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Diario de Navarra
Ricardo Fernández Gracia |
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro
San Benito (480-547), patriarca del monacato y autor de la regla monástica más importante de Occidente, fue el fundador de la orden benedictina, tan ligada a la Europa cristiana desde el Medioevo. Conocemos su persona y obra, fundamentalmente, por los Diálogos de san Gregorio Magno, que lo presentan como modelo de ascesis continuada hacia la perfección, al vencer las pasiones y tentaciones. Su lema de ora et labora se integra con la caridad y la humildad. En plena Edad Media, su obra adquirió una enorme importancia, gracias a Cluny y a la centralización de los monasterios, habiendo sido fundamental en la difusión de la reforma gregoriana. Pablo VI afirmó, al declararlo patrono de Europa, en 1964, que sus hijos habían llevado “con la cruz, el libro y el arado, la civilización cristiana”.
Unas pinceladas de su devenir histórico
Aunque la tradición legendaria hacía coincidir la fundación de la ciudad de Estella y el monasterio, lo cierto es que su primera noticia fidedigna, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Huerta, data de 1268. Goñi Gaztambide afirma que fue fundación de San Juan de la Peña. Gozaron las benedictinas de la protección real. Tras un intento de fusión con la comunidad de Lumbier a fines del siglo XVI, a causa de su extrema pobreza y falta de medios para subsistir, el obispo de Pamplona fray Prudencio de Sandoval reconstruyó el monasterio entre 1616 y 1619. En pleno siglo XVIII (1727- 1736) se hicieron numerosísimas obras y se colocaron los escudos de la fachada, obra del escultor Manuel Adán. Estas últimas intervenciones estuvieron bajo la vigilancia de don Martín Hermoso de Mendoza, clérigo beneficiado de la parroquia de Arróniz y muy versado en teoría arquitectónica.
Durante los acontecimientos bélicos del siglo XIX acogieron las benedictinas estellesas a diversas comunidades de religiosas contemplativas, como las Agustinas de San Pedro de Pamplona (1808-1815). Durante la Guerra de la Independencia, el monasterio custodió y preservó la imagen románica de Nuestra Señora de Irache, salvándola de la codicia por la plata y de su desaparición, como ocurrió con la urna de plata de san Veremundo. Durante el trienio liberal, las monjas pidieron al obispo que volviese aquel icono mariano a su monasterio estellés, si bien el prelado contestó que lo debía meditar.
La centuria decimonónica estuvo marcada por el expolio y la recuperación. En 1884 se instauró, tras no pocos sobresaltos, la vida común. En 1971 la comunidad se trasladó junto a la basílica del Puy, ante la falta de habitabilidad del antiguo edificio.
Entre 1952 y 1959 se estableció el noviciado común, siguiendo las indicaciones de los monjes de Montserrat, para los monasterios de Jaca, Calatayud, Corella y Lumbier. Entre 1960 y 1971 la comunidad tuvo un colegio de niñas.
Las monjas
En el monasterio profesaron entre 1625 y 1775, 150 religiosas y, según unas memorias elaboradas por una religiosa, entre 1600 y 1907 habrían ingresado en él 235. Desde comienzos del siglo XVII conocemos sus nombres y origen. Durante el siglo XVIII, el ingreso en la comunidad estaba supeditado a un expediente de limpieza de sangre, al igual que otras instituciones del Antiguo Régimen, pero es caso único en las clausuras femeninas de Navarra. En su escapulario y cogulla lucieron, hasta fines del siglo XIX, la cruz roja flordelisada, similar en todo a la de Calatrava. Así lo dejó estipulado el mencionado fray Prudencio de Sandoval, en 1616, en una de las capítulas de convenio con el monasterio que dice: “Iten que entre otras armas que yo traigo en mis reposteros y ornamentos es una cruz roja, como la de Calatrava, insignia del conde Fernan Gonçalez que mis padres por ser de su sangre la trajeron en sus escudos, que las dichas abadesa, monjas que al presente son y adelante fueren del dicho monasterio hayan de poner y traer en sus pechos sobre el escapulario y cogulla la dicha cruz roja con un perfil de oro para que sea mi memoria perpetuada en el dicho monasterio”.
