01/03/2026
Publicado en
ABC
Javier Gil Guerrero |
Investigador del grupo 'Religión y sociedad civil' del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra

El problema es que el aparato represor en Irán está descentralizado. Los dos órganos principales de la represión, la milicia de los Basich y la Guardia Revolucionaria, se encuentran desperdigados por toda la geografía y con cadenas de mando autónomas pensadas para seguir operando en caso de perder la comunicación con los centros de mando en Teherán. No obstante, de darse una contestación social similar a la del pasado enero y con la cúpula del régimen descabezada, esta infraestructura local podría verse desbordada. Para alentar esta nueva movilización popular, sin embargo, habría que restablecer el acceso a internet y redes sociales de los ciudadanos. Tras el ataque, el régimen iraní ha vuelto a aislar a su población del resto del mundo, bloqueando el acceso al exterior mediante las redes.
Frente a quienes sostienen que un ataque exterior tan solo hará más fuerte al régimen, desatando una ola de patriotismo en torno a los líderes políticos y religiosos del país, olvidan que la guerra del pasado junio no azuzó esas pasiones entre la población. Al contrario. La guerra de los doce días contra Israel fue seguida, unos meses más tarde, por la mayor oleada de protestas contra el régimen. Tal fue la magnitud de la ira popular, que el régimen se vio abocado a tomar la medida sin precedentes de aislar a noventa millones de iraníes del resto del mundo durante semanas. No es lo mismo una guerra contra un régimen revolucionario que acaba de nacer (la República Francesa de finales de 1792 o la República Islámica de 1980) que contra un régimen maduro en vías de descomposición (la Rusia zarista de 1914 o la República Islámica de 2026). En el primer caso, la agresión externa suele fortalecer y radicalizar al régimen; en el segundo, suele acelerar su declive.
El problema es que una ofensiva aérea que pueda poner al régimen de rodillas y a merced de la oposición requiere una intensidad de ataque y prolongación en el tiempo que está por ver si Trump está dispuesto a permitir. Los stocks de municiones en Israel y Estados Unidos están alarmantemente bajos y la paciencia política de los estadounidenses con sus guerras, desde Vietnam, es notoriamente escasa. Por otra parte, no basta con poner en bandeja el gobierno iraní, también hacen falta unas manos firmes para recogerla. En este caso, Irán carece de una oposición unida y organizada, al menos dentro del país. El régimen se ha asegurado durante décadas de que los líderes opositores estén en los cementerios o en el exilio. La figura del príncipe heredero, Reza Pahleví, hijo del Sha derrocado en 1979, ofrece una posibilidad de liderazgo carismático opositor. Pero el príncipe heredero lleva décadas viviendo fuera de Irán y carece de una infraestructura consolidada dentro del país.