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Un relato femenino, personal y espontáneo con expresiones en vascuence. De Ochagavía a Madrid en 1827

Sin fecha

Publicado en

Diario de Navarra

Ricardo Fernández Gracia |

Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

El tiempo se va tragando, inexorablemente, historias personales, acontecimientos singulares y hasta testimonios materiales del patrimonio cultural. La expresión latina omnia vorat lo expresa con la precisión de la lengua clásica. Incluso en aquellas casas habitadas secularmente por la misma familia espiritual, como son los monasterios de clausura femeninos, experiencias vividas con intensidad, por haber sido protagonizadas por monjas singulares, han pasado al mayor de los olvidos. El historiador que, en palabras de Ortega y Gasset, es un profeta al revés, se encarga de devolvernos, aunque sea parcialmente, parte de aquel pasado. 

En esta ocasión nos ocupamos de un texto que narra la singular aventura de una salacenca que, sin haber salido nunca de su Ochagavía natal, emprendió bien disfrazada, en 1827, un viaje con destino a Madrid para solicitar a los reyes la dote necesaria para ingresar en el monasterio de San Benito de Estella. La aventura fue de tal calibre que, una vez fallecida, su hermano la publicó en dos ocasiones. 

El pequeño libro y su editor

Corría el año 1858 y Severo Eseverri, entonces en Madrid como docente del Colegio de los Desamparados, editó la vida de su hermana con fin didáctico. Para su redacción, utilizó junto a su experiencia familiar, varias fuentes escritas: el relato que su hermana Gertrudis hizo a petición de su confesor; las informaciones que le proporcionaron la abadesa de San Benito de Estella y sor Luisa Eseverri, su otra hermana, también benedictina, así como algunas oraciones y prácticas devocionales de Gertrudis. Lo fundamental es el texto que la misma Gertrudis escribió y envió a don Pedro Luis Berrade, beneficiado de Ochagavía y canónigo de Roncesvalles desde 1824. Este clérigo nació en la localidad salacenca, en 1786, obtuvo el grado de bachiller en filosofía en Irache y estudió teología en la Universidad de Zaragoza. Desde septiembre de 1806 era beneficiado de Ochagavía. El conocimiento familiar, a una con la curiosidad innata de alguien que ha frecuentado aulas universitarias, le hicieron solicitar de la joven, después de su entrático en Estella, todo lo relativo a su viaje. 

Severo Eseverri y Archanco, maestro y pedagogo, nació en Ochagavía en 1804 en el seno de una familia numerosa de diez hermanos y falleció en Pamplona en 1888. Estudió su carrera en la capital navarra y ejerció en Vitoria y Madrid, en donde dirigió el Colegio de los Desamparados. Afectado por la mala salud, regresó a Pamplona en donde publicó en 1880, un Nuevo Método de enseñar a leer al niño sin molestar ni fatigarse el profesor

De la vida de su hermana con título de “Biografía de una monja benedictina” realizó la primera edición en Madrid (Imprenta de doña Francisca Pérez, 1858). Posteriormente, se reeditó en Pamplona (Imprenta de Sisto Díaz Espada, 1883). De la primera hay un ejemplar en el Archivo Municipal de Huelva y de la segunda en la UPNA. Esta última contiene un supuesto retrato litografiado de la religiosa, que no deja de ser una conjetura irreal, ya que ni aparece como monja de velo blanco, ni lleva el distintivo de las benedictinas de Estella, que era la cruz de Calatrava, tanto en el escapulario, como en la cogulla.

¿Quién fue Gertrudis Eseverri y Archanco?

Gertrudis fue la quinta de diez hermanos nacidos en Ochagavía del matrimonio de Juan José Eseverri y María Francisca Inés Archanco. Aunque su hermano Severo afirma que Gertrudis nació el 17 de noviembre de 1807, su partida de bautismo difiere en un año, pues se anota el 16 de noviembre de 1806, siendo bautizada al día siguiente.

