01/04/2026
Publicado en
Omnes
Mariano Crespo |
Catedrático de Filosofía y director académico del Máster en Cristianismo y Cultura Contemporánea
Desde hace unos meses se viene discutiendo en la prensa de nuestro país acerca de un supuesto “giro católico”. Este vendría avalado por varios hechos como, por ejemplo, el significativo aumento de bautizos de adultos en Francia. Según un informe de la Conferencia Episcopal Francesa (CEF), en 2025 fueron 17.800 los catecúmenos (adultos y adolescentes) que recibieron el bautismo en ese país durante la Pascua, lo que supone un aumento del 45 % con respecto al año 2024. Estos resultados serían los más altos jamás registrados desde la creación de esta encuesta por la CEF hace más de veinte años (en 2002). Por otra parte, se confirma y se refuerza de manera muy significativa una tendencia ya observada en el estudio del año pasado: la proporción creciente, y ahora mayoritaria, de jóvenes entre el conjunto de los catecúmenos. En nuestro país este giro estaría ilustrado por el auge de determinados movimientos eclesiales orientados fundamentalmente a jóvenes y, más recientemente, por el éxito de la película Los domingos, la cual se centra en una joven de 17 años que se plantea seriamente abrazar la vida religiosa de clausura.
Estas y otras circunstancias han llevado a sociólogos y pensadores a sostener que nos encontramos ante una suerte de “revival” de lo católico. Esto sucedería tras años en los que profesar esta fe era comprendido como una opción privada, equiparable a una preferencia subjetiva y, por tanto, no racional, que incluso era objeto de mofa y escarnio. De este modo, parecería que el diagnóstico de Byung-Chul Han al inicio de su librito sobre Dios en donde se sostiene que “no es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”, es excesivamente pesimista.
Sea como fuere, lo que es cierto es que desde mucho antes que se hablara de este “giro católico” asistimos en el ámbito del pensamiento a una suerte de “giro teológico” o de nuevo interés por la cuestión de Dios y por el fenómeno religioso. Ciertamente, en gran parte de lo que, en términos generales, se denomina “Modernidad” tuvo lugar una especie de autolimitación o automutilación de la propia razón al estar centrada exclusivamente en el ámbito de las ciencias empíricas. Cuando hoy hablamos de una demostración racional o una demostración científica, automáticamente todos pensamos en el trabajo que, por ejemplo, se hace en un laboratorio. Sin embargo, cada vez más se ha ido abriendo paso la consideración – por otra parte, genuinamente católica – de la necesidad de una ampliación del radio de la razón, tal y como Josef Ratzinger/Benedicto XVI sostuvo tanto en su obra teológica como en su ministerio petrino.
En este orden de cosas, destacadas corrientes filosóficas se han abierto a considerar el “fenómeno” Dios, a analizar el modo en el cual se nos dan Dios y las “cosas de Dios”. Ciertamente, como ya lo señaló el teólogo Joseph Ratzinger en su Introducción al cristianismo, entre Dios y el hombre hay un abismo infinito. Hemos sido creados de tal manera que nuestros ojos sólo pueden ver lo que no es Dios. Dios caerá siempre fuera de nuestro campo visual. Sin embargo y como el propio Ratzinger reconoce, que la actitud expresada en la palabra credo significa “una forma primaria de situarse ante el ser, la existencia, lo propio y todo lo real”. Es una opción mediante la cual se afirma que en lo íntimo de la existencia humana “hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible”. De este modo, la fe cristiana considera lo invisible como más real que lo visible.
Sin embargo, cabe preguntarse con san Agustín ¿hasta qué punto “las cosas invisibles de Dios son comprendidas y vistas mediante las cosas creadas”? Pensadores contemporáneos como Jean-Luc Marion entre otros han apuntado a lo que han denominado “la paradoja fenomenológica”. Con esta expresión el filósofo francés se refiere a la aparente contradicción del “aparecer de lo preeminentemente inaparente, la visibilidad de lo invisible como tal y que permanece así en su visibilidad”. La cuestión central que aquí se plantea es: ¿qué es lo que vemos de lo invisible? O, dicho de otro modo, ¿qué se nos muestra de lo invisible en lo visible?
Lo anterior pone de relieve que el reino de los fenómenos es mucho más amplio que el de las entidades perceptibles. Como señala Jean-Yves Lacoste, “aparecer” es más que “sernos presente por nuestros sentidos”. De hecho, llega a decir que “percibimos más de lo que nuestros sentidos nos dan para que lo percibamos”. Esto está en la base de la experiencia religiosa en la medida en que en esta el corazón del hombre puede sentir a la vez la presencia y la ausencia de Dios.
De este modo, la filosofía contemporánea se abre a modos de “donación” diferentes a la representación en los cuales lo ausente desempeña también un papel. A ello se refiere Lacoste cuando menciona que el Dios “sensible al corazón” es a la vez presente y ausente, sentido y no sentido. Como recuerda este autor, Dios es infinitamente mayor que todo lo que sentimos y sabemos de Él. Sin embargo, lo que no sentimos y sabemos de Dios no es, en realidad, una carencia, una ausencia, sino un “surplus”, “demasiada presencia”. Esto no quiere decir que tengamos que poner entre paréntesis lo que sabemos acerca de Dios. Este ser infinitamente mayor de Dios frente a nuestro saber acerca de él pone de manifiesto que su presencia no es una presencia al modo de un objeto de la representación. Se trata de una presencia al “corazón”.
Por consiguiente, este “giro católico” o, al menos, “giro cristiano” que parece observarse en algunas de las corrientes filosóficas más relevantes de las últimas décadas va de la mano de una recuperación de la afectividad como elemento central junto con el entendimiento y la voluntad. Frente a una cierta tradición que considera que la esfera afectiva ha de ser excluida del ámbito espiritual reduciendo esta al ámbito de las sensaciones corporales, los estados emocionales o las pasiones, la filosofía contemporánea ha recuperado el papel determinante que esta esfera desempeña en la persona humana. De hecho, se ha llegado a sostener que en muchos ámbitos el corazón es lo que constituye nuestro verdadero yo.
En resumen, el “giro católico” que parece apreciarse en desarrollos importantes del pensamiento contemporáneo se ha centrado en la peculiaridad de la experiencia religiosa. En esta el ser humano se abre amorosamente a un Dios personal que le deslumbra, pero que, al mismo tiempo, siente como cercano. A ello se refería Pascal cuando escribía: “Mientras al hablar de las cosas humanas se dice que hay que conocerlas antes de amarlas, lo cual se ha convertido en proverbio, los santos, al contrario, dicen, al hablar de las cosas divinas, que hay que amarlas para conocerlas, y que no se entra en la verdad sino por la caridad”.