia: la cultural.

En Pamplona, lo relativo a las devociones particulares de cada orden tanto en lo mariológico como en lo referente a los santos particulares de cada una de ellas, está en sintonía con lo que ocurría en otras ciudades hispanas, siempre en relación con el barroquismo con que se celebraron hasta tiempos recientes las fiestas anuales ordinarias y las extraordinarias en relación con beatificaciones y canonizaciones. Obviamente hubo una inflexión y unos cambios enormes a raíz de la Desamortización decimonónica. A consecuencia de ella muchas de las antiguas devociones quedaron si no arrinconadas en vías de desaparición, una vez pasadas una par de generaciones. Otras, más potentes, subsistieron en otros lugares a donde se trasladaron titulares y retablos de los conventos arrumbados y desaparecidos. En cualquier caso, tanto las viejas como las más modernas devociones han experimentado en las últimas décadas un abandono sin precedentes. La recogida de datos de todo tipo, documentales, orales, impresos y fotográficos es fundamental para recuperar esa parte de la historia relacionada con la religiosidad popular que está en aras de desaparición.

Junto a las devociones propias de la órdenes, en Pamplona se desarrollaron otras particulares, una mariana en torno a la Virgen de las Maravillas de las agustinas recoletas y otra con mayor proyección nacional sobre San Joaquín. Ambas tuvieron como protagonista principal e iniciador de su culto a un hermano lego carmelita, el hermano Juan de Jesús San Joaquín (1590-1669), cuya vida se popularizó al poco de fallecer por haberse llevado a la imprenta en 1684, y desde entonces hasta hace un siglo reeditada una vez tras otra. 


Procesión de la Virgen de las Maravillas a su paso por la pamplonesa plaza del Castillo. 1946
(Convento de agustinas recoletas)

San Joaquín con la Virgen niña. Escuela castellana. Segundo tercio del siglo XVII
Convento de carmelitas descalzos de Pamplona


Historias repletas de maravillosismo en ambos casos dieron lugar a tradiciones pamplonesas en torno a las dos imágenes veneradas en recoletas y los carmelitas descalzos. La Virgen de las Maravillas con su leyenda divulgada fundamentalmente a través de numerosos grabados, cuyas planchas se abrieron desde el siglo XVII, y las novenas, se hizo muy popular e incluso se llegó a venerar en Puebla de los Ángeles. Hasta hace unas décadas las embarazadas de la ciudad acudían al torno conventual a solicitar las medidas de la Virgen en seda como verdadero talismán protector en su estado de buena esperanza. Algo similar ocurrió con San Joaquín, cuya devoción se extendió desde Pamplona a tierras peninsulares, particularmente valencianas, a raíz de tantos sucesos extraordinarios que se narran en la vida del famoso hermano Juan de Jesús San Joaquín y sobre todo como consecuencia del nacimiento del hijo de los virreyes de Navarra, el conde de Oropesa, don Manuel Joaquín Octavio de Toledo, en 1644, uno de los primeros que llevaron el nombre del santo, y cuyo natalicio perpetuó Antonio de Solís en una comedia titulada Eurídice y Orfeo.

Si las esculturas de San Joaquín y la Virgen de las Maravillas son de lo más destacado en plástica importada de Castilla o la Corte, no andan a la zaga otras que representan a la Inmaculada, Santa Teresa o la Virgen del Carmen. Entre las primeras destacan la realizada por Pereira.