Su entrada en San Benito de Estella quedó registrada en 1828, con su promesa de obediencia al obispo de Pamplona y a su abadesa. Su necrológica se fecha el 16 de abril de 1843, como religiosa de velo blanco, señalando que a lo largo de su vida religiosa padeció unos tumores que no le permitieron realizar las labores. En el mismo texto se afirma que “llevó sus males y curaciones con la mayor fortaleza, llevó un camino muy particular que le trajo mil disgustos, no llevándolos mejores la comunidad. En fin, el Señor le hizo la gracia de darle conocimiento en la hora de su muerte. Recibió con fervor los Santos Sacramentos, pidió perdón a la Comunidad, la que quedó consolada de su muerte que, según todas sus circunstancias fue feliz a los ojos del Señor”. Algunas de estas palabras parecen insinuar que su enfermedad le afectó mentalmente, o que su carácter le acarreó algunas dificultades en la convivencia. Posiblemente, se aluda también a las penitencias y privaciones desmesuradas que, a escondidas y sin permiso de su superiora, hizo mientras la salud se lo permitió.

Hasta aquí lo que las fuentes escritas nos pueden proporcionar sobre una religiosa, si no media algo tan extraordinario, como las informaciones de la abadesa y de la hermana de sor Gertrudis y, sobre todo, el relato personal de su viaje a Madrid, al que ya nos vamos a referir, que ocupa 21 páginas de la publicación.

Un relato sencillo y espontáneo en primera persona

El texto resulta sincero y familiar. La realidad e intensidad de muchos de sus pasajes supera cualquier novelada ficción. El canónigo de Roncesvalles Pedro Luis Berrade, en la petición que le hizo, le muestra su extrañeza por su “resolución de irte hasta Madrid, siendo tan joven y sin haber salido nunca de la casa nativa, quiero me refieras los sucesos de tu peregrinación. No me ocultes nada, pues sabes que te amo en el Señor, que he sido tu confesor y que soy tu capellán”.

Gertrudis manifiesta que su periplo fue penoso, incluso repugnante, en algunos momentos. Su voluntad de ser monja benedictina chocaba con los intereses de su familia, con muchos hermanos, uno de ellos en estudios en Pamplona. Con ocasión de unas misiones predicadas por fray José Cruz Echeverría, en 1827, aquel deseo creció y, so pretexto de hacer un buen examen de conciencia, pidió permiso para estar en su habitación largos ratos, que aprovechó para “hacerse un traje de pobre, como las catalanas”. En la confesión con el mencionado fraile, ocultó su intención de marchar, por temor a que este último se lo dijese a sus padres. 

Con el atuendo “pobre catalana” y bajo él el traje de gala de salacenca con el Crucifijo de la habitación de sus padres en el pecho, salió entre las ocho y las nueve de la noche del 8 de julio de 1827, temerosa de ser reconocida por sus paisanos, a la hora en que tomaban el fresco. Al llegar al puente de San Martín y abandonar su pueblo, se emocionó, rezó una Salve a la Virgen de Musquilda y con el lema de “a nada de este mundo tengo que temer”, siguió su marcha. Llegó a Ezcaroz, con lluvia prosiguió, se perdió y terminó en Oronz a las doce de la noche, con muchos temblores. Una anciana se compadeció, la llevó a su cocina, hizo lumbre y le dijo que se quitase la ropa para secarla, pero se resistió para no mostrar las galas y aderezos del traje de salacenca. Entonces apareció el dueño de la casa y habló a la anciana en vascuence, para que no le entendiese Gertrudis, con estas palabras “Aurpeguia eta escuac nesca onec sobera garbi ditin, pobere izatecó”, dando a entender que el rostro y las manos de la joven no eran de una pobre. A regañadientes tomó unas sopas de leche, que no le supieron como las de casa. Allí pernoctó en una pequeña cama de pieles. Al día siguiente fue asaltada por dos hombres, llegó a Aspurz y vio a cinco arrieros de Ochagavía, lo que le obligó a vadear el río para no ser reconocida. Convenció a un hombre que iba con sendas caballerías camino de Lumbier para que la llevase. En ese momento relata la conversación, en vascuence, de su conductor con un conocido. En esta localidad anduvo con mucho cuidado, pues tenía a sus hermanos Clemente y Julián aprendiendo el comercio. De allí, pasó a Aibar en medio de una gran tormenta y de falta de posada, que al fin consiguió en los arrabales. Al día siguiente, oyó misa y fue sorprendida por dos de sus hermanos, que trataron de llevarla a casa, con distintos argumentos a los que Gertrudis no cedió, poniéndose de rodillas e implorando que le dejasen marchar a Madrid. 

