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Compartir y desarmar el corazón. El Papa en África

06/03/2023

Publicado en

Omnes

Ramiro Pellitero |

Profesor de la Facultad de Teología

En su último viaje apostólico a la República Democrática del Congo y Sudán del Sur, el Papa Francisco llevó al continente africano un mensaje de paz y reconciliación con la esperanza de ayudar a construir “un futuro nuevo”.

Hay palabras que piden escribirse, en nuestro mundo, como gritos: ¡basta! (de violencia), ¡juntos! (debemos trabajar por la paz), ¡no! (a la resignación), ¡sí! (a la esperanza). Pueden representar las enseñanzas del Papa en este viaje; enseñanzas que, como siempre, nos interpelan a todos.

Del 31 de enero al 5 de febrero el Papa realizó un viaje pastoral a la República Democrática del Congo y a Sudán del Sur, con el fin de “testimoniar que es posible y necesario colaborar en la diversidad, especialmente si se comparte la fe en Jesucristo” (Audiencia general, 8-II-2023, en la que hizo un balance del viaje).

Como también dijo el miércoles siguiente, ya en Roma, el viaje fue realización de dos antiguos sueños suyos: al Congo (“corazón verde de África”, que junto a la Amazonía constituye el “pulmón” principal del mundo, “tierra rica de recursos y ensangrentada por una guerra que no termina nunca porque siempre hay quien alimenta el fuego”); y a Sudán (donde fue acompañado del arzobispo de Canterbury Justin Welby, y el moderador general de la Iglesia de Escocia, Iain Greenschilds).

Buscar la paz y la justicia

Los tres primeros días, en Kinshasa (capital de la República Democrática del Congo), dirigió un mensaje nítido a la nación con dos palabras claves: la primera negativa: ¡basta!, para pedir el cese de la explotación de ese pueblo, en alusión a las contiendas y violencias asociadas a la extracción del diamante, que paradójicamente han traído el empobrecimiento de las gentes. La segunda, positiva, “juntos”, como apelación a la dignidad y al respeto, juntos en el nombre de Cristo. 

De manera especial” –señaló el Papa– “las religiones, con su patrimonio de sabiduría, están llamadas a contribuir a ello, en su esfuerzo cotidiano por renunciar a toda agresión, proselitismo y coacción, que son medios indignos de la libertad humana”.

En cambio, “cuando se degenera al imponerse, persiguiendo adeptos indiscriminadamente, mediante el engaño o la fuerza, se saquea la conciencia de los demás y se da la espalda al Dios verdadero, porque -no lo olvidemos- ‘donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad’ (2 Co 3, 17) y donde no hay libertad, el Espíritu del Señor no está” (Encuentro con las autoridades, sociedad civil y cuerpo diplomático, 31-I-2023).

Al día siguiente, el Papa celebró la Misa por la paz y la justicia en el aeropuerto de Ndolo. Tomando pie del evangelio de san Juan (Jn 20, 20), observaba Francisco: “Jesús anuncia la paz mientras el corazón de los discípulos está lleno de escombros; anuncia la vida mientras ellos sienten dentro la muerte. En otras palabras, la paz de Jesús llega en el momento en que todo parecía haber terminado para ellos, en el momento más imprevisto e inesperado, cuando no había atisbos de paz”. 

En un mundo abatido por la violencia y la guerra, señalaba el obispo de Roma, los cristianos no podemos dejarnos vencer por la tristeza, la resignación o el fatalismo; más bien estamos llamados a proclamar el anuncio, profético e inesperado, de la paz. Para conservar y cultivar la paz, Francisco propuso tres fuentes: el perdón, la comunidad y la misión

El perdón –dijo– nace de las llagas del costado y de las manos de Cristo:“Nace cuando las heridas sufridas no dejan cicatrices de odio, sino que se convierten en un lugar para hacer sitio a los demás y acoger sus debilidades. Entonces las fragilidades se convierten en oportunidades y el perdón en el camino hacia la paz”.

Jesús pide una gran amnistía del corazón, que consiste en limpiar el corazón de ira y remordimientos, resentimiento y envidia. Nos pide, también como cristianos, dejar las armas, renunciar a la violencia y abrazar la misericordia; para poder decir a aquellos con los que nos encontramos: “La paz esté con vosotros”. Por tanto, “dejémonos perdonar por Dios y perdonémonos unos a otros”. 

Vale la pena servir

El mismo día 1 se encontró el Papa con las víctimas de la violencia en el este del país, desgarrado desde hace años por la guerra azuzada desde intereses económicos y políticos. “La gente” -constató- “vive en el miedo y en la inseguridad, sacrificada en el altar de negocios ilegales”. Escuchó diversos testimonios y reafirmó su “no” a la violencia y a la resignación, y su “sí” a la reconciliación y a la esperanza. Pidió perdón a Dios por la violencia contra el hombre. Clamó contra la explotación y el sacrificio de víctimas inocentes: “¡Basta! ¡Basta de enriquecerse a costa de los más débiles, basta de enriquecerse con recursos y dinero manchado de sangre!”. 

