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Introducción

La portada de San Miguel de Estella constituye uno de los conjuntos escultóricos más importantes del siglo XII en la Península Ibérica. Perteneciente al románico tardío, destaca por la complejidad de su discurso figurativo, la calidad formal de los relieves y la sabia composición que conduce la mirada del espectador hacia las escenas de mayor significación.

La prosperidad de Estella, población vinculada desde sus orígenes con el Camino de Santiago, provocó la fundación de varias parroquias en la duodécima centuria, entre las que sobresale San Miguel con sus tres naves, su amplio transepto, su monumental cabecera de ábsides escalonados y, especialmente, su portada principal que, debido a la peculiar orografía del barrio, se abre hacia el Norte, hacia la plaza donde se celebraba el antiguo mercado. Allí era contemplada por los parroquianos y por quienes acudían al mercado, entre los que seguramente se contarían peregrinos jacobeos, aunque no sería este público el más habitual.

Las semejanzas estilísticas entre la portada y ciertos capiteles de las ventanas del ábside central llevan a pensar que la realización de una entrada excepcional fue prevista desde los inicios del templo. La ambición arquitectónica coincide con el despliegue escultórico, cargado de contenido teológico acorde con las preocupaciones de la época. No se ha podido averiguar quién estuvo detrás del empeño ni en lo económico ni en lo doctrinal. Ignoramos igualmente casi todo acerca de los escultores, pertenecientes, los mejores, a una corriente renovadora capaz de fusionar bizantinismos con soluciones procedentes del Norte de Francia.

La concesión de fueros a algunos habitantes en 1187 atestigua la vitalidad del barrio, pero no proporciona pistas concretas para determinar cuándo fue realizada la portada. Es el análisis comparativo con producciones escultóricas coetáneas, tanto navarras como de otros reinos hispanos y francesas, el que sustenta una datación en el último tercio del siglo XII, quizá hacia 1170-1190, décadas en las que coincide la moderada pujanza del reino navarro con la recepción en la Península Ibérica de las formas artísticas orientalizantes y ultrapirenaicas ya mencionadas.

 

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