La biblioteca de José María Azcona (1882-1951), una colección patrimonial navarra

ROBERTO SAN MARTÍN CASI
BIBLIOTECA DE NAVARRA

rsanmarc@navarra.es

  • Presentación

    Desde mayo de 2015, la biblioteca del erudito y bibliófilo tafallés José María Azcona, una de las principales colecciones privadas de Navarra de la primera mitad del siglo XX, está depositada temporalmente mediante un convenio en la Biblioteca de Navarra. Se trata de una colección bibliográfica de 8.419 obras en 11.429 volúmenes que contempla importantes conjuntos temáticos, entre los que destaca el fondo especializado en la historia política de España en el siglo XIX, los libros de heráldica y genealogía, así como un notable fondo antiguo y contemporáneo relacionado con el antiguo reino de Navarra, Vasconia y Bearne, sin olvidar su interés por la bibliografía navarra. Con independencia de la presencia de algunas piezas bibliográficas muy raras o de encuadernaciones artísticas, su verdadero valor cultural y por tanto patrimonial viene dado por el conjunto. No solo porque reúne fondos bibliográficos temáticamente unitarios sino también porque son el reflejo de la vida y trayectoria intelectual de un personaje navarro que tuvo cierta relevancia en nuestra comunidad. Por ello, en 2005 el Gobierno de Navarra la declaró Bien de Interés Cultural con el objeto de protegerla y ponerla en uso como fuente de consulta para estudios históricos de diversa índole.

     

    José María Azcona y Díaz de Rada

    Glosar esta biblioteca es hablar de su creador y viceversa, sería impensable siquiera un apunte biográfico de José María Azcona sin explayarse en la formación de su biblioteca, quizá la principal actividad que desarrolló a lo largo de su vida.

    José María Azcona (1882-1951) fue un personaje polifacético: político, empresario, bibliógrafo y bibliófilo, viajero, erudito y publicista, versado en el liberalismo y carlismo del siglo XIX, consumado heraldista y genealogista, miembro de importantes entidades culturales.

    Nace el 17 de noviembre de 1882 en Tafalla, en el seno de una familia de la alta burguesía navarra, cuya posición económica y social era bastante elevada. Su nombre hace honor al bisabuelo por parte materna, José María Recart de Landívar, dueño de la casa señorial de Tafalla, representante en las Cortes de Navarra de 1817-18, 1828-29 y diputado del Reino (1834). Recibió una cuidada educación. Entre 1899 y 1905 estudia en Deusto las carreras de Derecho y Filosofía y Letras; en 1902 obtiene la licenciatura en Letras por la Universidad de Salamanca y en 1905 ya es abogado. Años más tarde obtuvo el doctorado en Historia por la Universidad Central de Madrid. Desde joven mantuvo y acrecentó un formidable bagaje humanístico, compaginando una intensa vida social con la incorporación a la vida política navarra y su temprana afición bibliográfica. Cercano al liberalismo conservador, entre 1914 y 1916 fue diputado en las Cortes por el distrito de Tafalla.

    Coincide su salida de la política activa con los inicios de su pasión bibliófila. Aunque nunca abandonó su interés por la política, ésta pasó a un segundo plano para volcarse en sus aficiones históricas y bibliográficas. La biblioteca es un buen reflejo de su personalidad y actividad intelectual, propia de un patricio burgués, cultivado y ocioso. Fue el eje por el que circularon sus inquietudes intelectuales e ideológicas, donde hizo acopio de erudición y conocimientos que aprovechó para sus investigaciones. A través de ella pasan muchas de sus relaciones personales, sea con libreros, amigos bibliófilos, intelectuales, políticos, personajes de la cultura vasco-navarra, paisanos, etc.

     

    Formación de la Biblioteca

    Antes de dedicarse de forma intensa a la bibliofilia, Azcona contaba ya con una importante biblioteca familiar procedente de los Díaz de Rada y Recart de Landívar. A partir de 1916 su principal quehacer giró en torno a engrosar la colección. Tiempo y dinero, dos condiciones propias de la alta bibliofilia que Azcona cumplía con creces, así como otra característica común, el continuo afán por localizar o conseguir éste o aquel libro o folleto que se le resistía. En los años 20 se dedicó con tesón a buscar, localizar, adquirir, intercambiar y encuadernar sus adquisiciones. Mantuvo una fluida correspondencia y relación comercial con los mejores libreros españoles de anticuaria de la época –la familia Vindel, García Rico, Ontañón, Palau, Babra- así como extranjeros –Picard, Klincksieck, Privat, Maggs Bros., Solomons R. Berkelow, Rosenthal. Sin olvidar las más cercanas y modestas librerías de San Sebastián y Pamplona y en especial las de Bayona, Pau, Biarritz, San Juan de Luz, Toulouse y Burdeos, lugares en los que Azcona era asiduo visitante.

