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Leopoldo Calvo-Sotelo. El hombre que consolidó una democracia amenazada

14/04/2026

Publicado en

The Objective

Pablo Pérez López |

Catedrático de Historia Contemporánea

Este 14 de abril se cumplen cien años del nacimiento de Leopoldo Calvo-Sotelo, el último presidente de Gobierno centrista en los años de la Transición. Nació en Madrid en 1926, de una familia con numerosas raíces gallegas y cierta tradición política en varias ramas del espectro: desde conservadores a liberales hasta el fundador de la Masonería en Uruguay. Siempre se tuvo por gallego y ejerció de tal, con su fino sentido del humor, su retranca, y su amor por la ría de Ribadeo, que terminó por ser título del marquesado con Grandeza de España que el rey Juan Carlos le confirió en 2002.

Se graduó como Ingeniero de Caminos brillantemente: fue el número uno de su promoción. Casó con la hija de quien fuera ministro de Educación mientras era estudiante, lo que dice algo de la poca timidez que escondía su exterior algo inexpresivo. Ejerció como ejecutivo en la empresa, en textiles y químicas, desde joven. Viajó por Europa, aprendió idiomas, abrió su mente e hizo amigos en muchos lugares. Fue un lector compulsivo, meticuloso y profundo, como acredita su amplia y trabajada biblioteca, y fue también un melómano que sorprendió a algunos periodistas por acudir al festival de ópera de Bayreuth. Escribió poesía, un par de libros de memorias, y no pocos discursos, también publicados.

Fue, desde muy joven, un apasionado de la política, monárquico, europeísta y orteguiano. Fue también independiente: sobrevoló muchos círculos políticos, no se comprometió con ninguno. Tenía rasgos conservadores, socialdemócratas y democristianos y, con las mejores mañas galaicas, no se dejaba encasillar. Su acreditado perfil técnico no conseguía ocultar, con todo, su pasión política. Pero su prudencia le empujó a refrenarla durante los años de Franco. Muerto éste se lanzó al ruedo político: entró en el primer Gobierno de la Monarquía en la cartera de Comercio. Allí coincidió con destacados protagonistas del reformismo del momento, justo cuando los primeros programas de salida de la dictadura se formularon, se pusieron a prueba… y fracasaron. Entre esos compañeros de Consejo de ministros estuvo Adolfo Suárez, para muchos un desconocido con poco futuro, para Leopoldo, uno de los candidatos a conducir el cambio. No se equivocó.

Cuando el rey llamó a Suárez a formar Gobierno en 1976, Calvo-Sotelo entró también en él, en Obras Públicas. Pero, más importante todavía, Suárez le confió la articulación de la coalición política a la cabeza de la que acudiría a las primeras elecciones: la Unión de Centro Democrático, UCD. Leopoldo confeccióno las listas de la candidatura en una campaña que terminó en victoria.

Entró en el siguiente Gobierno Suárez en 1978 para ocuparse de la tarea que más le hizo disfrutar en política: la negociación de la entrada de España en las Comunidades Europeas. La ejerció con entusiasmo, alegría, energía y talento… para ver cómo encallaba cuando los intereses de una campaña electoral francesa se cruzaron en un camino que parecía expedito. En 1980 Giscard D’Estaing frenó en seco la incorporación española.

No fue el único inconveniente grave de ese año. UCD, convertida ya en partido, había ganado de nuevo las elecciones en 1979, pero perdió las municipales. La figura de Suárez entró en crisis, acosada por la oposición y, peor, por miembros destacados de UCD. El terrorismo, lejos de disminuir con la democratización, había crecido, especialmente el de la banda separatista vasca ETA. La crisis económica no daba tregua, y el nuevo reparto de poder territorial, con la creación de gobiernos autonómicos, parecía crecer desordenadamente y amenazar la unidad. Suárez, acosado dentro y fuera de su partido, ante el riesgo de un fracaso de la recién nacida democracia, dimitió.

Propuso que le sustituyera Calvo-Sotelo. El partido aceptó el candidato. La oposición socialista y comunista daba a UCD por incapaz de gobernar y pedía un Gobierno de coalición con el PSOE. La derecha también, pero con ellos como socios. Los nacionalistas no quisieron colaborar. Calvo-Sotelo se presentó al debate de investidura con el designio de cumplir el programa de UCD. Mientras se votaba su nombramiento se produjo la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, protagonizada por guardias civiles y algunos militares. Todo su proyecto quedó entre paréntesis durante lo que él describió como «tres minutos dramáticos y diecisiete horas grotescas».

Suárez dudó si debía volver tras el golpe. No lo hizo. Pero una herencia de la asonada fue el distanciamiento inesperado de su sucesor.

Calvo-Sotelo se puso a la tarea y debió comenzar por lo que no estaba en su programa: combatir el golpismo. Lo hizo mediante la mejora de los servicios de inteligencia y los relevos en la cúpula militar hasta conseguir que la lealtad constitucional fuera dominante en los cuarteles. El tiempo demostró que lo había conseguido.

Muy unida a esa meta estaba la de combatir el terrorismo, que con sus atentados contra militares y policías empujaba el golpismo. También en esto consiguió logros importantes, con una mayor eficacia policial y una negociación exitosa con parte de ETA, la político-militar, que aceptó abandonar las armas y reinsertarse en la sociedad. También acometió la ordenación del proceso autonómico, para lo que alcanzó un pacto con el PSOE que permitió aprobar una ley de armonización que fue desechada dos años más tarde por problemas formales.

En economía todo fue muy difícil. 1982 fue el peor año después de la Segunda Guerra Mundial por efecto de la guerra Irán-Irak. Calvo-Sotelo logró pactar con sindicatos y patronal algunas medidas que consiguieron decelerar el aumento del desempleo pero apenas pudieron ir más allá.

En la acción exterior, la negociación para la entrada en la CEE avanzó a buen ritmo hasta que, en 1982, el nuevo presidente francés, François Mitterrand, a la vista de la debilidad del Gobierno de centro, decidió frenar el proceso a la espera de nuevas elecciones. El horizonte de entrada en 1983 se desvaneció. Estuvo a punto de ocurrir lo mismo con la entrada en la OTAN. Los socialistas se opusieron cada vez más firmemente al proyecto, que consiguió ser aprobado en el parlamento. Faltó muy poco para que se revirtiera el acuerdo por lo que veremos, pero, en este caso, Calvo-Sotelo consiguió in extremis un logro histórico.

El mayor problema lo tuvo Calvo-Sotelo dentro del partido. Inicialmente se negó a presidirlo, lo hizo cuando se convenció que no había otra solución, y debió reconocer que su intento llegaba tarde. Su indisciplinado grupo parlamentario se fue deshaciendo y las defecciones fueron una cadena de disgustos y desprestigio. Trató de evitar la debacle acudiendo a Adolfo Suárez para que lo dirigiera de nuevo, pero éste no solo se negó, sino que fundó otro, el Centro Democrático y Social, para competir con UCD.

Calvo-Sotelo debió disolver las Cortes y convocar elecciones. La UCD cosechó una derrota mayúscula: perdió 157 diputados. Era el precio pagado por el escándalo de la división interna.

Con todo, Calvo-Sotelo podía ufanarse de entregar a su sucesor una situación mejor que la que él encontró. Había sido capaz, con la UCD, de anclar a España en el mundo Occidental, de dejarla a las puertas de Europa, y de hacer de la Monarquía española, a pesar de las amenazas, una democracia consolidada. Veía hechos realidad muchos sueños de juventud.