12/06/2026
Publicado en
Diario de Navarra
Javier Andreu Pintado |
Catedrático de Historia Antigua y director del Diploma en Arqueología de la Universidad de Navarra y Presidente de la Sociedad de Estudios Históricos de Navarra
A través de María García-Barberena, arqueóloga del Gabinete TRAMA quien en su tesis doctoral continuó el perenne trabajo de Mª Ángeles Mezquíriz sobre la urbanística de la Pompelo romana, recibo la triste noticia del fallecimiento de esta inigualable personalidad de la Arqueología navarra. Lo hago en la biblioteca de la Universidad de Heidelberg, en Alemania, una de las mejores de Europa para el estudio de la Antigüedad. Y, no por casualidad, entre los libros que se acumulan en mi mesa de trabajo durante esta estancia de investigación figuran varios de ella.
Aunque el nombre de Mª Ángeles Mezquíriz tienda a unirse, entre otras muchas, a las excavaciones de Pompelo, a las de la ciudad romana de Andelo, en Mendigorría, o a las de las villas de Arellano y de su querida localidad natal, Falces, el modo cómo ella entendió la Arqueología -como una disciplina integral, con vocación de generación de conocimiento histórico y que sólo culmina cuando cubre el proceso que va desde la excavación a la transferencia del conocimiento- explica que, prácticamente, sea imposible, hoy, investigar sobre cualquier aspecto de la vida cotidiana de las sociedades hispanorromanas sin tener en cuenta sus trabajos que, aunque centrados en Navarra, sirven a la perspectiva comparativa que debe caracterizar la labor del arqueólogo.
Mª Ángeles Mezquíriz tuvo la capacidad de enfrentarse por igual a la cerámica o a la hidráulica romanas, a la estatuaria o a la joyería, a las inscripciones o al hueso trabajado con una versatilidad que, tristemente, no abunda ya en el especializado mundo de la investigación. Lo que hoy forma parte del método en las Ciencias de la Antigüedad no era tan usual cuando Mª Ángeles Mezquíriz comenzó a trabajar en nuestra tierra, de la mano de Nino Lamboglia y de Luis Vázquez de Parga.
En 2017, cuando empezaba a fraguarse el Diploma en Arqueología que hoy se imparte en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra tuvimos la suerte de compartir con ella café y mesa en la emblemática cafetería del edificio central de nuestra Universidad, que fue también la suya pues en ella impartió clases desde 1950 y dinamizó el Seminario de Arqueología a cuyo abrigo se formaron la mayor parte de los profesionales de la Arqueología navarra contemporánea. En aquel café compartió con un entusiasta grupo de estudiantes cómo se apasionó por la profesión de arqueólogo, quienes fueron sus mentores, cuáles sus retos e ilusiones, los mismos que supo materializar como directora del Museo de Navarra que convirtió en la moderna institución que es hoy, ya con 70 años de existencia.
Tres palabras tejieron su discurso: vocación, pasión, y Navarra. Han transcurrido casi diez años de ese momento y su triste fallecimiento da actualidad a aquel familiar encuentro marcado, también, por otra nota que siempre caracterizó su labor: la magnanimidad. Duele que quien tan generosamente sirvió a la sociedad navarra nos haya dejado sin haber recibido el Premio Príncipe de Viana que mereció por llevar el nombre y la cultura de Navarra por todo el mundo. Su legado y su magisterio, sin embargo, perdurarán para siempre y seguirán alumbrando el camino científico incluso de quienes no tuvieron la suerte de conocerle personalmente. Unos y otros, desde hoy, la echaremos en falta. Descanse en paz.