14/04/2026
Publicado en
El Español
Pablo Pérez López |
Catedrático de Historia Contemporánea
«Mataron a Calvo Sotelo. ¡Fixeron ben!
»Ésta es la primera opinión política de la que guardo memoria.
»Me la gritaron al pasar por el Cantón de Ribadeo, camino de la casa de mis abuelos (…), el lunes 13 de julio de 1936».
Con este recuerdo del asesinato de su tío, José Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936, cuando él contaba diez años, abre Leopoldo Calvo-Sotelo uno de sus libros de memorias. Esas líneas evocan cómo pudo entender él la necesidad de reconciliación que vertebró su acción política. El hecho sirve como pórtico de rara intensidad a una vida pública que maduró lentamente. Este suceso grabado en su memoria de adolescente por aquel comentario «maleducado o provocador», como él lo califica, dejó huella en su vida.
Nacido en Madrid el 14 de abril de 1926, se consideró siempre de Ribadeo y Galicia. Estudió Ingeniería de Caminos con el número uno de su promoción. Desde joven le interesó la política. Fue monárquico y europeísta, con ideas muy vinculadas a José Ortega y Gasset. Lector intenso, creó una grande y variada biblioteca personal que acredita su afán de saber.
Su vida profesional estuvo vinculada a la empresa, en la que ejerció como joven ejecutivo. Esto le permitió viajar por Europa, cultivar los idiomas, y confirmar la idea orteguiana de que en Europa estaba la solución a los problemas de España.
Se mantuvo cuidadosamente alejado de la política activa mientras duró el régimen. A finales de los sesenta fue nombrado presidente de Renfe y poco después Procurador en Cortes en representación de las industrias químicas. Cuando en 1975 falleció Franco y Juan Carlos I asumió la Corona, Leopoldo Calvo-Sotelo consideró que había llegado su momento. Fue ministro de Comercio en el primer Gobierno de la monarquía con Carlos Arias Navarro al frente. Había entrado de lleno en política en una de las épocas más intensas de la historia española.
Los proyectos de reforma de aquel gobierno naufragaron. Pero allí se gestó el siguiente paso del proceso democratizador que, impulsado por el rey Juan Carlos desde la Zarzuela, tuvo por líder a Adolfo Suárez. El de Ribadeo fue un buen complemento para el abulense: excelente perfil técnico, buen conocedor del mundo de la empresa y de Europa, dotado para la organización, y sin vínculos con una familia política. Suárez le nombró ministro de Obras Públicas y se convirtió en uno de los artífices del proyecto de UCD de cara a las elecciones de junio de 1977. Alcanzaron una brillante victoria.
Leopoldo volvió al Gobierno en 1978 para ocupar el cargo en el que más disfrutó: ministro para las Relaciones con la Comunidad Europea. El apoyo político al proyecto era unánime, y su gestión al frente fue eficaz hasta que se topó en 1980 con el veto francés que paralizó el ingreso.
El parón coincidió con un momento de crisis interna de UCD que cuestionó el liderazgo de Suárez mientras la oposición socialista trataba de derribarlo con una moción de censura. La decepción del líder centrista tocó fondo a finales de ese año y dimitió en enero de 1981. Suárez propuso a Calvo-Sotelo como su sucesor. UCD lo aceptó, pero Leopoldo renunció a liderar el partido, algo que más adelante lamentó.
Su programa de gobierno fue cumplir el programa centrista. Así lo expresó en su discurso de investidura. Nadie contaba con que durante la votación en segunda vuelta una intentona golpista cambiara muchas cosas: el 23-F dejó una huella imborrable en su ejecutoria.
Superado el golpe, el Gobierno de Calvo-Sotelo se puso a la tarea en todo lo previsto y, además, en la normalización de la posición política de las Fuerzas Armadas. Para lograrlo, buscó el consenso con la oposición en asuntos clave. El primero, la lucha contra el terrorismo y el golpismo. Los avances fueron notables. Una facción de ETA, la político-militar, se disolvió. Se renovaron la cúpula militar y los servicios de inteligencia y se consiguió neutralizar las potenciales conspiraciones militares. Y más: el Gobierno recurrió ante el Tribunal Supremo la sentencia del tribunal militar a los golpistas y consiguió que las penas se endurecieran. La sumisión de los militares al poder civil quedó diáfana.
La tarea se reforzó con la entrada en la OTAN, que Calvo-Sotelo consideraba esencial. Con oposición socialista creciente, lo consiguió en una carrera contrarreloj. Fue un logro histórico ensombrecido por una nueva ralentización de la negociación de entrada en el Mercado Común. François Mitterrand, el presidente Francés, percibió la debilidad del Gobierno y decidió que era mejor esperar más allá de 1983, horizonte inicialmente contemplado.
Calvo-Sotelo consiguió también un pacto con los socialistas en materia autonómica que se firmó en 1981 para armonizar el proceso descentralizador. Se aprobó así, por acuerdo de UCD y PSOE, una ley que hubiera evitado muchos problemas posteriores si una sentencia del Tribunal Constitucional que anuló varios artículos no hubiera propiciado su derogación en 1983 por el Gobierno de Felipe González.
Donde peor le fue a Leopoldo Calvo-Sotelo fue en UCD. La división interna siguió creciendo y las defecciones de diputados del Grupo Parlamentario se convirtieron en mal crónico. En noviembre de 1981 se puso al frente del partido para intentar solucionarlo. Era tarde. En verano de 1982 intentó que volviera Suárez a dirigirlo. Este se negó y, poco después, creó un nuevo partido, el Centro Democrático y Social. Fue un torpedo en la línea de flotación centrista.
El Gobierno de Calvo-Sotelo podía ufanarse de haber culminado la mayor parte del programa centrista, pero el electorado no confiaba ya en esas siglas para pensar el futuro. La derrota fue tremenda. En las elecciones de octubre UCD, como castigo por su división, perdió 157 diputados.
En reflexiones posteriores, Calvo-Sotelo destacaba que los centristas habían hecho la Transición, habían asentado la concordia, había operado una gran transformación del país, lo habían devuelto a su lugar en el mundo, lo habían consolidado como una democracia, y habían ejecutado una transferencia modélica del poder a los socialistas. Muchos de esos logros suyos serían luego reivindicados por sus adversarios. Fue así porque habían dejado una herencia ampliamente compartida por los españoles. Fue una respuesta magnánima a aquel «¡Fixeron ben!».