De Aibar pasó a Sos y de allí a Zaragoza, en donde estuvo dos días con visita al Pilar. Trató de coger un carruaje camino de Madrid, pero estaba lleno. Tras peripecias varias, llegó a Alcalá de Henares en donde, pese a sus reticencias para hospedarse en la casa-parador, lo tuvo que hacer. Allí estuvo unos días, acudió a misa, se admiró de la mucha concurrencia de gentes en las calles y tuvo que hacer frente a los deseos del dueño de aquella posada para que se casase con él. Con la excusa de que tenía que hacer asunto urgente en Madrid, logró que le acompañasen hasta la capital y, una vez allí, despistó a sus acompañantes.

Y es en este punto del relato, cuando todo sube de tono, en su empeño por lograr entregar a los reyes su petición de dote. Posadas, gentes, paisanos, descripción de personas y lugares, anécdotas de todo tipo …, todo va cobrando vida en los párrafos que escribe Gertrudis reviviendo los largos meses pasados en Madrid. 

Sin perder tiempo, preguntó por el palacio real, que admiró por su grandiosidad. Encontró allí una larga fila de hombres y mujeres con sus memoriales. Ella entregó el suyo y, sin guía precisa, callejeó sin rumbo. Una mujer caritativa la recogió y al día siguiente volvió a donde había entregado su solicitud, indicándosele que estaba con otras muchas. En un local topó con un anciano con galones y botonadura de oro, al que le preguntó por alguna casa para trabajar, mientras se solventaba su petición. Aquel hombre cerró la puerta y le llevó, ¿a dónde? Así lo expresa: “Emazte gaisto baten echera”, es decir, ante una mujer malvada, lo que puso en peligro su integridad moral y física a lo largo de los ocho días que permaneció allí, añadiendo: “y por lo mismo omito referirlas a usted, sólo diré que en los primeros días se me alagó y ofreció, y en los últimos se me ultrajó y hasta golpeó…”. De aquel lugar de trata volvió a la casa de la primera mujer que la acogió. Al día siguiente hizo otro memorial y, al ir a entregarlo, le dijeron que el rey había sonreído y había pasado la petición a la reina, añadiendo el funcionario “es probable que consigas lo que pides, porque se me ha mandado separar este memorial de los demás”. Pero todo iba lento y llegó a entender que lo mejor era hablar con el ayudante del cuarto de la reina, al que siguió y entregó otra súplica. Vestida “con el hermoso traje y aderezo a estilo nuestro”, respondió a las preguntas de aquel señor, que la encaminó hacia la camarera mayor de la reina, que le dio acogida desairada y fría.

Al ver el camino cerrado, se decidió a preguntar por conocidos de su casa nativa y de su pueblo, entre ellos por su paisano Pedro María Algarra, del que no le dieron información. Más suerte tuvo para localizar al general realista Francisco Ramón Eguía (1750-1827), del que había oído hablar en casa, pero estaba privado de razón. El personal de servicio le dio cuenta de un navarro, don Manuel Bodet y Modet -interventor militar y comisario de Guerra-, al que buscó y contó su historia tanto a él como a su mujer doña Ignacia Urbiztondo, que la ampararon y le presentaron a un comandante que conoció al padre de Gertrudis. A la casa de los Bodet-Urbiztondo llegó doña Juana de Eguía, hija del general, que recomendó a doña Ignacia no dejar de ampararla. En aquel ambiente, le pusieron en contacto con el funcionario salacenco Pedro María Algarra, que ya sabía de la huida de Gertrudis de Ochagavía, a través de una carta familiar, llevándola a su casa y presentándole al abad de Oña, fray Casto Navajas, que sería su confesor. La experiencia en casa de los Algarra no fue buena, volviendo a acogerse con Ignacia Urbiztondo. Las visitas a palacio no cesaban.

El día 15 de diciembre regresaron los reyes a Madrid, preguntando a la camarista por “la navarrita”, a lo que contestó doña Juana Eguía: “está muy buena, esperando que vuestra majestad la socorra, a fin de entrar religiosa, que es su constante pesadilla”. La reina le dio 3.000 reales y un beso con orden de costear los gastos del viaje. Como quiera que faltaban 5.000 reales, se tuvo que esperar hasta el domingo de Ramos para que desde palacio le hiciesen la entrega.

Las exclamaciones de Gertrudis ocupan varios párrafos, en los que habla de alegría, triunfo y felicidad, que le hicieron olvidar todos los padecimientos. Inmediatamente, escribió a Ochagavía y vinieron a buscarla su padre y su hermano Severo. Llegaron a Ochagavía el 2 de julio y el 15 del mismo mes hizo el entrático en el monasterio estellés.