08/06/2026
Publicado en
La Razón
Jorge Castro Trapote |
Profesor en la Facultad de Derecho Canónico
Recientemente, el vaticanista Andrea Gagliarducci, ha puesto de relieve el interés de León XIV por visitar las periferias de la fe, es decir, aquellas naciones donde la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, ha experimentado un fuerte retroceso con respecto a décadas anteriores. España pertenece a este tipo de periferia. En Abril, el Papa estuvo visitando durante 10 días varios países del continente africano. En junio, estará 6 días únicamente en España.
La unidad puede considerarse programática en el pontificado del papa agustino. San Agustín sostenía, en el contexto de la interpretación de la Biblia, que “en lo esencial unidad, en lo dudoso libertad, en todo caridad”. Toda interpretación dialéctica, partidista o sectaria de la visita del Papa y de sus palabras surgen del sesgo difundido en las sociedades polarizadas. Las palabras de León XIV, desde el inicio de su pontificado, se mueven en el plano elevado de una verdad universal que procede de Jesucristo. Esta verdad no es propiedad de unos pocos ni de una parte, sino que es un don ofrecido a toda la humanidad.
El Papa hablará de lo esencial. Lo esencial no es de derechas, ni de izquierdas, ni de centro. Lo esencial es lo más genuinamente humano: la persona es capaz de Dios y alberga en su interior un deseo de plenitud que no puede alcanzar solo. Los discursos del Papa mostrarán el horizonte de unidad en lo esencial a todos los hombres y mujeres que viven en España.
El Papa no hablará de lo opinable. Lo esencial y lo opinable se entrecruzan incesantemente. Siempre es necesaria la prudencia para distinguir en las sociedades lo que pertenece a la verdad inmutable de la dignidad humana de lo que son soluciones y medidas opinables. La polarización en las sociedades es una consecuencia del relativismo. Al no admitirse ninguna verdad absoluta sobre la persona humana, las opiniones se radicalizan y se elevan a la categoría de principios esenciales. Sin verdad se entra en la lógica del poder. Se utiliza cualquier medio para alcanzar o conservar un poder que imponga la opinión propia, considerada como innegociable. Es decir, el poder se convierte en la única verdad. Como el poder no lo tienen todos, la división, el enfrentamiento y la manipulación mediática resultan inevitables. En cambio, la verdad tiene un destino universal. La verdad integral sobre la persona humana permite descubrir la unidad de la magnifica humanitas.
Ni los partidos políticos deberían arrogarse lo esencial, ni la Iglesia debería quitar la libertad en lo opinable. Lo esencial es inseparable de la dignidad humana concreta de cada persona de carne y hueso, y lo opinable –la mayoría de las cuestiones– está dejado a la libre discusión y al consenso en las sociedades. El Papa no hablará de política, y sí nos ayudará a que lo opinable se mueva dentro de un orden objetivo asentado en la verdad esencial sobre la dignitas infinita. La dignidad humana es indisponible y no es objeto de discusión ni de consenso, porque es trascendente. El fundamento de la dignidad humana es su origen en Dios Creador. La unanimidad es incapaz de legitimar moralmente la tortura o la muerte de ninguna persona.
Las palabras del Papa se dirigirán a todos con caridad. La fe no es incompatible con la tolerancia en una sociedad pluralista, sino que es su mayor garantía: el núcleo de la fe es que Dios es Amor. Solo el amor es digno de fe, como recordó el Papa Francisco en la Encíclica Lumen fidei. La fe ve en la dignidad humana algo esencial e inviolable, cualquiera que sea su credo o pensamiento sobre la fe.
España necesita la visita del Papa porque la razón personal y la razón pública necesitan la luz de la fe para no encorvarse sobre sí misma. No bastan consensos sofisticados ni programas políticos para garantizar la paz y la buena convivencia en una sociedad, sino que necesitamos a alguien dispuesto a decir una verdad testimoniada con la propia vida, como hizo san Pedro hace casi dos mil años. Con la misma verdad y actitud viene a visitarnos el sucesor de Pedro, León XIV.