    Realizaba con frecuencia “excursiones bibliográficas” por Navarra y otros lares en busca de papeles y libros antiguos de particulares que le eran fácil de conseguir gracias a su influencia socio-económica y redes clientelares. Fue delimitando los temas de interés y para ello editó varias Desideratas con referencias a títulos y ediciones a conseguir.

     

    La colección

    Como se ha mencionado destaca el considerable número de obras referidas a las luchas políticas y civiles del siglo XIX, con mención especial a los folletos, el material efímero, las publicaciones periódicas, algunos manuscritos y las ediciones extranjeras. También su colección de ejecutorias de hidalguía de apellidos de origen navarro y el notable fondo relacionado con el viejo Reino, incidiendo en la historiografía de origen francés. Aunque el fondo antiguo es considerable, en un porcentaje muy elevado es una biblioteca contemporánea al personaje, propia de un hombre cultivado de su tiempo. Imperan las ediciones modernas con espléndidas encuadernaciones, los autores clásicos y coetáneos, donde predominan los temas señalados, pero también sobresale la literatura, los libros de arte, de viajes y, aunque resulte sorprendente, un pequeño grupo de títulos relacionados con la brujería y el esoterismo. Otro valor muy significativo de la colección es el fondo hemerográfico del siglo XIX y contemporáneo que contiene.

    Como bibliófilo de élite Azcona otorgaba mucha importancia a las encuadernaciones artísticas y, a diferencia de otros coleccionistas, él también mostró inclinación por el aprendizaje de esta labor artesanal, actividad que practicó con destreza durante las últimas décadas de su vida. Otro rasgo propio de todo bibliófilo que se precie del que Azcona participa es la existencia de un ex–libris o marca de propiedad identificativa.

    Las Desideratas y su afán dieron su fruto y en la década de los años 30 Azcona tiene formada prácticamente su colección. En estos años Azcona ya es un reconocido bibliófilo a nivel nacional, su notable biblioteca le reportaba prestigio social y cultural. Señala Palau en sus Memorias que en las primeras décadas del siglo XX surge un nuevo tipo de cliente al que califica de neo-bibliófilo, cada vez más culto y preparado bibliográficamente y por lo tanto más exigente, al mismo tiempo que resurge el valor simbólico de prestigio social que alcanzan las colecciones privadas entre las élites. Azcona se corresponde con este nuevo cliente que describe el librero. De algún modo como bibliófilo “rivalizaba” con otros personajes de Navarra que disponían de magníficas bibliotecas: Arturo Campión, Joaquín Beunza, Julio Altadill, José María Huarte, Joaquín Argamasilla de la Cerda, el conde de Rodezno, Manuel Gastón, Manuel Irujo o Baroja en Bera.

     

    Azcona erudito y publicista

    Será el propio Azcona quien publicite pronto su biblioteca, sus artículos y publicaciones son alardes de conocimientos bibliográficos relacionados con las lecturas y la pericia en el manejo de repertorios y catálogos. Su condición de bibliófilo y erudito, junto a su privilegiada posición social, le abrieron las puertas de importantes entidades culturales. Delegado (1918) y luego vocal de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra; miembro de primera hora de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikazkuntza; en 1921 ingresa en la Société des Sciences, Lettres et Arts de Pau y, en 1923 es nombrado individuo correspondiente de la Real Academia de la Historia.

    Participó con libros y grabados de su colección en la «Exposición de Arte Retrospectivo» que organizó la Comisión de Monumentos de Navarra dentro de las actividades del II Congreso de Estudios Vascos de la Sociedad de Estudios Vascos (Pamplona, 1920). En 1927 formó parte activa de la comisión organizadora de la «Exposición sobre las Guerras Civiles en el País Vasco y Navarra del siglo XIX» que iba a celebrarse en Pamplona al año siguiente, que finalmente se frustró. Puso a disposición de la organización más de 3.000 referencias bibliográficas sobre la materia. También colaboró en la Exposición de Libros Vascos organizada en 1935 en Vitoria por el grupo alavés «Baraibar» de Eusko Ikaskuntza.

    Aunque trabajador incansable y con dotes literarias apenas publicó un par de libros y unos pocos artículos en revistas y periódicos. Firmó algunos artículos históricos en el Boletín de la Comisión de Monumentos de Navarra, quedando pendiente un extenso trabajo sobre heráldica navarra. En sus artículos periodísticos en El Pueblo Navarro y El Pueblo Vasco de San Sebastián en ocasiones emplea el seudónimo de “Fray Gerundio de Tafalla”. Otros periódicos o semanarios en los que colabora serán La Voz de Navarra, La Voz de la Merindad y la revista Lecároz.

