02/06/2026
Publicado en
Omnes
Ramiro Pellitero |
Profesor de la Facultad de Teología
Durante las últimas semanas el Papa ha aprovechado las Audiencias generales para hablar sobre la misión e identidad de la Iglesia basándose en la constitución apostólica Lumen gentium.
En las catequesis que está desarrollando al hilo de los documentos del Concilio Vaticano II, León XIV ha concluido la sección correspondiente a la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia.
Podemos presentarla aquí en tres partes: el misterio de la Iglesia y la Iglesia como Pueblo de Dios durante la historia; la jerarquía, los laicos y la vida consagrada; las dimensiones escatológica y mariana de la Iglesia.
La Iglesia, “sacramento de unidad” con Dios y entre los pueblos
Señala el Papa que san Pablo explica el origen de la Iglesia acudiendo al término paulino ‘misterio’. “Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz” (Audiencia general 18-II-2026). Esto, añade León XIV, se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica (especialmente la Eucaristía); pues ahílas diversidades se relativizan, nos encontramos juntos y atraídos por el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cfr. Ef 2, 14). Este es el misterio cristiano.
Ahora bien, esta convocatoria –observa el Papa– no se limita a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Esto se indica en la Lumen Gentium cuando dice nada más comenzar: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (n. 1). Y más adelante la llama “sacramento universal de salvación” (n. 48).
Dimensión humana y dimensión divina
En la segunda catequesis (cfr. Audiencia general, 4-III-2026), León XIV se fija en la expresión de Lumen Gentium 8: la Iglesia es una “realidad compleja”, porque está constituida con su dimensión humana y la divina, sin separación y sin confusión.
La dimensión humana, que se manifiesta también en su organización institucional, salta a la vista, pues, afirma el Papa, “la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos”. Pero además la Iglesia tiene una dimensión divina que “no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo”.
Y para ilustrar este modo de ser de la Iglesia, el Vaticano II se remite a la vida de Cristo: “La carne de Cristo –dice el Papa–, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible”. Es el método de Dios.
De ahí que, como señalaba Benedicto XVI,no existe oposición entre el mensaje del Evangelio y la institución o las estructuras eclesiales. “No existe -confirma León XIV– una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia”.
La Iglesia, “Pueblo mesiánico”
Ya en su segundo capítulo, la Lumen Gentium explica la Iglesia como Pueblo de Diosdurante la historia, que se preparó por la alianza con el pueblo elegido. De esto trató León XIV en la Audiencia general del 11-III-2026.
El Vaticano II llama a la Iglesia “pueblo mesiánico”, porque tiene como cabeza a Cristo, y sus miembros están injertados como hijos de Dios en Cristo. En consecuencia,señala el Papa León XIV, “la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad”. La Iglesia debe estar abierta a todos. Y creemos que todos, incluso los que no han recibido todavía el Evangelio, de diversas naciones, lenguas y culturas, están llamados y “orientados” hacia Dios y la Iglesia (Lumen Gentium 13, y 17).
“Esto –dice León XIV– significa que en la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en los que vive y obra. Así es como este pueblo muestra su catolicidad, acogiendo las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo, ofreciéndoles la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas (cfr. Lumen Gentium 13).
Pueblo sacerdotal, profético y real (regio)
En la Audiencia general del 18-III-2026, el Papa subrayó que el Bautismo unge a los fieles otorgándoles la condición del sacerdocio común para dar culto a Dios con toda su vida, y por la confirmación refuerza su misión de ser testigos de Cristo.
En cuanto al carácter profético de los fieles, señala León XIV, se manifiesta en el “sentido de la fe”. Este es, según la comisión doctrinal del Concilio, “como una facultad de toda la Iglesia, gracias a la cual en su fe reconoce la revelación transmitida, distinguiendo entre lo verdadero y lo falso en las cuestiones de fe, y al mismo tiempo penetra más profundamente en ella y la aplica más plenamente en la vida”.
Enseña el Vaticano II que, cuando los fieles dan universalmente su consentimiento en las cosas de fe y costumbres, participan de aquella infalibilidad que la Iglesia participa de Dios en determinadas condiciones (como de otra parte el Papa, cuando define los dogmas o los obispos en comunión con el Romano Pontífice, sea en el magisterio ordinario universal o solemne durante un concilio ecuménico) (cfr. Lumen Gentium 27 y 12). Todos los fieles están llamados a dar testimonio de la unidad de la fe que el Magisterio custodia. Y para ello cuentan con muchos dones y carismas, como son, por ejemplo, los de la vida consagrada o los correspondientes a formas asociativas de los fieles.
