01/06/2026
Publicado en
Universidad de Navarra
Marie-Anne Reynell |
Unidad de Sociedad y Cultura Ambiental del Instituto BIOMA

Esto es especialmente relevante en la educación primaria, donde los niños suelen establecer sus primeras conexiones emocionales con el mundo vivo, pero donde los propios docentes pueden sentirse inseguros a la hora de abordar la complejidad científica y el pensamiento sistémico que requiere la educación ambiental (Yli-Panula et al., 2024). En muchos contextos, los educadores de primaria no cuentan con una sólida formación científica, lo que puede dificultar ir más allá de explicaciones simplificadas y mensajes «prefabricados». El resultado es que la educación ambiental puede quedarse fácilmente en un nivel bastante superficial, centrándose en acciones aisladas en lugar de ayudar a los niños a comprender hasta qué punto los sistemas ecológicos están realmente interconectados. Paralelamente, existe una creciente preocupación por la «ecoansiedad» entre los niños y los jóvenes, muchos de los cuales describen sentimientos de miedo, incertidumbre e impotencia ante el futuro (Hickman et al., 2021). Cuando las narrativas negativas o impulsadas por la crisis dominan la educación ambiental, estas emociones pueden intensificarse, especialmente si no se da a los estudiantes suficiente espacio para explorar, actuar y experimentar formas colectivas de agencia.
Otro problema es que la educación ambiental sigue impartiéndose a menudo en el interior. Con demasiada frecuencia, se encaja a la fuerza en el horario lectivo y se trata como un «complemento» en lugar de como una forma fundamental de comprender el mundo. En ese formato, corre el riesgo de volverse abstracta y desconectada de la experiencia vivida. Es difícil imaginar cómo pueden desarrollarse relaciones significativas con el mundo natural si el aprendizaje sobre él se lleva a cabo principalmente desde el interior de un aula. Sin un fuerte componente al aire libre, la educación ambiental puede convertirse fácilmente en algo simbólico en lugar de experiencial y, por lo tanto, tener un impacto limitado. Las investigaciones demuestran sistemáticamente que la conexión emocional con la naturaleza se construye a través de la experiencia directa: el tiempo al aire libre, la participación sensorial, la observación sostenida y las actividades ambientales compartidas (Chawla, 2020). Como sostiene Wals (2020), la educación ambiental debería ir más allá de la transmisión de información y, en su lugar, fomentar el pensamiento crítico, los valores compartidos y lo que él describe como una «pedagogía relacional de la esperanza», en la que se invita a los alumnos a imaginar formas alternativas de vivir y relacionarse con el mundo.
Estos retos no se ven facilitados en absoluto por los cambios sociales y culturales más amplios. La creciente urbanización, la preocupación por la seguridad y el «peligro que representan los desconocidos», la reducción de las oportunidades para jugar al aire libre de forma autónoma y la creciente presencia de las pantallas en la vida cotidiana han contribuido a crear una generación de niños que, a menudo, pasan menos tiempo en entornos naturales que las generaciones anteriores (Louv, 2005). En este contexto, enfoques como el aprendizaje al aire libre, las escuelas forestales, la ciencia ciudadana, los proyectos de restauración ecológica y el trabajo comunitario intergeneracional no son extras opcionales, sino formas esenciales de hacer realidad la educación ambiental. Ayudan a los jóvenes a pasar de ser receptores pasivos de información a participantes activos en los sistemas ambientales. Igualmente importante es la necesidad de crear espacios para la reflexión, el procesamiento emocional y la creatividad, sin los cuales se ve obstaculizado el potencial para imaginar futuros alternativos. En última instancia, la educación ambiental no se limita a comprender los problemas ecológicos; se trata de ayudar a los jóvenes a desarrollar un sentido sólido de pertenencia, responsabilidad y agencia colectiva en un mundo cambiante.