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Recuperar el arte del diálogo frente a la polarización

16/03/2026

Publicado en

El Diario Montañés

Jaime Nubiola |

Profesor emérito de Filosofía, Universidad de Navarra

Vivimos en un mundo polarizado, o al menos es eso lo que muchos dicen. «Últimamente no se puede hablar con casi nadie, de casi nada. Todo son posturas radicales. Desaparecen los grises, los matices», me escribía una abogada. No es cosa solo de España, sino que se repite de una forma u otra en muchos países europeos, en los Estados Unidos y en Hispanoamérica.

Me parece que cuando decimos que nuestro mundo está polarizado, queremos decir básicamente tres cosas: primero, que los políticos (y sus partidos) están diametralmente enfrentados, sin capacidad para el diálogo o para ponerse de acuerdo con sus oponentes; segundo, que nuestra sociedad está dolorosamente dividida lo que hace difícil la convivencia pues muchas veces ni siquiera es posible una conversación amable y, en tercer lugar, que nosotros mismos estamos o nos sentimos personalmente bloqueados, encastillados en una posición, porque hemos renunciado a escuchar y a aprender de los demás. Pueden identificarse estos tres niveles como polarización política, polarización social y polarización psicológica.

Muchos se dan cuenta de que un remedio contra la polarización se encuentra en la recuperación del arte del diálogo y, en particular, en recuperar la capacidad de escucharnos unos a otros. «La crisis de la democracia es ante todo una crisis del escuchar», escribía Byung-Chul Han en «Infocracia» (Taurus, 2022, p. 48).

Lo vemos a diario. Da la impresión de que los políticos solo se escuchan para atacarse diciendo exactamente lo contrario o simplemente para insultarse. Parece que en el espacio político no hay nadie dispuesto a decir "me he equivocado" y a modificar —siquiera ligeramente— su propia posición.

Ezra Klein en su libro «Por qué estamos polarizados» (Capitán Swing, 2021) recopila una fascinante investigación de Christopher Bail. Frente a la creencia común que sostiene que escuchar las razones opuestas lleva a cambiar las propias opiniones, Bail y sus colaboradores comprobaron en 2017 con un grupo de 1.220 usuarios habituales de Twitter que la exposición durante un mes a las voces más populares y autorizadas del bando opuesto implicaba realmente un incremento de la polarización. "El hallazgo clave —escribe Klein— es que ninguno de los grupos respondió a la exposición al otro bando moderando sus propios puntos de vista. En ambos casos, escuchar opiniones contrarias llevó a los partidarios no solo a una certeza más profunda de la justicia de su causa, sino a posiciones políticas más polarizadas". No sé qué pasaría si aquí se hiciera el mismo experimento. Imagino que se obtendría un resultado todavía más abrumador: nadie convencería a nadie y todos se ratificarían todavía más en su propia posición.

¿Qué decir de la polarización social? Parece como si la rivalidad deportiva, que constituía comunidades emocionales identitarias hace décadas, se hubiera contagiado a muchos otros ámbitos hasta llegar a contaminar de animadversión y enfrentamiento —e incluso odio y violencia— a la sociedad. Si nos paramos a pensar un poco, enseguida reconoceremos que en muchos campos nos encontramos hoy con unos conflictos binarios radicales: varones/mujeres, jóvenes/viejos, ricos/pobres, fascistas/comunistas, izquierda/derecha, progresistas/conservadores, pueblo/casta, nacionales/inmigrantes, creyentes/ateos, etc., etc. O se está en un lado o en el otro, pero no resulta aceptable ninguna posición intermedia. O blanco o negro, pero no hay espacio alguno ni para el diálogo ni para los grises con sus diferentes tonalidades.

Si queremos construir un mundo mejor necesitamos superar en la práctica esa dramática polarización, derribando las vallas —como se ha dicho tantas veces— para construir puentes, creando espacios amables para hacer cosas juntos, educándonos unos a otros en el mutuo respeto. En particular, vale la pena aprender a escuchar a quienes piensan distinto de nosotros con la convicción de que realmente podemos aprender de ellos.

Se trata de llegar a pensar juntos para construir un mundo mejor. Se trata de superar la polarización psicológica, que es quizá lo más difícil. En nuestro tiempo, la pertenencia a una tribu o a una familia, la adscripción a una ideología —o incluso a un equipo de fútbol— puede llegar a conformar la identidad de la persona, que se identifica con ese colectivo o esa ideología a la que se adscribe y que además se define por su oposición a otro colectivo. De hecho, lo que advertimos por doquier es que cuanto más superficial es una persona, esto es, cuanto más evita tener que pensar por su cuenta y riesgo, más firme e irracional se torna su adhesión a una comunidad que le proporciona una identidad y un sentido de pertenencia reconfortante.

En suma, la polarización no significa simplemente tener desacuerdos —lo que es del todo normal e incluso muy saludable para una sociedad— sino en que los desacuerdos se vuelven antagónicos, cargados emocionalmente, pues se percibe al otro o al grupo oponente como una amenaza o un enemigo. La polarización surge cuando las diferencias dejan de ser un recurso para el diálogo y se transforman en barreras que impiden entender a los demás y construir soluciones compartidas.