06/04/2026
Publicado en
Diario de Navarra, en colaboración con la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro de la Universidad de Navarra, aborda, mensualmente, de la mano de especialistas de diversas universidades e instituciones, una serie sobre artistas navarros
Eduardo Morales Solchaga |
Doctor en Historia del Arte
Ingeniero, artista y testigo privilegiado de un mundo en transformación, Aniceto Lagarde y Carriquiri (Pamplona, 1832 - 1909) fue mucho más que un técnico al servicio de la modernización de las infraestructuras públicas del Viejo Reino: a través de dibujos, acuarelas y panorámicas, documentó con precisión y sensibilidad los paisajes urbanos y rurales de Navarra, dejando un valioso legado visual. Entre el rigor científico y la sensibilidad artística, Lagarde se revela hoy como un cronista excepcional de su tiempo, capaz de capturar tanto el pulso de la historia como la identidad de un territorio en transformación, donde cambio y continuidad conviven en equilibrio.
Algunos apuntes biográficos
Calificado por Arturo Campión como uno “de los jóvenes elegantes del Antiguo Régimen” Aniceto Lagarde y Carriquiri nació en Pamplona el 17 de abril de 1832 en el seno de una familia acomodada de origen vascofrancés plenamente integrada en las élites económicas de la ciudad. Era hijo de Juan Pedro Lagarde Baccarerra, comerciante natural de Lucgarier (Béarn) y de Dionisia Carriquiri, hermana de uno de los más influyentes navarros del siglo XIX, Nazario Carriquiri Ibarnegaray. Ello le posibilitó el acceso a una formación sólida y a una posición privilegiada dentro de la sociedad pamplonesa del momento. Ya adulto, contrajo matrimonio con María de Irazoqui, perteneciente también a un entorno político y social destacado, pues era hermana de Antero de Irazoqui y Echenique, político del Partido Conservador que representó a Navarra en las Cortes estatales. De este matrimonio nacieron cuatro hijos: Juan Aniceto, María, Pilar y Luciana.
Completó sus estudios en Ingeniería Civil en la Escuela Central de Artes y Manufacturas de París (1858) convirtiéndose en uno de los técnicos mejor preparados de su generación. A su regreso, desarrolló una larga carrera en la administración vinculada a las obras públicas y a la modernización de las infraestructuras provinciales. De esa manera, en 1860 fue nombrado primer ayudante de obras públicas y en 1869 asumió la dirección de Caminos del Departamento Sur de Navarra. Posteriormente, en 1887, alcanzó la Dirección General de Caminos de la provincia, cargo que desempeñó durante dos décadas hasta su jubilación en 1907. Desde esta responsabilidad participó en numerosos proyectos de mejora de las comunicaciones y de la red viaria navarra, contribuyendo al desarrollo técnico y económico del territorio foral. Además, colaboró en diversas comisiones provinciales relacionadas con sanidad, estadística, agricultura, industria y enseñanza, aportando su experiencia técnica en la planificación y organización de los servicios públicos.
Fue también propietario agrícola y cosechero de vinos en la finca familiar situada en la Rochapea, heredada de su abuelo Pedro Carriquiri. Participó activamente en jurados y exposiciones vinícolas, donde la calidad de sus caldos fue reconocida con diplomas y medallas, destacando las obtenidas en Bayona, Madrid y Barcelona, entre otras muchas. Asimismo, intervino en iniciativas destinadas a mejorar la producción vitícola navarra, especialmente en la lucha contra el mildiú, hongo que afectaba gravemente a los viñedos.
A su vez, participó activamente durante la Tercera Guerra Carlista, colaborando en aspectos técnicos durante el bloqueo de Pamplona. Su infructuoso intento de comunicación con el mando liberal mediante la elevación de un globo aerostático de percalina fue uno de los momentos más memorables del citado sitio. El compromiso cívico, que le llevó a “gozar de muchas simpatías dentro de la ciudad”, se manifestó igualmente en iniciativas humanitarias, como la fundación de la Cruz Roja en 1864, o en su implicación en instituciones benéficas y educativas orientadas a mejorar las condiciones de los pamploneses más vulnerables.
Falleció en Pamplona el 27 de enero de 1909. La prensa del momento destacó su contribución al progreso de Navarra, subrayando especialmente su solvencia en la dirección de obras públicas. Nada se mencionó sobre su labor artística y patrimonial.
Labor artística y patrimonial
Lagarde desarrolló una actividad artística vinculada al dibujo técnico y documental, especialmente en relación con acontecimientos históricos y con trabajos relacionados con la arquitectura y el patrimonio navarro.
Durante la Tercera Guerra Carlista, realizó croquis y planos del teatro de operaciones del conflicto, así como dibujos relacionados con la evacuación y la conducción de heridos. Estos trabajos fueron publicados en La Ilustración Española y Americana, una de las principales publicaciones gráficas de la época. Además, produjo otras muchas acuarelas que se integraron en diferentes soportes, destacando sobremanera el Álbum y el Mueble del bloqueo, en colaboración con su hermano Nemesio.
Un caso especialmente singular dentro de su producción gráfica es la acuarela dedicada a la procesión del Rosario de Cristal de Zaragoza de 1897, una obra excepcional, tanto por su temática foránea como por su insólito formato. La escena se desarrolla en un rollo de papel de más de once metros de longitud, utilizando un soporte de influencia oriental, poco habitual en la producción artística española del siglo XIX. En él se despliega de forma continua toda la comitiva, con cerca de 1.800 figuras, lo que le confiere además un notable valor documental como testimonio gráfico de esta muestra de religiosidad popular decimonónica.
