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Tímpano

Las portadas románicas reservan el tímpano para el tema principal, en este caso la gloria de la segunda venida de Jesucristo, una versión de la visión descrita en el Apocalipsis. Ocupa el centro Cristo en majestad. Todo en él manifiesta su ser y su poder: el nimbo crucífero que lo identifica, el rostro sereno con el cabello en larga melena partida, el trono cuyos brazos rematan en cabecitas de león y cuyas patas terminan en garras, el ademán solemne, la calidad del atuendo, etc. El paso de los siglos ha roto varios dedos de su mano derecha, lo que impide reconocer detalles de la bendición. Con la izquierda sujeta el crismón recruzado apoyado en su rodilla. Lo enmarca una mandorla lobulada con inscripción de la que nos ocuparemos en detalle y lo flanquean las cuatro figuras del tetramorfos, símbolos de los evangelistas como queda evidenciado por los libros que cada una sujeta. Como sucede a menudo en el románico, los cuerpos de los animales alados (león, toro, águila) se apartan del trono, mientras sus cabezas efectúan un giro violento hacia Jesucristo, reminiscencia quizá del movimiento continuo de la visión de Ezequiel retomada por Juan. El ángel de san Mateo, en cambio, dirige su vuelo armónico hacia el Señor, a la manera de otros ángeles de la portada anunciadores de los designios divinos. En los extremos aparecen dos figuras erguidas: a la derecha de Cristo una mujer que muestra las palmas a la altura de los hombros, muy posiblemente la Virgen María; a la izquierda un joven de barba corta que lleva un libro, probablemente san Juan Evangelista. Su presencia hace pensar en su función intercesora en el Juicio Final, acontecimiento crucial al que precede la segunda venida aquí representada.

El conjunto del tímpano irradia majestad. La serenidad gestual y expresiva de las figuras humanas, el equilibrio compositivo, el volumen de los cuerpos que adquieren protagonismo totalmente diferenciado del plano de fondo, los pliegues abundantes que transmiten corporeidad y riqueza, en fin, todos y cada uno de sus elementos acusan la intervención de un artista hábil y experimentado que reviste de nueva forma un esquema numerosas veces empleado en los tímpanos del siglo XII. Pero no es en el tímpano donde se encuentran las más logradas creaciones de la portada. Cierta pesadez en los volúmenes, por ejemplo en las mangas excesivas, cierta exageración en la torsión de los cuellos del toro y el águila, así como cierta desproporción anatómica, por ejemplo, en la cabeza y cuartos traseros del león o en el águila, nos hacen ver que la mayor delicadeza escultórica fue reservada para otras escenas, especialmente los dos grandes relieves laterales.

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Tímpano

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