17 de agosto de 2014

Conferencias

EL MONASTERIO DE TULEBRAS

Arquitectura para el carisma cisterciense. Los trabajos y los días en el monasterio

D. Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

 

El origen del Cister radica en el monje Roberto que, con varios seguidores se retiraron a Citeaux, lugar apartado en Borgoña para poner en práctica los ideales de la regla benedictina a fines del siglo XI. Su fama atrajo a Esteban Harding que se encargó de resumir el ideario de aquellos monjes reformadores, inquietos y ansiosos de participar en una empresa auténticamente espiritual. El impulso verdadero llegó con la figura de Bernardo de Claraval en 1112 junto a tres docenas de nobles borgoñones y la aprobación de la Carta Caritatis en 1119 por Calixto II, hechos a partir de los que se inicia un proceso de rápida expansión, con unos ideales de prohibición de todo lujo en vivienda, vestido, comida, a la vez que recomendaba taxativamente que las únicas tareas del monje eran la alabanza a Dios y el trabajo físico.

En 1133 existían ya 69 fundaciones. Veinte años después, a la muerte de San Bernardo (1153), el número de monasterios sumaba nada menos que 343. Cuando finaliza la Edad Media son 742 los cenobios masculinos y pasan de 700 los de monjas. Las nuevas comunidades mantenían una estrecha relación de dependencia con la casa matriz. En todas ellas unas mismas normas y la vigilancia de los Capítulos Generales hacían que prácticamente no existieran excepciones que rompiesen la uniformidad de la orden. San Bernardo dejó harto desarrollados en sus escritos los ideales de trabajo, pobreza, conocimiento de Cristo y amor a la Virgen en su dicho Mariae nuncquam satis.

Por lo que respecta a la fábrica de los monasterios, si nos retrotraemos al mismo San Bernardo y sus escritos nos da pautas para la sobriedad de los edificios cuando afirma en la Apología a Guillermo: “Tratan de excitar la devoción de los pueblos groseros por los atractivos corporales y no excitarle bastante en los espirituales… A guisa de candelabros, se ven verdaderos árboles de bronce labrados con admirable arte…¡Oh vanidad de vanidades, pero más locura que vanidad!...”. El Capítulo General de 1134 recordaba: "Prohibimos que en nuestras iglesias o en cualquiera de las dependencias del monasterio haya cuadros o esculturas, pues precisamente a estas cosas dirige uno su atención, con lo que a menudo queda perjudicado el provecho de una buena meditación y se descuida la educación de la seriedad religiosa”.


Iglesia del monasterio cisterciense de Tulebras
(Foto: Carlos Becerril)

 

La arquitectura de los monasterios ha sido calificada de diferentes maneras diferentes por otros tantos especialistas. Chueca Goitia lo considera como un movimiento racionalista en pleno siglo XII, “con todas las características que tendrán las revoluciones artísticas análogas más modernas… condenación de todo ornato superfluo, libre expresión de las estructuras y franca desnudez de los materiales de construcción”. Martín González escribe de la arquitectura cisterciense como un arte de transición entre el Románico y el Gótico. Azcárate considera la arquitectura cisterciense como un capítulo más de la arquitectura protogótica pese a sus propias particularidades, con gran protagonismo en la difusión de los arcos de crucería y de las bóvedas de crucería. Por último Yarza niega la existencia de un estilo cisterciense en lo formal, “aunque no en el terreno de la organización de un monasterio la contestación debe ser afirmativa”. Víctor Nieto siguiendo esto último considera que la “crítica de los cistercienses contra el lujo y la ostentación de riquezas en los templos no fue una alabanza de la pobreza, sino de la austeridad y la vida religiosa interior…”.

En lo que hay unanimidad en seguir lo escrito por Braunfels que afirma: “El plano del monasterio cisterciense ideal representa un organismo muy madurado, en el cual se ha previsto todo, donde se ha evitado cualquier detalle superfluo, capaz de ser construido por elementos de iguales características y donde el templo sólo ocupa un lugar de honor gracias a sus mayores dimensiones. La severidad y la claridad dominan la estructura de la planta”. Los monjes que observaban una estricta clausura dentro de los complejos monásticos a lo largo de las horas del día, tenían perfectamente distribuido el tiempo para rezar las horas canónicas en el templo monacal en el que rezaban y cantaban el oficio divino con las siete horas canónicas.

El claustro, lugar para la meditación y la lectura y a la vez ordenador de los espacios y eje de la vida comunitaria era el verdadero centro neurálgico de todo el monasterio y tenía acceso directo a la iglesia y al resto de las dependencias monacales. A lo largo de sus cuatro pandas o crujías, diversas puertas con mayor o menor importancia y dimensiones daban acceso a las dependencias de la vida comunitaria.

La sala capitular, siguiendo la Regla de San Benito estaba destinada a tratar los asuntos de importancia bajo la presidencia del abad y su convocatoria al resto de la comunidad. En esta sala se reunían todos los monjes con el abad, leían la regla, cada monje podía reconocer personalmente incumplimientos de la regla o podía ser acusado de ello por otro monje. (“Ese tal pida perdón y cumpla la penitencia que se le imponga por su culpa... allí obedezcan en todo al Abad del mismo y a su capítulo en la observancia de la santa Regla o de la Orden y en la corrección de las faltas”. Carta de Caridad).

El resto de las dependencias como cillas, refectorio, dormitorios, cocina, letrinas, scriptorium… etc., seguían unas normas precisas, en general, en dependencia con los usos y funciones descritos por San Benito en su Regla, insistiendo en el silencio y la meditación de la palabra de Dios, por encima de la contemplación de imágenes que en la historia de la Iglesia tuvieron un auténtico frenazo después de la eclosión de época románica y la floración del periodo gótico.