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Miguel de Altuna, cantero y veedor de obras del obispado de Pamplona

07/09/2026

Publicado en

Diario de Navarra

Mª Josefa Tarifa Castilla |

Profesora Titular de Historia del Arte

Miguel de Altuna (1549-1601) fue uno de los canteros que sobresalió en el panorama artístico navarro del último tercio del siglo XVI, principalmente en el desempeño profesional de veedor de obras eclesiásticas del obispado de Pamplona (1584-1601).

El aprendizaje en la cuadrilla familiar

Miguel de Altuna fue hijo del destacado artillero y cantero guipuzcoano Juan de Villarreal (1517- 1584†) y de María Juana de Iturbe (1580†). Nació en 1549 en el pueblo natal de sus padres, Villarreal de Urrechua (Guipúzcoa). Una vez alcanzada la madurez, contrajo nupcias en la misma localidad con Magdalena de Barrenechea el 23 de julio de 1574, con la que tuvo tres hijas, Francisca, Juana y María Juana.

Altuna fue el único de los cinco descendientes del matrimonio que siguió los pasos profesionales de su padre, del que recibió sus primeras enseñanzas en el arte de la cantería, como ocurrió con la mayor parte de los artistas a lo largo de los periodos medieval y moderno. Su formación desde temprana edad en la cuadrilla familiar mediante una instrucción eminentemente práctica, le permitió entrar en contacto con los diversos aspectos materiales del oficio, familiarizándose en el uso de las herramientas, la labra de la piedra y las diferentes técnicas del proceso constructivo (fig. 1).

El oficio de la cantería

Miguel de Altuna alcanzó a través de su padre los primeros conocimientos técnicos y prácticos necesarios para el desarrollo de la profesión edilicia, asimilados a pie de obra en aquellos proyectos constructivos en los participó, primero en su etapa de formación y luego como oficial de su cuadrilla. Por ejemplo, está documentada su presencia desde 1571 en las obras que Villareal contrató en abril de 1566 en la iglesia parroquial de Lacunza de acuerdo a la traza y el condicionado facilitados por este. Esta colaboración, sin lugar a dudas, le posibilitó seguir perfeccionando su ejercicio laboral, con el consiguiente dominio de la estereotomía.

La completa preparación de Altuna le posibilitó sustituir a su padre, fallecido el 7 de octubre de 1584, en la dirección de algunas de las fábricas que tenía a su cargo, cumpliendo sus últimas voluntades, como las correspondientes a las iglesias de Ardanaz, Barañáin y Artica, entre otras. En el caso de la iglesia de San Juan de Ibiricu, Altuna terminó en 1588 la ejecución de la capilla mayor y de la sacristía (fig. 2) contratada seis años antes por su progenitor, cerrando estos espacios con bóvedas nervadas de complejos diseños formadas por diagonales, terceletes, ligaduras y combados.

Además, Miguel de Altuna contrató como maestro cantero diversas empresas edilicias en las que contó con sus propios oficiales y criados, como el cantero y artillero Martín de Andiazábal, uno de sus hombres de confianza. Entre ellas mencionamos las actuaciones realizadas en los templos parroquiales de Echalaz, Huarte, Egüés y la sacristía de la iglesia de la Purificación de Elcano, que finalizó para 1596, cubierta con un abovedamiento de terceletes de cinco claves, manteniendo de este modo la unidad estilística con el resto de las bóvedas existentes en el templo (fig. 3).

El desempeño de veedor de obras

Miguel de Altuna también aprendió de su progenitor las primeras nociones en la formación del diseño, especialmente del dibujo aplicado a la construcción. Sin lugar a dudas, esta capacidad para proyectar gráficamente los edificios fue uno de los motivos más destacables que jugó a favor de Altuna para acceder en 1584, tras la defunción de su padre, al cargo de veedor de obras eclesiásticas del obispado de Pamplona, que desempeñó vitaliciamente hasta su fallecimiento en 1601.

Una de las principales funciones del veedor consistía en proporcionar la traza para acometer las intervenciones arquitectónicas dependientes de dicha diócesis pamplonesa, tal y como quedó recogido en las Constituciones Sinodales compiladas por Bernardo de Rojas y Sandoval (Pamplona, 1591). Este “dar la traza”, significaba, por tanto, ejercer el nuevo concepto de maestro ideador y proyectista, independientemente de la posterior ejecución material de la fábrica, que tan solo podían desempeñar los profesionales de la construcción más cualificados, dotados de una sobresaliente capacidad para las mediciones, los cálculos y los diseños, plasmando en cada muestra la solución más adecuada para el proyecto arquitectónico en cuestión. Además, en la mayor parte de las ocasiones, Altuna también acompañó las trazas con la redacción del condicionado de la obra de su puño y letra, que, una vez concluida, supervisaba y tasaba.

