3 de marzo de 2010

Curso

EL CAMINO DE SANTIAGO Y LAS RAÍCES DE OCCIDENTE

Iglesias y monasterios en el Camino navarro

D. Javier Martínez de Aguirre.
Universidad Complutense de Madrid

 

El paisaje monumental por el que transitaban los peregrinos estuvo sujeto a continuas modificaciones. En el caso navarro, las iglesias y monasterios que pudo contemplar y visitar un viajero de 1450 tenían muy poco que ver con las que habían acogido a quien hubiera caminado hacia Santiago cuatrocientos años antes. La conferencia se dedica a observar estas transformaciones del paisaje monumental secuenciadas por siglos.

Desconocemos qué pudo admirar el primer peregrino del que hay constancia histórica, Gotescalco, obispo de Le Puy, quien visitó los confines del reino de Pamplona en el 950. Sabemos muy poco del prerrománico navarro, salvo la existencia de algún edificio monumental como la catedral de Pamplona, cuyos vestigios anteriores al año mil no han sido claramente diferenciados. En cambio, suponemos que un viajero que acudiera cien años más tarde, hacia el año 1050, no dejaría de acercarse a contemplar la gran obra de Leire, muestra interesantísima en su rudeza del primer románico. El resto de los templos todavía conservarían caracteres prerrománicos, como San Miguel de Villatuerta.
Un peregrino del año 1150 apreciaría un recorrido completamente renovado. Encontraría puentes de gran mérito, como el de Puente la Reina, y localidades nuevas que facilitarían su periplo, como Sangüesa, Puente la Reina o Estella, donde se estaban construyendo edificios de notable calidad, como Santa María de Sangüesa. Los monasterios como Irache no sólo ofrecerían su hospitalidad en los albergues, sino que acogerían a los fieles en las iglesias que remozaban conforme al nuevo estilo arquitectónico. Notaría la familiaridad de esas edificaciones del pleno románico con respecto a las que acababa de visitar en el Sur de Francia y encontraría en la catedral de Pamplona una realización de considerable calidad especialmente por la escultura de su portada (inspirada en Platerías de Santiago) y de su claustro.

Cien años más tarde, el viajero transitaría por un reino plagado de templos del románico tardío y con algunas muestras a señalar del primer gótico, como Roncesvalles, cuya iglesia podría recordarle a las que había conocido en los alrededores de París. Las ciudades bullirían de grandes obras todavía en construcción, como San Pedro de la Rúa o San Miguel de Estella. Y en todos los pueblos y valles habría visto edificios de piedra, algunos con méritos singulares como Torres del Río o Eunate. Además, el viajero se habría detenido ante las grandes portadas que manifestaban la doctrina cristiana sobre la Gloria de Jesucristo y el destino que espera al hombre en el Más Allá, como las de Sangüesa y Estella.

En 1350 las ciudades presentarían edificaciones espléndidas del gótico radiante. En Pamplona estaban culminando el claustro catedralicio y sus dependencias anejas, uno de los más interesantes de la Europa de su tiempo; el orgullo de los burgueses de San Cernin se mostraría en su nueva fábrica parroquial. También en otras localidades como Estella o Sangüesa se sentirían satisfechos de enseñar sus logros: la portada del Santo Sepulcro, la iglesia del Salvador o la torre de Santa María. Pero junto a esas obras refinadas se alzaba un nuevo tipo de construcciones difundidas en el siglo XIII: las iglesias de franciscanos y dominicos, mucho más sencillas, con sus naves únicas cubiertas con techumbre sobre arcos transversales. En los ámbitos rurales, parroquias como la de Villatuerta evidenciarían la vitalidad de la sociedad navarra del entorno de 1300, un feliz recuerdo que difícilmente consolaba a los que acababan de padecer la gran peste de 1348.

Finalmente, el peregrino de 1450 contemplaría la fase final de la reconstrucción de la catedral de Pamplona, ya que gran parte del templo románico se había hundido a finales del siglo XIV. Vería las naves terminadas y los muros de la cabecera en construcción a la espera de que remataran pilares y bóvedas. El gótico flamígero se introducía pausadamente. Navarra despediría al viajero con la nueva iglesia de Viana, una de las más relevantes de nuestro gótico, con sus magníficos triforios.

Por supuesto, nuestros viajeros de uno y otro tiempo entrarían en los templos y rezarían ante imágenes de la Virgen, Jesucristo o los santos que aumentarían su devoción a causa de su belleza, como las románicas de Pamplona e Irache, o las góticas de Roncesvalles, Estella o Los Arcos. Ralentizarían el paso para leer una a una las escenas de los retablos góticos. Y quizá, a la hora de pensar en el destino de su fatigoso deambular, les vendría a la memoria la figura del apóstol Santiago ante la que habían rezado en Puente la Reina.