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Aprender a vivir sin certezas

24/11/2022

Publicado en

El Norte de Castilla, El Diario Montañés

Gerardo Castillo |

Profesor Facultad de Educación y Psicología

Las grandes crisis energéticas, sanitarias y políticas que últimamente se producen en el mundo están creando un desasosiego social sin precedentes y perturbando psicológicamente a las personas más vulnerables. Algunos ejemplos: la pandemia Covid-19 con sus sucesivas variantes y vacunas, la guerra de Ucrania, el temor a una tercera guerra mundial o el riesgo de que algún meteorito impacte sobre la superficie de la tierra. Me temo que no estamos suficientemente preparados para vivir con esa falta de certezas acerca de lo que sucederá en el futuro. A ello se está sumando la incertidumbre existencial, derivada de un nuevo escepticismo que niega la existencia de la verdad o la incapacidad del ser humano para conocerla en caso de que exista.

El filósofo Javier Gomá escribe que lo que define a la sociedad posmoderna en que nos encontramos es “la disolución o, al menos, la pérdida de importancia de los marcos de referencia, pautas o verdades y el nacimiento de un nuevo paradigma en que lo característico es que la duda está en todas partes, la tradición se muestra en retirada y las certezas morales o científicas han pedido su credibilidad”.

Para algunas personas, la ausencia de certezas es insoportable; sin embargo, otras la toman como un reto: prefieren centrarse en la búsqueda de posibles alternativas a angustiarse ante un futuro incierto. Enfrentarse a un mundo desconocido impulsa a sacar lo mejor de nosotros mismos. Ese es justamente uno de los significados etimológicos del término “educar” (de educere: extraer, sacar de adentro hacia fuera). Coincido con Pilar Llácer Centeno, especialista en Ética de las empresas y Transformación Digital, en que aferrarse al pasado, a lo seguro, ya no es sostenible, por lo que debemos aprender a vivir sin certezas. No obstante, afirma que lo común a todos los futuros trabajos serán las competencias digitales.

La certeza es una convicción subjetiva, mientras que la verdad es un conocimiento objetivo. Estar seguro de algo no siempre es estar en la verdad. Daniel Innerarity sostiene que el cultivo de la incertidumbre puede resultar un inesperado factor de democratización: “Allí donde nuestro conocimiento es incompleto, son más necesarias instituciones y procedimientos que favorezcan la reflexión, el debate, la crítica, el consejo independiente, la argumentación razonada y la competición de ideas y visiones”.

El temor a lo desconocido nunca desaparecerá, aunque sí es posible controlarlo y gestionarlo mejor. Pero, ¿sabremos llevar a cabo con acierto esa gestión?; ¿será realista ese objetivo de aprender a vivir sin certezas? Quienes dicen que lo están consiguiendo explican cómo: centrarse en lo que podemos hacer y no en lo que es imposible, empezar por cosas pequeñas, asumiendo riesgos también pequeños; vivir el presente, porque elucubrar sobre lo que puede suceder en el futuro fomenta la ansiedad. Nunca se debe cruzar el puente antes de llegar a él.

No debemos endulzar la realidad, pero tampoco difundir el virus de la desesperanza. Hoy necesitamos más que nunca vivir con esperanza. Friedrich Nietzsche se refería a ella como la virtud de los débiles; un deseo inalcanzable de los desposeídos ante el poder de otros, un sentimiento de conformarse con lo que la sociedad establece sin posibilidad de cambio. Pero la virtud de la esperanza no es eso. Como toda virtud, tiende a alcanzar el bien. Existe una esperanza activa, que aporta una salida a partir de lo que tenemos. Es la que nos impele a pensar y actuar con visión de futuro. Barack Obama escribió un libro con este título: “La audacia de la esperanza”. Esa audacia nos lleva a creer que es posible un mundo mejor.

Hay que educar para aprender a vivir y a navegar en un mundo, en un mar, carente de certezas. Sin esa actitud los españoles no habrían descubierto América. Esto implica enseñar a gestionar las emociones que genera la incertidumbre. Actualmente, contamos con el recurso de la inteligencia emocional. Una de sus competencias es la capacidad de iniciativa. Daniel Goleman afirma que su esencia es la previsión y la anticipación: “Las personas con iniciativa evitan los problemas adelantándose a ellos, y aprovechan las oportunidades antes que sus competidores. En cambio, las personas sin iniciativa llegan siempre tarde, por lo que tienen que actuar en condiciones mucho peores”. También ayuda ejercitarse en algunas actitudes adaptativas, entre ellas, la curiosidad o deseo de saber más, tras reconocer la propia ignorancia siguiendo el ejemplo socrático: “solo sé que no sé nada”. ¿Humildad o realismo? Las dos cosas, porque, como dijo Teresa de Jesús, la humildad es la verdad.