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George Washington y la esclavitud: en el doscientos cincuenta aniversario de la Declaración de Independencia

03/07/2026

Publicado en

The Conversation

Alvaro Ferrary |

Profesor de Historia Contemporánea, Universidad de Navarra

Como dice Danielle Allen, en materia de igualdad, no se ha escrito nunca nada más trascendental que la afirmación de la Declaración de Independencia de que “todos los hombres han sido creados iguales”. Apenas puede sorprender que se haya fijado en el 4 de julio de 1776 la fecha fundacional de EEUU, ni que se haya afirmado que, desde su fundación, Estados Unidos de América se distinguió del resto de las naciones por su carácter excepcional de “faro de la libertad”.

 Esa visión idealizada es, por supuesto, una simplificación, que apenas se compadece con las complejidades de la historia americana. Un caso particularmente elocuente fue el drama de la esclavitud. En este tema, tras la promulgación de la Declaración, las cosas siguieron siendo como antes, sin que, de repente, se desplegara ninguna suerte de plan providencial que comenzara a cambiarlo todo. Sin embargo, en relación a la esclavitud, no cabe tampoco interpretar la Declaración como una cáscara vacía. Lo que se aprobó en aquel mes de julio en Filadelfia, y se proclamó solemnemente cuatro días después (entre otras cosas, que all men are created equal), comprometía a la recién creada nación con una aspiración de igualdad jurídica y legal para todos sus ciudadanos. Aunque enseguida surgieron y se extendieron las dudas. Once años más tarde, en una memorable ocasión, Benjamin Franklin las expresó con gran claridad. Fue el 17 de septiembre de 1787, en el curso de los últimos debates conducentes a la aprobación de la Constitución, cuando, meditando sobre la suerte que el futuro depararía al experimento político democrático que ahora se ratificaba (del cual la Declaración había significado su arranque), fijó su mirada en la figura del sol tallada en el respaldo de la silla de caoba que utilizaba Washington y a continuación se preguntó: “¿es un sol naciente o es un sol poniente?”

Pocas veces se ha aludido de manera tan poética a uno de los dos grandes dilemas de la Historia estadounidense: la palmaria contradicción existente entre los principios de libertad y de igualdad proclamados en 1776 y la persistencia del drama de la esclavitud. En este tema no cabe recurrir a subterfugios exculpatorios. Por ejemplo, al inevitable peso de los prejuicios heredados, lo que habría impedido a los Padres Fundadores mirar de cara a la realidad de la esclavitud. Nunca pasó nada de eso. Todos ellos eran plenamente conscientes de lo que esa institución implicaba. También George Washington.

Washington fue y se sintió un genuino hombre del Sur. Mount Vernon -el solar familiar de los Washington- era una importante plantación agrícola, con más de un centenar de esclavos. Así pues, las conexiones de Washington con la esclavitud y sus prácticas eran profundas. Sin embargo, también interpretó que la lucha que emprendía al frente del Ejército Continental no era solo por la libertad de los colonos, sino para acordar un nuevo pacto de valor universal, fundado en la igualdad de todos ante la ley. Aquella aspiración fue lo que le llevó a cuestionar, sin grandes aspavientos, pero también de manera constante y sin concesiones, el conjunto de supuestos y asunciones que, durante años, le habían llevado a comulgar con la dominante mentalidad esclavista de su tierra sureña. En muy poco tiempo, Washington fue capaz de reconocer que, sin contar con la igualdad de todos ante la ley, resultaba vano hablar de libertad. Pero también era plenamente consciente de lo poco equipados, política y psicológicamente, que estaban sus compatriotas, sobre todo en los territorios del Sur, para aceptar la supresión del régimen esclavista.

Al mismo Washington le resultaba difícil y doloroso renunciar a su estatus de hacendado de Virginia. Al final, dejó escrito en su testamento que, a su muerte, sus 123 esclavos debían convertirse en personas libres. Asimismo, esperaba que sus sucesores en la presidencia siguieran sus pasos, para dar ejemplo e ir abriendo el camino hacia la abolición. Desde nuestros parámetros actuales, todas esas medidas y deseos suenan a demasiado poco. Pero, para calibrarlas adecuadamente, hay también que tener muy en cuenta el pavor que Washington sentía a que una decisión apresurada en una cuestión tan sensible como esa acabara por hacer descarrilar el gran “experimento político” bajo su dirección. La eventualidad de un fracaso generó en él un estado de ansiedad permanente. Asimismo, se sentía transitando por un terreno totalmente inexplorado. Por ello, pensaba que debía actuar y comportarse con suma prudencia. Llegó a concluir que, cara al exterior, debía inspirar respeto, para no parecer débil; pero no tanto como para ser tomado, cara al interior, como un rey. Consideraba que solo sabiendo conciliar la autoridad y la osadía con la prudencia y la humildad, lograría evitar lo que más temía: el faccionalismo y la división del país en sectores irreconciliables. Con la perspectiva que nos proporcionan los 250 años trascurridos desde la Declaración de la Independencia, se puede llegar a afirmar que, en su forma de dirigir el país y de tratar a sus compatriotas, George Washington encarna la némesis de lo que hoy representa Donald Trump.