El fundamento de los Apóstoles
A continuación, León XIV explicó cómo la Iglesia católica encuentra su fundamento en los apóstoles (cfr. Audiencia general, 25-III-2026), que Cristo quiso como columnas vivas de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que obra al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus miembros. De ello se ocupa el capítulo III de Lumen Gentium. La estructura jerárquica no es una construcción humana, sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los apóstoles.
El documento se concentra en el “sacerdocio ministerial o jerárquico”, que difiere “esencialmente y no sólo en grado” del sacerdocio común de los fieles; y recuerda que “se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (Lumen Gentium 10).
El Concilio Vaticano II recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que “el encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio” (Lumen Gentium 24).
Los laicos, “piedras vivas en la Iglesia y testigos en el mundo”
Y así llega el Papa a su relectura del capítulo cuarto de Lumen Gentium, que trata sobre los laicos (cfr. Audiencia general, 1-IV-2026). El Papa señala cómo el Concilio explica en positivo la misión de los laicos, después de siglos en los que habían sido vistos simplemente como aquellos que no forman parte de los clérigos o de los consagrados. “Es común la dignidad de todos los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad” (Lumen Gentium, 32).
Junto con la dignidad, el Concilio subraya la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. “Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos […] que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (Lumen Gentium 31).
Como enseñó Juan Pablo II en la Christifideles laici (1988)el amplio campo del apostolado laical no se limita al espacio de la Iglesia, sino que se amplía al mundo. La Iglesia, de hecho, está presente en todos los lugares donde sus hijos profesan y testimonian el Evangelio. El mundo necesita que “se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz” (Lumen Gentium 36). Y exclama León XIV: “¡Y esto es posible solamente con la contribución, el servicio y el testimonio de los laicos!”.
Santidad y consejos evangélicos en la Iglesia
Lumen Gentium dedica su capítulo V a la “vocación universal a la santidad” que tienen todos los fieles (cfr. Audiencia general, 8-IV-2026). Esta llamada, recuerda el sucesor de Pedro, compromete a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y al prójimo, y a testimoniar la fe, si fuese preciso hasta el martirio (cfr. Lumen Gentium 42 y 50). La santidad es don de Cristo, observa el Papa, “como una transformación interior, por la que la vida de toda persona se configura con Cristo en virtud del Espíritu Santo” (cfr. Rm 8, 29; Lumen Gentium 40).
En esta perspectiva, se sitúa la vida consagrada, a la que Lumen Gentium dedica el capítulo VI. Se trata –explica el Papa León– de un signo profético del Reino de Dios, presente ya en el mundo por medio de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Estos no son obligaciones que encadenan la libertad, sino “dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales unos fieles son consagrados totalmente a Dios”. “Así –afirma– las personas consagradas testimonian la llamada universal a la santidad de toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical”, hasta la cruz y por amor.
La Iglesia peregrina en la historia hacia la patria celestial
En el capítulo VII de Lumen Gentium se presenta la dimensión escatológica de la Iglesia (cfr. Audiencia general, 6-V-2026). La Iglesia –apunta el Papa– tiene como horizonte final el Reino de Dios, que incluye una dimensión comunitaria y cósmica de la salvación en Cristo. Sabe la Iglesia que es lugar y medio donde la unión con Cristo se realiza “más estrechamente” (Lumen Gentium 48), y, al mismo tiempo, “reconoce que la salvación puede ser donada por Dios en el Espíritu Santo tambiénfuera de sus límites visibles”.
Los creyentes viven así entre el “ya” y el “todavía no”, sostenidos por la esperanza y llamados a rechazar lo que destruye la vida y a sostener a quienes sufren. Signo e instrumento del Reino, la Iglesia no se anuncia a sí misma, sino a Cristo. Y detalla León XIV: “Ninguna de las instituciones eclesiales puede ser absolutizada; es más, como viven en la historia y en el tiempo, están llamadas a una conversión constante, a la renovación de las formas y a la reforma de las estructuras, a la continua regeneración de las relaciones, de modo que puedan responder verdaderamente a su misión”.
María, modelo de la Iglesia
Finalmente, Lumen Gentium quiso dedicar el último capítulo a la Virgen María, que es “tanto el modelo, como el miembro excelente y la madre de toda la comunidad eclesial”. León. XIV le dedicóla Audiencia general, el 13-V-2026.
Dice el Papa: “Se podría expresar el conjunto de estas características de la Virgen María hablando de Ella como de la mujer icono del Misterio”, “es decir del diseño divino de salvación, en una época oculto y revelado en plenitud en Jesucristo”.
En ella se refleja también el misterio de la Iglesia, que “reconoce en ella el propio arquetipo, la figura ideal de lo que está llamada a ser”. Su ejemplo nos lleva a preguntarnos (lo que puede valer como una síntesis de estas catequesis): “¿Vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia? ¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?”.