21/05/2026
Publicado en
La Razón
José Manuel Giménez Amaya, Martín Montoya y Eloy Villanueva |
Profesores de la Facultad Eclesiástica de Filosofía
Una sociedad solo puede sostenerse cuando comparte algo más que intereses: cuando hace común a todos también una idea del bien humano
En los últimos años se percibe en distintos ámbitos culturales y académicos un renovado interés por la obra del filósofo escocés Alasdair MacIntyre, uno de los pensadores morales más influyentes del último medio siglo, del que se cumple un año de su fallecimiento el día 21 de mayo. Lo que durante décadas fue considerado un autor exigente, vinculado a la tradición aristotélica y tomista, aparece hoy como una referencia imprescindible para comprender algunas de las tensiones más profundas de la cultura contemporánea: la fragmentación moral, la crisis de las instituciones, la dificultad para sostener una idea compartida del bien común y la creciente desconfianza hacia el lenguaje ético.
Este redescubrimiento ha motivado la reciente publicación del volumen colectivo Alasdair MacIntyre y la modernidad (EUNSA, 2026), en el que los autores buscamos analizar la actualidad de su pensamiento desde perspectivas filosóficas, antropológicas y sociales. El libro se sitúa en un contexto intelectual en el que las preguntas planteadas por MacIntyre, hace más de cuarenta años, han dejado de ser cuestiones académicas para convertirse en problemas culturales de primer orden.
Cuando MacIntyre publicó After Virtue en 1981, su tesis principal resultó provocadora: la cultura moral moderna vive de fragmentos. Seguimos utilizando palabras como justicia, derechos, libertad, dignidad o deber, pero lo hacemos fuera del marco racional que les daba sentido. Como consecuencia, los desacuerdos morales se vuelven interminables, porque cada interlocutor parte de presupuestos incompatibles con los de los demás. No se trata simplemente de que no estemos de acuerdo, sino de que hemos perdido el lenguaje común que hacía posible la deliberación y la discusión.
Uno de los conceptos centrales de su diagnóstico es el emotivismo. Según MacIntyre, gran parte de la cultura contemporánea ha terminado asumiendo que los juicios morales no expresan verdades objetivas, sino preferencias personales. Decir que algo es justo o injusto equivale, en la práctica, a decir que me gusta o no me gusta, que lo apruebo o lo rechazo. Cuando esta mentalidad se impone, el debate público deja de ser una búsqueda compartida de la verdad y se convierte en una confrontación de voluntades. Gana el que más poder tiene.
Muchos fenómenos actuales parecen confirmar esta intuición. La polarización política, la dificultad para llegar a acuerdos duraderos, la tendencia a reducir las discusiones a eslóganes o emociones, e incluso la desconfianza hacia cualquier apelación al bien común muestran hasta qué punto nuestras sociedades poseen una enorme capacidad tecnológica, pero una creciente fragilidad moral.
El interés del volumen Alasdair MacIntyre y la modernidad consiste precisamente en releer este diagnóstico desde el contexto actual, y especialmente desde el ámbito intelectual español, donde en los últimos años ha crecido la atención hacia las cuestiones de vulnerabilidad, dependencia, comunidad y tradición. Varios de los trabajos incluidos en el libro subrayan que la crítica de MacIntyre al individualismo moderno no es simplemente una nostalgia del pasado, sino un intento de comprender mejor la condición humana real, asumirla y cuidarla.
Frente a la idea de un individuo autosuficiente, MacIntyre insiste en que el ser humano es un ser dependiente, corporal y necesitado de otros. Aprendemos a vivir bien dentro de prácticas compartidas, dentro de instituciones concretas y dentro de tradiciones que transmiten bienes y formas de vida. Cuando estas mediaciones se debilitan, la libertad se vuelve abstracta y la vida social se fragmenta.
Esta perspectiva resulta especialmente significativa en un momento histórico en el que la confianza en el progreso técnico convive con una creciente sensación de desorientación en nuestra verdadera identidad. La pregunta decisiva no es solo qué podemos hacer, sino qué debemos hacer y por qué. Y esa pregunta no puede responderse sin recuperar un marco moral más sólido que aquel que ofrece el individualismo contemporáneo.
Por eso el pensamiento de Alasdair MacIntyre vuelve hoy a ser actual. No porque proporcione soluciones fáciles, sino porque ayuda a comprender con mayor profundidad la crisis moral de nuestro tiempo y nos recuerda que una sociedad solo puede sostenerse cuando comparte algo más que intereses: cuando hace común a todos también una idea del bien humano.