Con el “no” a la violencia, les pidió desarmar y desmilitarizar el corazón. Con el “no” a la resignación, invitó al esfuerzo por la fraternidad y la paz: “Un futuro nuevo llegará, si el otro, sea tutsi o hutu, ya no es más un adversario o un enemigo, sino un hermano y una hermana –porque todos somos hijos de un mismo Padre– en cuyo corazón es necesario creer que existe, aun escondido, el mismo deseo de paz”. También ese día se reunió con los representantes de algunas obras caritativas,que trabajan con los pobres en favor del bien común e impulsando la promoción humana. “Cuánto quisiera” –se desahogó Francisco– “que los medios de comunicación social dieran más espacio a este país y a toda África”. Lamentó, una vez más, el descarte de los débiles (niños y ancianos) como inhumano y anticristiano.

Poniendo sus palabras en los relatos e historias que personas concretas le hicieron llegar, el Papa les invitó a que los jóvenes puedan ver “rostros que superan la indiferencia mirando a las personas a los ojos; manos que no empuñan armas ni manipulan dinero, sino que se extienden hacia quien está en el suelo y lo levantan a su dignidad, a la dignidad de hija e hijo de Dios”.

Por lo tanto, les animó, al compromiso en el campo social y caritativo, a considerar el poder como servicio, a esforzarse por vencer la inequidad en nombre de la justicia y también de la fe, que, sin obras, está muerta (cfr. St 2, 26). Señaló que la caridad requiere ejemplaridad (credibilidad y transparencia), amplitud de miras (dando vida a proyectos sostenibles a largo plazo) y conexión (trabajar juntos redes y equipos para ayudar a otros, cristianos o no.

El encuentro con los jóvenes y los catequistas congoleños (cfr. Discurso en el Estadio de los mártires, Kinshasa, 2-II-2003) debió de dejar una huella especial en el Papa, que lo ha calificado de entusiasmante. Fue una catequesis apoyada en los cinco dedos de la mano, donde les indicó cinco caminos por los que podían encauzar su grito que invoca paz y justicia, como fuerza de renovación humana y cristiana: la oración, la comunidad, la honestidad, el perdón y el servicio. 

Cabe aquí recoger unas palabras sobre el servicio, “poder que transforma el mundo”. Por eso les pedía el Papa a los jóvenes preguntarse: “¿Qué puedo hacer yo por los demás? Es decir, ¿cómo puedo servir a la Iglesia, a mi comunidad, a mi país?”. Teniendo en cuenta que en muchos lugares de África los catequistas son los que mantienen vivas a las comunidades cristianas, les agradeció su servicio, su luz y su esperanza, y les pidió que no se desanimen nunca, porque Jesús no les deja solos. 

Vida espiritual y formación

El mismo 2 de febrero, en la catedral de nuestra Señora del Congo (Kinshasa), Francisco mantuvo un encuentro con sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, y seminaristas, muchos y muy jóvenes. Les recordó unas palabras de Benedicto XVI dirigidas a sacerdotes africanos: “Vuestro testimonio de vida pacífica, por encima de los confines tribales y raciales, puede tocar los corazones” (Exhortación apostólica Africae munus, 108).

Para todo ello les recomendó superar tres tentaciones: la mediocridad espiritual, la comodidad mundana y la superficialidad. 

La mediocridad espiritual se evita cuidando la oración personal (corazón con corazón), la Misa, la liturgia de las horas y la confesión de sus pecados, la oración personal (corazón con corazón), el rezo del santo Rosario, las “jaculatorias” (oraciones pequeñas y breves que se pueden recitar durante el día). “La oración nos hace salir del yo, nos abre a Dios, nos vuelve a poner en pie porque nos pone en sus manos; crea en nosotros el espacio para experimentar la cercanía de Dios, para que su Palabra nos sea familiar y, a través de nosotros, lo sea a todos los que encontramos. ‘Sin la oración no se va lejos’”.

En un contexto como aquél –de pobreza y de sufrimiento– señaló el Papa que la comodidad mundanase asocia al riesgo de“aprovecharse del papel que tenemos para satisfacer nuestras necesidades y nuestras comodidades”, convertirse en fríos burócratas del espíritu, dedicarse a algún negocio ventajoso, lejos de la sobriedad y libertad interior y descuidando el celibato, en lugar de trabajar junto con los pobres.

