09/07/2026
Publicado en
El Diario Montañés y El Heraldo de Aragón
Gabriel Insausti |
Catedrático de Literatura Contemporánea
Sí, Fiesta (The Sun Also Rises, 1926), cuyo centenario celebramos, trata sobre los sanfermines (aunque durante más de la mitad de sus páginas no estamos ni en Pamplona ni entre el 6 y el 14 de julio). Y sí, salpica la novela una multitud de detalles que delatan lo que el libro debe a la literatura de viajes: las vallas del encierro, el papel de los mansos, el riau riau, una peña con su pancarta, la procesión… Véanse las palabras que se conservan en el castellano original (“pelota”, “arriero”, “fiesta”, “jota”) y en especial las relacionadas con el mundo del toro (“aficionado”, “encierro”, “callejón”, “barrera”, “quite”). ¿Tipismo? La precisión en las localizaciones y la insistencia en evocar una realidad tangible –inclusive en los nombres de los licores o de los establecimientos- tiene mucho que ver con la voluntad de refutar algunos recientes libros de viajes sobre España, como The Soul of Spain (1908), de Havelock Ellis, y Virgin Spain (1926), de Waldo Frank. Para viajeros, él.
De hecho, la alusión a ambos aparece en el poema “The Soul of Spain” (1924), homónimo del libro de Ellis, donde Hemingway parodia el exotismo vacío de Pygmalion (1913), la comedia de Bernard Shaw (aquello de The rain in Spain stays mainly in the plaaaain, que recitaba Hepburn en la película de Cukor). En la España de Ellis y Frank llueve pero no hay corridas, declara Hem con sarcasmo. No han visto la auténtica España, vaya; después vitupera a varios autores, entre ellos a un Frank que “es una mierda”; y finalmente afirma que Pound, en cambio, es “un buen tipo”. Cuando se leen los versos finales –“The Dial alza un monumento a Proust, / nosotros hemos levantado uno a Pound”- aparece el sentido definitivo: la revista The Dial había publicado algunas traducciones de En busca del tiempo perdido mientras negaba el premio Dial a Pound (lo obtendría en 1927).
¿Qué tiene esto que ver con los sanfermines y con Fiesta? Que quienes protagonizan la novela –Jake, Bill, Mike, Cohn y Brett, una panoplia que en un obvio roman a clé resultaba muy reconocible- forman parte de la sociedad de anglosajones trasplantados al París postbélico que medraban en la nueva literatura trepando por las páginas de revistas como The Dial (Cohn ha publicado una novela, Jake escribe y la esposa de Cohn se frustra por los rechazos de los editores). En la realidad, esa sociedad la componían Gertrude Stein (quien aconsejó a Hem que visitase los sanfermines), Ford Madox Ford, Basil Bounting, James Joyce, Sylvia Beach, Scott Fitzgerald, Dos Passos (que acompañó a Hem en su segunda visita a Pamplona) y Ezra Pound. Así, Fiesta contiene un trasfondo metaliterario sin el cual no se comprende del todo, y el poeta de Idaho está en el centro de ese trasfondo: fue él quien apadrinó a un joven Hemingway a su llegada a París, quien incluyó un poema suyo en la revista The Exile, que dirigía, quien lo elogió en un artículo para la revista Blues en 1929 y quien le corrigió algunos manuscritos; a cambio, Hem enseñó a Pound a boxear y le rindió homenaje en el número de This Quarter de primavera de 1925. Nada extraño: la prosa de Hem cuadraba con muchos de los principios –claridad, concisión, “presentación directa del tema”- que Pound llevaba diez años predicando desde su modernism.
Ahora bien, ¿qué títulos habían supuesto el pistoletazo de salida de ese modernism? Ulysses, de Joyce, y The Waste Land, de Eliot, ambos aparecidos en 1922, ambos corregidos y publicitados por Pound y ambos publicados gracias a sus gestiones. Esos eran los dos nuevos metarrelatos con los que leer la realidad contemporánea: la odisea fútil y urbana de unos personajes que no parecen moverse hacia meta alguna y el lamento por el sacrificio infecundo que había sido la Gran Guerra (infecundidad, además, en la que Eliot pudo proyectar la de su propio matrimonio). Pues bien, si se lee más allá del understatement de Hem no cuesta trabajo encontrar el paralelismo en Fiesta: por un lado Jake Barnes, el protagonista, es al igual que Ulises un excombatiente que tras la guerra se resiste a regresar a su hogar (el iceberg asoma en frases como la que afirma que la seductora Brett es “Circe” porque “convierte a los hombres en cerdos”); por otro, a resultas de una herida de guerra ha quedado impotente, como la “tierra baldía” eliotiana.
La comedia que quisieron leer algunos en Fiesta resulta, así, una tragedia sotto voce. En ella, el encuentro con el toro -“una tragedia, y no un deporte”, dirá Hem en Muerte en la tarde (1932)- adquiere todo su sentido, en esa apoteosis de la virilidad tan constante en el aventurero-cazador-pescador que fue el novelista. También lo adquieren las cuestiones existenciales y religiosas que sobrevuelan el drama de estos personajes desarraigados: el judío Cohn y su aire de superioridad, que le reprocha Bill; la perplejidad de Barnes, quien se confiesa un “pésimo” católico que solo lo es “técnicamente”; las poco devotas oraciones de Brett… Que Hem los contemplaba como parte de un tema moral se advierte en las citas que sirven de pórtico al libro: la generación “perdida” que diagnosticó Stein y el sol que “también sale” para la siguiente, en el Eclesiastés. Errantes en el nihilismo sin componendas que había dejado tras de sí la guerra con el derrumbe de los ideales caballerescos del honor y la gloria, con la volatilización del humanitarismo y el progresismo decimonónicos, acudirán a la fiesta sin saber muy bien (salvo Jake) qué buscan. Y sí, en efecto, los sanfermines. Y los toros. Y el vino. Y…