19/03/2026
Publicado en
Expansión
Álvaro Lleó |
profesor titular en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales
Ángel Bonet |
fundador y presidente de ImpactCo
El propósito corporativo ocupa hoy un lugar destacado en el discurso empresarial. Casi todas las organizaciones lo incluyen en su narrativa y muchas lo presentan como eje de su identidad. Sin embargo, entre declararlo y gestionarlo existe todavía una brecha considerable. El reto no está en formular una declaración atractiva, sino en traducirla en decisiones, estructuras y procesos que generen una cultura viva y genere valor en la compañía y la sociedad.
La evidencia acumulada en el ámbito organizativo apunta en una dirección clara: el propósito solo crea valor cuando se integra al día a día de las organizaciones. No es un ejercicio de comunicación, sino de diseño institucional. Para que tenga efectos reales debe impregnar la estrategia, orientar prioridades y convertirse en criterio operativo. De lo contrario, queda reducido a una pieza retórica sin consecuencias prácticas.
Integrar el propósito implica que influya en la asignación de recursos, en la política de talento, en la evaluación del desempeño y en la relación con los distintos grupos de interés. Supone también alinear liderazgo y mecanismos de gobierno. Cuando estos elementos funcionan de manera coherente, el propósito deja de ser un mensaje inspirador y pasa a convertirse en un principio que ordena y orienta a la organización.
La credibilidad se juega en ese terreno. Empleados, clientes e inversores no valoran la ambición del enunciado, sino la consistencia entre lo que se afirma, lo que se hace, lo que se transmite y su impacto. La confianza surge cuando las decisiones reflejan los valores declarados. Si aparece una disonancia entre discurso y práctica, el coste reputacional es inmediato y el propósito pierde legitimidad. Esta pérdida de legitimidad no es un intangible menor: incide directamente en el compromiso interno, la percepción externa y la sostenibilidad del negocio.
El liderazgo resulta determinante en este proceso, pero no por su capacidad de inspirar, sino por su responsabilidad en el diseño de marcos de decisión coherentes. Institucionalizar el propósito exige definir mecanismos de gobierno, sistemas de gestión, incentivos y métricas alineadas con los principios que se proclaman. Cuando depende exclusivamente de la convicción de determinados directivos, su continuidad es vulnerable.
En cambio, cuando se integra en las estructuras formales, gana estabilidad y capacidad de adaptación. Otro elemento decisivo es la medición. Medir permite mejorar, ya que se conoce el punto de partida, y se establecen metas asequibles y planes de acción. Medir permite conocer, por un lado, hasta qué punto la plantilla conecta, comparte y se compromete con el propósito y, por otro, evaluar el impacto que una organización está generando con su actividad. La ausencia de métricas convierte cualquier aspiración en una declaración inmune a la verificación y, por tanto, irrelevante desde el punto de vista de gestión.
Rentabilidad Para que sea sostenible, además, el propósito debe contribuir a la rentabilidad. No se trata de oponer impacto y beneficio, sino de integrarlos en un mismo planteamiento, es más, debería ser un elemento clave de generación de valor. Aterrizar el propósito requiere revisar la identidad de la organización, los valores que la definen y la función concreta que aspira a desempeñar en la sociedad. Desde esa reflexión surge una contribución específica a los grupos de interés, coherente con su singularidad y con su modelo de negocio.
El propósito no es un complemento ético añadido a la actividad económica, sino un componente estructural de los modelos empresariales orientados al largo plazo. Permite articular una propuesta de valor que combina resultados financieros con impacto social y ambiental. En un entorno marcado por transformaciones tecnológicas, económicas y sociales profundas, esta integración fortalece la capacidad de respuesta ante la incertidumbre y las nuevas expectativas sociales, así como genera una clara ventaja competitiva.
El propósito adquiere fuerza cuando conecta con la motivación individual de quienes forman parte de la organización. Las empresas operan a través de personas que también buscan sentido en su actividad profesional. Cuando ambos planos convergen, aumenta la implicación y se facilita la movilización hacia objetivos comunes.
La diferencia entre una declaración bien redactada y un propósito transformador reside en su implantación. Solo cuando se incorpora a los sistemas de gobierno, a la estrategia, al liderazgo y a los sistemas de gestión, se convierte en una cultura que tracciona y que es un verdadero activo estratégico. Entonces deja de ser un eslogan y pasa a constituir una base sólida para generar valor sostenible en el tiempo.