El tercer desafío, la superficialidad, se puede vencer con la formación espiritual y teológica, que ha de durar toda la vida, permaneciendo al mismo tiempo abiertos a las inquietudes de nuestra época, para poder comprender la vida y las exigencias de las personas, y así poder acompañarlas. “El viento no quiebra lo que sabe plegarse”, dice un refrán popular allí. Eso nos habla, dijo Francisco, de flexibilidad, docilidad y misericordia: no dejarse quebrantar por los vientos de las divisiones.

En la misma línea, a los obispos congoleños, reunidos en la sede de la Conferencia Episcopal, les pidió servir al pueblo como testigos del amor de Dios, con compasión, cercanía y misericordia, con espíritu profético que no es acción política, sino promoción de la fraternidad. 

Ecumenismo de la paz

La segunda parte del viaje, en Sudán del Sur, se desarrolló bajo el signo de la unidad, teniendo en cuenta las dos confesiones cristianas, la comunión anglicana y la Iglesia de Escocia, presentes en esa tierra. Se trataba de un paso más en el proceso –intensificado en los últimos años, pero obstaculizado por la violencia y el tráfico de armas, que fomentan muchos países llamados civilizados– del diálogo para lograr la paz. 

A los obispos, sacerdotes y consagrados, Francisco les instó a evitar el clericalismo y la tentación de querer resolver los conflictos simplemente a base de alianzas con los poderes humanos. La docilidad a Dios, alimentada en la oración, debe ser la luz y la fuente del ministerio pastoral, entendido y ejercido como servicio al pueblo de Dios. El Papa les puso a Moisés como modelo de esa docilidad y perseverancia en la intercesión por sus gentes (cfr. Encuentro en la catedral de Santa Teresa, Yuba, 4-II-2023).

Francisco valoró sobre todo el momento de oración celebrado el mismo día con los hermanos anglicanos y con los de la Iglesia de Escocia. En un país pequeño, de 11 millones de habitantes, los desplazados alcanzan los 4 millones. No es extraño que el Papa quisiera tener también un encuentro especial con un grupo de desplazados internos, que la Iglesia local acompaña desde hace bastantes años.

Sal y luz

El último acto de la visita a Sudán del Sur, y de todo el viaje, fue la celebración eucarística en Yuba. La homilía del Papa giró en torno a las palabras de Jesús: “Vosotros sois la sal de la tierra […]. Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13.14). La sal da gusto a todo y por ello es símbolo de la sabiduría. Y la sabiduría que nos trae Jesús es la de las Bienaventuranzas. Ellas “afirman que, para ser bienaventurados —es decir, plenamente felices—, no tenemos que buscar ser fuertes, ricos y poderosos; más bien, humildes, mansos, misericordiosos. No hacer daño a nadie, sino ser constructores de paz para todos” (Homilía en el Mausoleo John Garang, Yuba, 5-II-2023).

Además, la sal conserva los alimentos. Y en la Biblia lo que había que conservar sobre todo era la Alianza con Dios. Así enseñaba: “Nunca dejarás que falte a tu oblación la sal de la alianza de tu Dios: sobre todas tus oblaciones deberás ofrecer sal” (Lv 2, 13). Y “por eso el discípulo de Jesús, en cuanto sal de la tierra, es testigo de la alianza que Él ha realizado y que celebramos en cada Misa; una alianza nueva, eterna, inquebrantable (cf. 1 Co 11,25; Hb 9), un amor por nosotros que ni siquiera nuestras infidelidades pueden dañar”.

Si en los pueblos antiguos, la sal era símbolo de amistad, siendo así que es un pequeño ingrediente que desaparece para dar sabor, los cristianos, “aun siendo frágiles y pequeños, aun cuando nuestras fuerzas nos parezcan pocas frente a la magnitud de los problemas y a la furia ciega de la violencia, podemos dar un aporte decisivo para cambiar la historia. En el nombre de Jesús, de sus Bienaventuranzas, depongamos las armas del odio y de la venganza para empuñar la oración y la caridad”.

Jesús usa también la imagen de la luz, llevando a plenitud una antigua profecía acerca de Israel: “Yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra” (Is 49, 6). Jesús es la verdadera luz (cfr. Jn 1, 5.9, Jn 8, 12). Y nos ha pedido a los cristianos que seamos luz del mundo, como ciudad puesta en alto, como candelero que no ha de apagarse (cfr<. Mt 5, 14-16); pues las obras del mal no deben apagar el aire de nuestro testimonio.

Francisco quiso dejarles finalmente dos palabras: Esperanza, “como un don para compartir”, vinculado a la figura de santa Josefina Bakhita, que con la gracia de Dios transformó en esperanza su sufrimiento. Y paz, bajo el manto de María, Reina de la Paz.