Su actividad artística también estuvo vinculada al campo arquitectónico y decorativo. Participó en la decoración del salón del trono del Palacio de Navarra entre 1861 y 1865, junto con Maximiliano Hijón y su hermano Casildo Lagarde. Asimismo, elaboró proyectos historicistas para espacios religiosos, entre ellos la capilla-panteón del marqués de Jaureguizar, hoy encorsetada por la Autovía del Pirineo, y el altar de la parroquia de San Esteban de Vera de Bidasoa, de donde era originaria su mujer.
Lagarde también desempeñó un papel fundamental en la promoción y protección del patrimonio artístico e histórico de Navarra. Fue uno de los impulsores de la primera exposición de objetos artísticos e históricos de Navarra (1887) y ejerció como vicepresidente de la Comisión de Monumentos, institución encargada de la conservación y valorización del patrimonio navarro. Intervino en la defensa del Palacio Real de Olite (1869), participó en la dignificación del corazón de Carlos II “el Malo” en Ujué (1859) y en la traslación de los restos de Espoz y Mina a Pamplona (1872). Esta actividad institucional contribuyó a su nombramiento como académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.
Las vistas de localidades navarras
La contribución a la difusión visual de los perfiles urbanos y paisajísticos de Navarra -estudiada en tiempos recientes - constituye uno de los aspectos más interesantes de su producción. Su labor como ingeniero y responsable de caminos le permitió recorrer la geografía navarra, y mediante dibujos y acuarelas desarrolló una auténtica labor de documental. Sus imágenes no se limitaban a reproducir edificios aislados, sino que buscaban captar el conjunto del paisaje urbano, integrando arquitectura, relieve y entorno natural. Algunas de ellas - casi todas en manos particulares - fueron reutilizadas posteriormente como base para litografías publicadas en La Ilustración Española y Americana, publicación a la que se ha hecho referencia anteriormente.
Un lugar central en esta producción lo ocupa la capital, a la que Lagarde dedicó algunas de sus primeras y más elaboradas vistas. Su primer trabajo documentado es un dibujo a grafito fechado en 1859 que representa el perfil de la ciudad con las sierras de Tajonar y del Perdón al fondo. En él, tomado desde la finca familiar, aparecen ya los elementos que definían visualmente la capital: las torres de la catedral y de las parroquias de San Saturnino y San Lorenzo, el recinto amurallado y el puente de la Magdalena que daba acceso a la ciudad desde el este. Años después realizó una acuarela panorámica de grandes dimensiones desde el término de los Cuatro Caminos, uno de los miradores naturales más frecuentados para contemplar la ciudad, apreciándose la cuenca de Pamplona y su relieve, así como la mayor parte de sus estructuras defensivas y monumentales. Un croquis derivado de la misma fue enviado en 1875 a La Ilustración Española y Americana y reproducido - al igual que otro de Lumbier - en forma de litografía durante la Tercera Guerra Carlista, mostrando las transformaciones que el bloqueo militar había provocado en las inmediaciones.
Más allá de la capital, Lagarde realizó numerosas vistas de localidades navarras que se conservan en colecciones particulares. Muchas de ellas corresponden a poblaciones situadas en la Merindad de Sangüesa y en la Ribera navarra, regiones con las que estuvo especialmente vinculado durante su etapa como responsable de caminos.
De la primera da cuenta la panorámica de Sangüesa, realizada a doble página y que conforma una vista continua de gran desarrollo horizontal. En ella Lagarde representó con notable precisión los edificios más emblemáticos de la ciudad, como la iglesia de Santa María la Real, el palacio del Príncipe de Viana o la parroquia de Santiago, además del antiguo puente medieval sobre el río Aragón, cuyo proyecto de reforma fue realizado por el propio Aniceto Lagarde en 1892.
Especial importancia dentro del conjunto tienen también las vistas de Tudela y Corella, dos de los principales núcleos urbanos de la Ribera navarra. La panorámica de Tudela, ofrece una visión especialmente detallada de la ciudad, en la que se distinguen numerosos conventos, parroquias y edificios civiles, junto con la catedral y las ruinas del castillo situadas en el cerro de Santa Bárbara. La vista de Corella resulta igualmente significativa, ya que recoge el carácter profundamente conventual y barroco de la ciudad, permitiendo identificar algunos de sus edificios más representativos y mostrando el aspecto que presentaba el entramado urbano a finales de la citada centuria.
Otro ejemplo significativo es la vista de Tulebras, centrada en el monasterio cisterciense de Santa María de la Caridad. El carácter religioso de este enclave ha marcado históricamente el desarrollo de la población, que durante siglos se organizó en torno al complejo monástico. Este interés por enclaves definidos por un rasgo singular se observa también en los dibujos de los baños de Fitero, donde representó tanto el balneario antiguo como el complejo termal más moderno. En este caso el elemento definidor de la localidad es su tradición balneoterápica, conocida desde la Antigüedad. El propio Lagarde acudía a estos establecimientos por problemas de salud, especialmente articulares, lo que explica el interés por su representación. Se conservan, de hecho, otros dibujos realizados durante sus tratamientos en lugares situados fuera de Navarra.
Lagarde también realizó vistas de otras localidades de menor entidad repartidas como Rocaforte, Miranda de Arga, Monteagudo, Ablitas, Navascués, Barillas o Murchante, que, aunque presentan un desarrollo más sencillo que las anteriores, poseen un notable interés documental.
En conjunto, la obra gráfica de Aniceto Lagarde constituye una aportación singular al conocimiento visual del territorio navarro en el siglo XIX. Sus vistas combinan la mirada precisa del técnico con la sensibilidad del observador del paisaje, ofreciendo un repertorio de imágenes que documenta ciudades, pueblos y monumentos en un momento de transformación histórica. A través de ellas contribuyó a fijar en imágenes los perfiles urbanos y naturales que definían la identidad de la Navarra finisecular.