En la práctica profesaron mujeres de distintos estratos sociales, generalmente navarras de distintas zonas. Entre ellas destacaremos a varias de la familia de escultores de los Imberto. Una de ella, Úrsula Imberto y Azcona, hija del escultor Juan III Imberto y hermana del obispo de Buenos Aires, don Antonio Azcona e Imberto, que envió en 1693 dos riquísimas lámparas de plata al monasterio. Algunas realizaron auténticas proezas personales para realizar su profesión. En la primera mitad del siglo XX, en el contexto de una vida de gran tensión espiritual, arribaron desde lejanas tierras, personalidades de gran fuerza. Desde Argentina y con ansias de santidad llegaron Elena Santiangelo y la catedrática de la Normal bonaerense, que había estudiado en París, Clara del Toro o la sueca María Stina Sobral Klingtröm, convertida en Buenos Aires desde el protestantismo, a través de su profesora en Buenos Aires.
La antigua iglesia y su exorno
La iglesia, al igual que el resto del complejo conventual estellés, fue costeada por el obispo de Pamplona fray Prudencio de Sandoval, entre 1616 y 1619. Este último dejó un testimonio de su munificencia en la capilla catedralicia pamplonesa que lleva su nombre. Las trazas del templo conventual estellés fueron diseñadas por Francisco Fratín, mientras que la ejecución material corrió a cargo del maestro de edificios, Juan Arana. En planta mostraba la consabida nave con crucero y cabecera plana. En la cúpula, la siguiente inscripción dejaba constancia del patronazgo del prelado pamplonés: “HOC TEMPLUM RENOVAVIT ANNO 1616 Dn FR. PRUDENTIUS SANDOVAL EPISCOPUS PAMPILONENSIS IN HONOREM DIVI BENEDICTI”.
El retablo mayor fue realizado en 1649 por el escultor Juan Imberto III y por su ejecución cobró la cantidad de 1.020 ducados. De su policromía se encargó Miguel de Brevilla entre 1680 y 1681, pese al intento de adjudicación que hizo el pintor Francisco de Arteta. A raíz del traslado de las monjas al nuevo convento, el retablo se llevó al monasterio de Leire en 1971. Se trata del primer retablo barroco de los conservados en clausuras femeninas navarras, con un programa iconográfico que glosa la abundancia de modelos de santidad de la orden benedictina. La delicadísima escultura de san Benito que preside el conjunto es de sobresaliente factura y fue realizada en Zaragoza en 1820 por el mejor escultor del momento en Zaragoza, Tomás Llovet que llegó a ser director de escultura de la Real Academia de Nobles Artes de San Luis.
La iglesia contó con un par de retablos colaterales dedicados a la Virgen de Horta o de los Huertos y a San José. El primero de ellos se contrató en 1646 con Juan Zabala y fue dorado a los dos años por Juan Errazquin. El de san José lo hizo Tomás González de Araya en 1682.
No podemos dejar de mencionar la gran colgadura de brocatel, traída desde Granada, con la que se cubrían todas las paredes de la iglesia en las grandes solemnidades. Fue realizada entre 1690-1693 y se enajenó en 1914 para pintar la iglesia. Esta última decoración corrió a cargo del mismo artista que hizo la de la iglesia de las Clarisas de Estella, Juan Ros y su hijo José María. Ambos llegaron desde Bilbao, invirtiendo dieciséis meses, entre 1913 y 1914. Entre los pintores que pusieron allí sus manos, destacaremos a Genaro Urrutia Olarán (Plencia, 1893 – Bilbao, 1965), muralista y paisajista que se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao, antes de hacerse acreedor de unas becas de la Diputación de Vizcaya para completar sus estudios en París y Roma.
Entre los ornamentos destaca el terno bordado por José Gualba en Zaragoza, que sirvió de modelo para otro que realizó el mismo artista para las Clarisas de la misma ciudad. El de las Benedictinas fue posible gracias a la herencia de sor Ana María Zaragüeta, poco antes de su fallecimiento en 1762, a los 90 años de edad. Donantes de distinta procedencia, tanto en Navarra, España como en Indias, pusieron todo su interés en hacer llegar piezas delicadas para el culto divino, si bien no se han conservado. A todo ello hay que añadir lo que cada religiosa ofrecía en su profesión, junto a la dote, en concepto de “joya para la sacristía”, en forma de un ornamento, un vaso sagrado, un rico tejido o un objeto de plata.