De las dotes que poseía Altuna para la creación artística en el campo del dibujo arquitectónico dejan constancia las numerosas trazas que delineó entre mediados de la década de 1580 y finales del año 1601 como veedor del obispado pamplonés, para las sacristías de las iglesias de Eguiarreta, Ániz, Estenoz, Eusa y Grocin, o las torres campanarios de las iglesias de Ubani e Iturgoyen. Los proyectos gráficos de Altuna que se han conservado en los archivos revelan su preferencia por un tipo de abovedamiento nervado, desde la bóveda de crucería simple a otros más complejos de terceletes con ligaduras y nervios curvos, de herencia tardogótica y que tuvieron un prolongado uso en Navarra a lo largo del quinientos, como sucedió en la mayor parte de la península. En la iglesia románica de Oco, de una sola nave y cabecera semicircular, trazó en 1598 la capilla funeraria solicitada por Juana de Beaumont con una cubierta de bóveda de terceletes de cinco claves, con la polar y las subsidiarias unidas mediante ligaduras rectas, y combados que describen un rombo de lados cóncavos en torno a la clave polar. Más complejo fue el abovedamiento que ideó hacia 1597 en la remodelación de la nave del templo medieval de Iturmendi, con bóvedas nervadas ejecutadas sobre un esquema de terceletes de cinco claves, con la polar y las subsidiarias unidas mediante ligaduras rectas, enriquecida con dos teorías de combados, mientras que la sacristía presenta el mismo diseño referido en la capilla de Oco, proyecto hoy en día imperceptible tras las diferentes modificaciones que sufrió el edificio en los siglos del Barroco (fig. 4).

Otra de las responsabilidades de Miguel de Altuna como veedor fue supervisar las obras dependientes del obispado pamplonés durante su proceso de ejecución, como iglesias, sacristías, torres, ermitas, cementerios o casas abaciales y vicariales. Así, en 1594 acudió a Olloqui para informar del estado en el que se encontraba la construcción de la casa de la abadía, que había contratado en 1576 el cantero Miguel de Amézqueta. Tras examinar la edificación, Altuna la declaró inhabitable al faltarle parte de los suelos, las escaleras y la chimenea.

Una vez concluidas las fábricas, el veedor debía comprobar si habían sido realizadas correctamente, de acuerdo al condicionado de las mismas, y tasarlas. Referimos a modo de ejemplo la estimación de la torre de la iglesia de San Román de Arre, contratada por el cantero Miguel de Amézqueta en 1594, que valoró en 2.1017 ducados. También supervisó en 1598 la conclusión de la cubierta de la nave y de las capillas del crucero de la iglesia de Arizaleta, que en la década de 1590 habían realizado los canteros Pedro y Joanes de Larreta, padre e hijo.

En diversas ocasiones estas labores de tasación las realizó con la colaboración de algunos de los artistas más relevantes de su época, como el cantero guipuzcoano Santuru de Arizti, con el que supervisó en 1589 la construcción que Domingo de Eztala, cantero vecino de Ichaso, inició en 1577 de la iglesia de Santa Fe de Caparroso, fábrica que dieron “por buena, fixa y segura y perfecta conforme a la arte”. Años después, en 1597, Altuna se trasladó a Ziga para valorar, junto con el cantero Juan de Garaicoechea, la labor de Juan de Urrutia desde 1591 en la parroquial, que estimaron en 3.377 ducados y medio. Altuna empleó nueve días en hacer este trabajo, cobrando 8 ducados, y otros 4 ducados por los gastos ocasionados en el traslado, que realizó acompañado de su criado y con una cabalgadura.

Asimismo, Altuna trabajó en numerosas ocasiones con Juan de Aguirre, vecino de Larraga, por ejemplo, tasando las siguientes obras: en 1592 la iglesia y torre de Artazu ejecutada por el cantero Juan García de Alcíbar; en 1598 la cabecera y sacristía de la iglesia de San Martín de Berroeta realizada por Miguel y Juan de Garaicoechea; las intervenciones realizadas antes de 1599 por Juan de Urbieta y su yerno el yesero Tomás de Segura en la iglesia parroquial de la Natividad de Nuestra Señora de Garísoain; y en 1599 la torre de la iglesia de Santa Eulalia de Muez en la que trabajaron los canteros Martín de Miranda y Juan de Urbieta.

Altuna también intervino como veedor en otros ámbitos artísticos diferentes a la cantería, como piezas artísticas de amueblamiento litúrgico. En mayo de 1597 informó de la necesidad de sustituir el retablo de Alzórriz del siglo XV por uno nuevo dada su antigüedad; en marzo de 1599 estimó junto con el ensamblador Juan de Gastelúzar las intervenciones arquitectónicas y de carpintería acometidas en la casa abacial e iglesia de Lerga, como un facistol, un confesionario o candeleros para las velas; y en marzo de 1601, de nuevo en colaboración con Gastelúzar, tasó las intervenciones hechas en la iglesia de Elío, como la escalera de piedra de acceso al campanario, el coro en alto dispuesto a los pies y el púlpito, además de muebles realizados en madera, como cajones para guardar los ornamentos, y dos puertas de la iglesia (fig. 5).

Con el fallecimiento de Miguel de Altuna en Pamplona el 25 de noviembre de 1601, finaliza la dedicación a la cantería de las dos generaciones de esta familia, ya que ninguna de las hijas de Miguel contrajo matrimonio con un profesional de la construcción, sino que se desposaron con hombres de mayor rango social y fortuna. Atendiendo a sus últimas voluntades, fue enterrado en la iglesia de San Martín de la localidad guipuzcoana de Villarreal, en la sepultura en la que descansaban sus padres y antepasados.