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Cambio climático y seguridad alimentaria

01/06/2026

Publicado en

Universidad de Navarra

Ariane Vettorazzi |

Investigadora y profesora contratada Doctor del Departamento de Farmacología y Toxicología de la Universidad de Navarra

En el Día Mundial del Medio Ambiente, la lucha contra la crisis climática exige centrar también la atención en la seguridad alimentaria, un ámbito donde las alteraciones del clima no solo amenazan la disponibilidad de los alimentos, sino también su inocuidad. Aunque es un tema menos debatido públicamente, el cambio climático provoca un aumento de temperaturas, sequías y variaciones en las lluvias que alteran la relación entre cultivos, plagas y patógenos, favoreciendo la aparición de peligros químicos y microbiológicos a lo largo de toda la cadena, desde el campo hasta la mesa. Un aspecto de gran relevancia son los cambios en los patrones de contaminación de los cultivos por hongos toxigénicos y la consecuente contaminación de los alimentos y piensos con micotoxinas, unos metabolitos secundarios altamente tóxicos producidos por géneros como Aspergillus, Penicillium y Fusarium, cuya prevalencia varía y depende estrechamente de las condiciones climáticas y geográficas.

Entre estas toxinas, las aflatoxinas —especialmente la aflatoxina B1— destacan como las más peligrosas por ser sustancias genotóxicas, inmunosupresoras y potentes carcinógenos hepáticos en humanos. Actualmente, en la península ibérica, la presencia de aflatoxinas en alimentos y piensos se mantiene generalmente en frecuencias altas, pero con niveles bajos que no superan los límites legales establecidos para proteger la salud humana. Sin embargo, los modelos de predicción climática advierten de que un aumento de +2 °C —el escenario considerado más probable para los próximos años— expandirá las zonas de riesgo en el sur de Europa. Esto provocaría que la contaminación por aflatoxinas en cultivos fundamentales como el maíz supere los límites legales de forma mucho más frecuente, incrementando la exposición crónica de la población.

Ante este panorama, comprender estas interacciones ambientales, monitorizar las micotoxinas actualmente reguladas, así como estudiar la posible aparición y toxicidad de nuevas micotoxinas, llamadas micotoxinas emergentes, resulta esencial para anticipar riesgos y adoptar acciones anticipatorias que protejan la salud pública ante los desafíos de la crisis climática.