29/05/2026
Publicado en
Ecclesia
Gregorio Guitián |
Profesor de la Facultad de Teología
En estos días muchos hablan de la primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, como de la encíclica sobre la IA. Ciertamente, la IA es la vanguardia del fenómeno más amplio de la transformación digital de nuestro mundo actual, pero en realidad este documento es una exposición –quizá la más lúcida y profunda hasta el momento– de los desafíos morales a que se enfrenta la humanidad hoy. En un tiempo en que no abundan voces autorizadas capaces no solo de analizar de modo penetrante el estado moral de nuestras sociedades, sino también de hacer propuestas positivas y constructivas de alcance global, León XIV ha dado un paso al frente. Lo ha hecho no sin antes desvelar su fuente principal, que es un tesoro de sentido común bastante desconocido: la llamada «Doctrina Social de la Iglesia». Primero, el Papa presenta brevemente una síntesis de la historia de ese pensamiento, síntesis que, indirectamente, deja ver la antigüedad de una institución que ha atravesado, vivido y pensado tantos cambios sociales a lo largo de los siglos. Después enuncia los principios que inspiran su análisis, que son las grandes verdades desde las que mira esta época marcada por el avance tecnológico.
Dando por descontado que vendrán análisis enfocados en la transformación digital, aquí quisiera hacer notar tres aspectos subyacentes que me han llamado la atención y que es posible que pasen más desapercibidos, especialmente el tercero.
El primero es una pregunta. El Papa enmarca su escrito en dos escenas de la Biblia que presenta como disyuntivas: la construcción de la torre de Babel o la reconstrucción de las murallas de Jerusalén. Esos dos momentos de la historia de la salvación hacen que Magnifica Humanitas no sea sino una gran pregunta lanzada a los países, a los gobernantes, a los actores internacionales, a las empresas, a las instituciones, a la propia Iglesia, a la universidad, a la escuela, a las familias y, en definitiva, a cada persona: ¿qué humanidad queremos construir en la actual encrucijada? ¿Hacia dónde estamos dirigiendo este mundo acelerado? ¿Qué proyecto tenemos personal y colectivamente? Los dos episodios evocan las dos ciudades agustinianas y representan dos lógicas que pretenden levantar dos civilizaciones: la lógica del dominio y del poder que no necesita a Dios, terminará levantando la torre de Babel, paradigma de una humanidad dividida, dispersa y herida, donde muchos quedan abandonados; y la lógica del bien común cuyo centro es la sagrada dignidad de toda persona, lógica de corresponsabilidad solidaria y esfuerzo compartido, que aspira a construir la que Pablo VI había denominado civilización del amor.
En segundo lugar, León XIV trata temas que afectan a un mundo muy plural pero lo hace sin esconder a Dios. Quiere ser nítido desde el primer momento y articula su reflexión constructiva con un enfoque decididamente teologal, y eso porque el problema de Babel es, precisamente, aspirar a un mundo tecnológico donde el ser humano parece querer sustituir a Dios. Por eso el Pontífice lo dice meridianamente: «edificar una ciudad centrada en el bien común exige, ante todo, edificar sobre la roca de la relación con Dios»; una ciudad «donde Dios y la humanidad habiten juntos». El ser humano no se basta a sí mismo por más sueños prometeicos que se le anuncien. También ancla explícitamente en Dios la tan traída solidaridad, un principio que «nace de la visión de persona concebida por la fe», en la que «todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación».
Esa claridad está relacionada con la idea que más me ha llamado la atención: la insistencia en la verdad, en el amor a la verdad, cuya reiterada presencia merece ser notada. Ciertamente, los conceptos éticos más repetidos en el texto son la dignidad (103), la justicia (82) o el bien común (68). Pero después viene la verdad (62 veces), yendo detrás la paz con 46. El punto clave es señalar que para que en una sociedad haya confianza social, en el discurso público no sólo se necesita la racionalidad de la verdad de los hechos, configurada con la comprobación, etc., sino también que se comparta la búsqueda de la verdad, que es un bien común, y entonces tenemos la base de la convivencia justa. Las consecuencias políticas de esta última idea son muy notables. En referencia a la política, León XIV deja frases lapidarias que deberían provocar al menos una reflexión: señala que «la búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia», mientras que «el desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo». En la encíclica la verdad actúa como contrapunto del poder (tecnológico, político, económico, también religioso), porque el poder carente de verdad «impone sutil o abiertamente lo que quiere que los demás consideren como verdadero». En estos tiempos de polarización y conflicto el Papa destapa las estrategias en las que «uno se persuade de que nada es verdaderamente real y de que los “principios” no son más que un envoltorio vacío», con manifestaciones como la composición de narrativas que buscan construir la identidad colectiva contra un enemigo; la justificación de la violencia hasta el punto de que «la reacción internacional se adapta a la conveniencia de cada gobierno más que a la gravedad objetiva de los hechos», o que «lo que antes se consideraba inaceptable hoy se puede llevar a cabo sin vacilaciones». En definitiva, y hablando de la orientación de la política actual, el Papa afirma que «vivimos en una época de notable ceguera espiritual y cultural». Bastaría con que León XIV refiriera alguno de estos y otros temas relativos a la búsqueda compartida de la verdad en su próxima visita al Congreso de los Diputados para que todos los grupos parlamentarios se sintieran interpelados a sentarse y ponerse a pensar.
El amor a la verdad y la búsqueda de un proyecto y un sentido para la vida también orientan las reflexiones del Papa sobre la educación en una atmósfera de transformación digital. Invito a quienes tengan responsabilidades educativas, ya sea en su casa o en instituciones públicas o privadas, a leer los párrafos dedicados a la educación y la familia, donde encontrarán una orientación inspiradora.
Por último, la primera encíclica de León XIV también contiene pasajes sugerentes y útiles para las personas individuales, particularmente en la sección “todos podemos dar nuestro aporte”. En el conjunto de la encíclica las pocas citas de autores no eclesiásticos están francamente bien traídas, pues más allá del contenido que transmiten, producen en el lector un efecto de familiaridad y cercanía. El caso más palmario viene precisamente en la sección mencionada, cuando citando El señor de los anillos, el Papa transcribe aquellas palabras que Tolkien puso en boca de Gandalf: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza».