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La gripe, las enfermeras y la paradoja de los muebles

25/02/2026

Publicado en

Diario de Navarra

Hildegart González-Luis |

Profesora titular de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Navarra

Esther Arimon Pagès |

Enfermera clínica en el Hospital Clínic de Barcelona

Enero, febrero … y España sale de la ola de gripe invernal de cada año. Nadie se pregunta ya cómo el sistema sanitario ha salvado el fallo estructural, porque todos lo damos por sentado: sanidad colapsa por falta de camas y la crisis se agudiza en el pico de transmisión, pero la férrea ‘vocación’ de nuestros profesionales nos garantiza la atención para todos. Sin embargo, esta creencia no es más que una mentira reconfortante que oculta a quien, realmente y en silencio, está pagando el abismo estructural.

La verdad, tras los titulares recurrentes, no es que falten camas; sino que faltan enfermeras. España cuenta con 6,1 enfermeras por cada 1.000 habitantes. Una brecha crónica que nos separa de las 8,5 de la media europea. Un déficit presente no solo durante los picos de gripe previsibles y en tensión máxima del sistema, sino siempre.

Y aquí aparece la paradoja de los muebles: más de 10.200 camas cerradas en verano, justo cuando baja la presión sobre la red asistencial. Entonces, las camas sí existen, pero cada fin de año los titulares repiten la misma historia: pacientes hacinados en urgencias, todos pendientes de cama. Al mismo tiempo, los sindicatos denuncian la falta de enfermeras. ¿De qué nos servirán las estructuras que dicen que faltan si no tenemos enfermeras que las atiendan?

Cuando acudes asustado a urgencias te recibe la enfermera de triaje: la que prioriza la atención inmediata en un engranaje complejo y bajo mínimos. Los refuerzos a veces ni están ni se les espera. Y en contextos de máxima presión como este invierno 10.000 urgencias atendidas solo en diciembre en un hospital de Albacete-, las bajas por virus respiratorios debilitan aún más las plantillas y se “exprime” a las que quedan.

En este escenario la “vocación” se convierte en un cheque en blanco. La pericia de cada enfermera absorbe el riesgo clínico que el sistema se niega a asumir. Y así, con normalidad, se compromete nuestra seguridad todos los días, y la del paciente cuando más la necesites.

Existe una sólida evidencia científica que relaciona el número de enfermeras y la seguridad de los pacientes y su supervivencia: cada paciente adicional por enfermera en un hospital, aumenta su riesgo de mortalidad en un 7%. Y la variación de 6 a 8 pacientes por enfermera la aumenta hasta el 30%. Pero nuestro sistema político ignora sistemáticamente los datos. Ignora no solo los internacionales, también los que él mismo ofrece. Esto le convierte en cómplice del traspaso de riesgos a profesionales y pacientes. Y mientras, aumentan las esperas para una intervención o en urgencias bajo el discurso de la falta de camas. Como si de los muebles dependiera la evaluación de cada signo y el consuelo de cada queja, y no de la mirada experta y constante de una enfermera: la seguridad que defiende la fragilidad del paciente y es pilar del sistema.

Las ratios, los contratos precarios o la falta de reconocimiento de las enfermeras y sus bajos sueldos ya no sorprenden a nadie. Socialmente hemos normalizado la queja y mañana será otro día, pero ¿por qué ocurre esto? No es falta de plazas en las facultades ni falta de formación; de hecho, las enfermeras españolas somos un referente de excelencia.

Según el propio Ministerio de Sanidad, cuatro de cada diez enfermeras españolas en activo (39.4%) se plantean abandonar su profesión los próximos 10 años. ¡Cuatro de cada diez! Muchas otras emigran porque en otros países reciben el reconocimiento y la estabilidad que España les niega, y aquí el déficit ya no se puede cubrir con las que se quedan. Es justo esperar el cuidado que merecemos, pero existe un insalvable desequilibrio entre los recursos y lo que esperamos de ellas. Y este desequilibrio se neutraliza con su sobreesfuerzo, pero no con su recompensa. La realidad cruda y dura es que lo que abandonan es nuestro sistema. Entre 2010 y 2015, solo en Barcelona, 785 enfermeras emigraron. Una década después, la hemorragia se acelera y 1.000 enfermeras han solicitado irse del país en apenas 6 meses. Todas ellas despliegan la competencia que financia nuestro sistema educativo para Alemania, Francia, Italia y principalmente, Inglaterra.

Y aquí está la otra paradoja: mientras hacemos cola en urgencias en invierno y nuestros profesionales se desbordan, España subvenciona un alto nivel competencial y académico para convertirse en exportador de talento e importador de lo que se pueda. El cartel de “no hay camas” no es un problema de muebles, ya que hay más de 10.000 camas cerradas cada verano porque nuestras enfermeras trabajan en Inglaterra.