La música siempre cuidada con esmero
La música siempre fue un tema especialmente cuidado en todas las épocas, desde la polifonía en el siglo XVIII, cuando se solicitaban composiciones a maestros destacados de Estella o Calahorra, al gregoriano en el siglo XX. A la organista se le denomina en la documentación como “maestra de capilla”. Era un cargo de gran responsabilidad y excluido de aportar dote.
El monasterio contó con sucesivos órganos. Las cuentas del trienio 1740-1743 anotan el gasto de 125 ducados en la recomposición del instrumento; en 1862 se hizo uno nuevo por Pedro Roqués cuyo coste ascendió a 900 duros y los materiales del viejo instrumento y en 1908 se vendió el anterior a la parroquia de Villatuerta por 600 duros y se hizo uno nuevo por Teodore Puget, organero Toulouse.
En su iglesia se celebraron con gran pompa distintas fiestas, como la de santa Cecilia. En 1866 fue organizada por los filarmónicos de la ciudad, sacerdotes y seglares por la tarde del día de su víspera, el 21 de noviembre, con Salve, motete al Santísimo y a la santa y letanía, a toda orquesta. La misa del día 22 se ofició con la misma solemnidad. Después de la elevación, se interpretó un motete al Santísimo y a santa Cecilia y al finalizar se interpretó, en obsequio de la comunidad, una polka-mazurka de unos doce minutos de duración. La organista joven de la casa atacó un vals-polka “sin perder el compás … para corresponder a la galantería de los músicos”.
Cultos y espiritualidad en el monasterio
Entre las devociones destacaron las propias de la orden, con especiales fiestas en los días de san Benito, santa Escolástica y santa Gertrudis, siempre con una liturgia extraordinariamente cuidada. Las imágenes de la Virgen, particularmente la de los Huertos, venerada en uno de los colaterales de la iglesia conventual gozó de gran estima por parte de los estelleses. Su cronología nos lleva a los mismos orígenes del monasterio y una crónica inédita recoge su leyenda, según la cual se apareció sobre un peral, junto al refectorio del antiguo monasterio. El árbol, conservado hasta hace un siglo, era muy frondoso y daba extraordinarios frutos.
La comunidad celebró, desde 1836, el día de san Veremundo con misa cantada y solemne Te Deum, exponiendo a la veneración pública la reliquia del santo durante la octava. El culto al santo creció desde que las monjas fueron depositarias de dos relicarios de Irache: el brazo-relicario de 1612 y otro más sencillo utilizado para pasar agua para los enfermos.
Particular noticia poseemos de algunas solemnidades que tuvieron lugar en pleno siglo XIX, como las recepciones de la cabeza de san Gregorio Ostiense (1830 y 1844, 1862, 1886, 1889, 1893 y 1896), las celebraciones del Apostolado de la Oración, declaración del dogma de la Inmaculada (1854), grandes rogativas (1767, 1834, 1862, 1865, 1885), recepción del cuerpo de san Plácido mártir, procedente del monasterio de La Oliva (1883) y diversos jubileos.
Gratitud
Cuando las benedictinas van a clausurar su secular presencia en Estella, deseo sumarme, desde estas líneas, a quienes en estos días van a dar las gracias por tantos frutos que han dado desde su clausura, desde su oración callada y contemplativa, hasta su hospitalidad, acorde con el mandato de san Benito. En mi primera visita hace varios años, para consultar algunos datos históricos, la madre Amparo Larrea me recibió con una simpar delicadeza y cortesía. Consciente de que “quien no agradece no merece”, quiero expresar mi gratitud, por la cual reconocemos, interior y exteriormente, cuanto hemos recibido, y correspondemos en algo, por lo generosamente entregado. Gratitud, a la que tanto hacemos esperar por olvidarla frecuentemente, y que nos cuesta expresar con espontaneidad y sinceridad.