La Portada de San Miguel de Estella

Relieve de san Miguel

A la izquierda del espectador se ubican dos grandes lastras rectangulares con relieves de marcada volumetría. En uno está figurado san Miguel alanceando al dragón, acompañado de una figura igualmente alada en la que tradicionalmente se ha reconocido un segundo ángel (Marisa Melero propuso ver a la mujer apocalíptica). Además de la serenidad de los rostros angelicales y la riqueza, quizá excesiva, de los pliegues del atuendo, ha llamado la atención el gran escudo del arcángel, que lleva umbo a manera de una piedra preciosa y refuerzo de ocho barretas que irradian en todas direcciones. No es raro que el rico adorno de este escudo recordara a muchos navarros el emblema de su reino, las famosas cadenas, lo que llevó a que algunos se preguntaran si esta imagen angélica podía ser anterior a la batalla de las Navas de Tolosa (1212), con cuyos trofeos legendariamente se relaciona el origen de las cadenas de Navarra. Sin embargo, como demostró Faustino Menéndez Pidal, el escudo de armas de Navarra fue creado después de 1234, en tiempos de Teobaldo I, es decir, varias décadas después de que se labrara la portada estellesa. Estamos simplemente ante la imagen de un escudo de lujo, de los llamados blocados, con refuerzo metálico, que tantas veces fueron representados en los siglos XII y XIII en distintas partes de Occidente.

El segundo relieve representa el peso de las almas, imagen a menudo empleada en época románica para aludir al juicio individual post mortem. El arcángel san Miguel sujeta con su mano izquierda la balanza, bastante deteriorada. Con la derecha guía a una figurita desnuda, el alma de un bienaventurado, hacia el personaje sedente que se encuentra a su lado, Abraham, reconocible por acoger en su seno cabecitas que corresponden a otras tantas almas de bienaventurados. Esta era la morada de los justos después de la muerte anunciada en la parábola evangélica del rico Epulón y el pobre Lázaro. Al otro lado del arcángel se encuentra la deforme presencia del demonio. En un registro inferior, bajo los pies de estos tres personajes, se ve una cabeza monstruosa entre cuyas mandíbulas asoman cabecitas, mientras dos seres deformes alados se dirigen hacia ella, uno avivando con un fuelle el fuego eterno y otro arrastrando a desventurados hacia su pavoroso destino.

En resumen, los magníficos relieves condensan dos de las actuaciones por las que san Miguel, titular de la parroquia, era venerado: su victoria contra el dragón infernal y su papel de psicopompo, conductor de las almas hacia el cielo.