8 de noviembre de 2007

Ciclo de conferencias

NUEVAS MIRADAS SOBRE LA CATEDRAL DE PAMPLONA

Las artes al servicio de la liturgia, el poder y la fiesta 
en el Antiguo Régimen en la catedral de Pamplona

D. Ricardo Fernández Gracia.
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

Los tiempos y los gustos han transformado los grandes conjuntos monumentales, tanto en su exterior como en su exterior, por motivos meramente estéticos, pero también por razones de uso y función. 

En el caso de la catedral de Pamplona, sus pétreos muros comenzaron a “vestirse” de retablos e imágenes, de modo muy especial desde fines del siglo XVI y a lo largo de las dos centurias siguientes. El fenómeno cobró fuerzas en pleno Barroco, una estética que integra a las especialidades artísticas fundiéndolas en un todo, a la vez que trata de captar al individuo a través de los sentidos, siempre más vulnerable que el intelecto. 

Las artes integradas se constituyeron en un vehículo de transmisión de doctrina y poder en un ámbito que trascendía al propio templo, porque además de catedral o lugar en donde radica la cátedra del obispo, la seo pamplonesa estaba gobernada por un cabildo de vida regular, poco acomodaticio para con unos obispos con autoridad reforzada, en plena Reforma católica. Además, el regimiento de la ciudad y los órganos políticos del Reino celebraban en su interior las grandes ceremonias y fiestas, expresión sublime de cuánto conforma la cultura del Barroco. Juramentos de príncipes, proclamaciones, exequias y rogativas, solicitadas por Austrias y Borbones, tenían como escenario el primer templo diocesano.

Entre las grandes fiestas religiosas debemos de mencionar la ratificación del patronato de San Francisco Javier por parte de las Cortes en 1624 y el voto inmaculista de las instituciones del reino en 1621, amén de un sinnúmero de rogativas con las imágenes de San Fermín o la Virgen del Sagrario que solicitaba el ayuntamiento y organizaba el cabildo, no sin fricciones, desencuentros y los frecuentes pleitos por preferencias y precedencias, tan usuales en la sociedad del Antiguo Régimen.

A todo ello hay que agregar la aplicación de una nueva liturgia, emanada de las disposiciones tridentinas que hicieron que se abandonasen los antiguos breviarios particulares en beneficio el Ritual romano de San Pío V, algo que sucedió hacia 1585, y que las antiguas reglas de coro, codificadas en la primera mitad del siglo XV, en base a unas prácticas habituales en la seo desde al menos el siglo XIV, se sustituyesen por otras nuevas, redactadas en 1598, siguiendo las de la catedral primada de Toledo. El último responsable de esta última mutación fue nada menos que el obispo don Antonio Zapata que rigió los destinos del obispado entre 1596 y 1600, dejando huella imperecedera en la catedral por la construcción de la sacristía, el retablo mayor y las andas de plata para el Corpus, obras de impronta herreriana, en sintonía con los gustos de la corte. El hecho de que Zapata fuese canónigo de Toledo resultó fundamental, tanto en la elección de algunos temas del retablo mayor pamplonés relacionados con San Ildefonso, como en la instauración del nuevo reglamento de coro.

La mayor parte de las obras emprendidas en aquellos siglos están ligadas a los nombres de algunos canónigos, en especial de algunos priores y de los arcedianos de la Tabla y de la Cámara, las dos dignidades más pingües y por tanto con mayores posibilidades para destinar algunas cantidades excedentes de sus rentas al consumo de bienes artísticos. 

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