    En 1932 se traslada con toda la familia a Madrid, aunque pasará las temporadas vacacionales en Tafalla, San Sebastián y Pau. En la Villa y Corte reparte su tiempo en la búsqueda de libros y otros materiales – folletos, grabados, publicaciones periódicas - que se le resisten. También se ocupa en aprender el arte de la encuadernación de la mano del joven maestro Antolín Palomino. Frecuenta varias tertulias literarias y políticas como las mantenidas en los cafés “La Elipa” y “El Gato Negro”, así como en las organizadas en la librería de García Rico o en la de Tormos. Sus contertulios formaban una mezcolanza ideológica a los que les unía su pasión por la historia, la literatura y especialmente la bibliografía; destacan personalidades como Azorín, Gregorio Marañón, Baroja, Max Aub, Vicente Castañeda, Rodríguez Marín, Roque Pidal, Francisco Vindel.

    En estos años intensifica su labor investigadora centrada en el estudio de personajes de la primera mitad del siglo XIX. En 1935 publica el que será su primer trabajo monográfico, Clara-Rosa, masón y vizcaíno. La obra pretende ser la biografía de Juan Antonio Olabarrieta, ex-fraile franciscano, y liberal exaltado, masón, publicista y revolucionario en Cádiz durante el Trienio Constitucional, que se dio a conocer con el seudónimo de "José Joaquín de Clara-Rosa" y murió encarcelado en 1822. A través de este personaje Azcona retrata de forma amena el ambiente revolucionario de ese período a la par que es una diatriba contra el mismo. Se lee con el interés de una novela, está lleno de retratos psicológicos, anécdotas ejemplificadoras y refinada ironía. También es un alarde de bibliografía, con continuas citas a libros, folletos y publicaciones periódicas de la época en muchos casos procedentes de su extensa biblioteca.

     

    Otium cum dignitate

    Finalizada la Guerra Civil, Azcona se retiró a su casa señorial de Tafalla de la que salió en contadas ocasiones. Su tiempo lo dedicará a la lectura, la encuadernación, pulir trabajos inacabados y publicar artículos sobre guerrilleros que lucharon contra los franceses, de realistas contra los liberales, de liberales contra los carlistas, o de extranjeros en las filas carlistas. Siempre destacando la individualidad, los hechos puntuales en detrimento del conjunto. Aunque con menor intensidad, también dedica tiempo a adquirir libros o suscribirse a nuevas publicaciones. Como editor literario, anotador y comentarista en 1942 publica las memorias del príncipe Félix Lichnowsky (1814-1848) bajo el título Recuerdos de la guerra carlista (1837-1839).

    Gracias al bagaje de su biblioteca, en esta etapa Azcona está centrado en ultimar su trabajo bibliográfico más elaborado: Zumalacárregui: estudio crítico de las fuentes históricas de su tiempo. Con ser un exhaustivo repertorio bibliográfico y como tal un libro instrumental, no se limita a contener un árido listado de referencias sino que está lleno de pequeñas biografías, observaciones, anécdotas, comentarios de acontecimientos y análisis de algunos documentos históricos. Acompaña al texto una colección de láminas intercaladas, algunas coloreadas, reproducidas de álbumes y libros de época, que le da a la obra un aire romántico muy acorde con el personaje y con los gustos de Azcona. Es un libro póstumo, se publicó poco después de su fallecimiento, el 1 de junio de 1951.

    En la década de los años 40 Azcona intensifica su afición por la encuadernación animado por la compra de una colección de hierros y ruedas de estilo español procedentes del taller de Miguel Ginesta, unos de los más prestigiosos encuadernadores españoles del siglo XIX. Por otro lado, siempre mantuvo cierta vocación de bibliotecario. Desde los inicios en que va formando la colección fue generoso en compartir su biblioteca y prestar libros a amigos o personas conocidas. En sus años de retiro en Tafalla, a su notoria y amena erudición, le precedía la fama de ser hospitalario con todas las personas que le visitaban en busca de información en su biblioteca.

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Exposición virtual 3
  • Bibliografía

    Galbete Martinicorena, Vicente. “Esbozo bio-bibliográfico de José María Azcona”, en W. von Rahden, Andanzas de un veterano de la Guerra de España (1833-1840), Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1965, pp. VII-LI. Se editaron también unas cuantas separatas.

    San Martín Casi, Roberto. “La biblioteca de D. José María Azcona (1882-1951), erudito y bibliófilo navarro”, en Huarte de San Juan. Geografía e historia, nº 23 (2016), pp. 51-155. ˂http://hdl.handle.net/2454/23866˃