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“Me llevo la Universidad dentro y le agradezco a Dios haberme permitido participar en esta tarea, en este lugar y en este tiempo preciso que nos ha tocado vivir”

El profesor de la Facultad de Teología, Ramiro Pellitero, imparte una conferencia sobre la teología del laicado con motivo de su jubilación

30 | 04 | 2026

El profesor de la Facultad de Teología, Ramiro Pellitero, impartió el 24 de abril una conferencia con motivo de su próxima jubilación, a la que asistieron profesores, personal administrativo, estudiantes, familiares y amigos. 

Titulada ‘Teología del laicado según Yves Congar’, la conferencia presentó la evolución del pensamiento del teólogo dominico francés acerca de los fieles laicos. Destacó que, en una primera etapa, especialmente en 1953 con su libro Jalones para una teología del laicado, Congar describía al laico como aquel cristiano que busca a Dios a través de las cosas del mundo, pero “de un modo todavía dependiente de una visión un tanto clerical”, como resultado de siglos en los que “a los laicos se les concedía sólo un lugar pasivo”. En ese contexto “el trabajo, la familia, las tareas culturales y políticas no tenían un valor propiamente teológico” y la misión de la Iglesia se concebía como dirigida exclusivamente al Reino de los cielos sin valorar en su medida la historia humana. Aunque Congar se esforzó por corregir esta perspectiva, e influyó decisivamente en la teología del laicado, dejó una impresión de cierta insuficiencia, a la hora de explicar la vocación y misión de los laicos.

El profesor Pellitero señaló que esta visión fue transformada por el Concilio Vaticano II, que concibió la Iglesia como “un gran sacramento de salvación que se ofrece al mundo” y afirmó que “la misión de la Iglesia es responsabilidad de todos los cristianos”. Hizo hincapié en que los fieles laicos, desde entonces, fueron descritos como aquellos que “se santifican desde dentro de la sociedad civil, de los trabajos y de las familias, de las relaciones de amistad y de la cultura”, teniendo como misión “ordenar las realidades temporales al Reino de Dios”, en complementariedad con el ministerio de los sacerdotes y la vida religiosa. 

Señaló también que para Congar, después del Concilio, la Iglesia era construida no solo por la jerarquía, sino también por multitud de servicios y otros “ministerios y carismas”, y que “todos hacemos todo, pero de distinto modo”. Y explicó que esta perspectiva fue recogida de forma madura en Christifideles laici, donde se señaló que lo propio de los laicos es la “índole secular”, por la que se santifican en y a través de las realidades temporales y son Iglesia en la entraña del mundo: “En ellos el ser y actuar en el mundo no son un mero marco exterior en su camino hacia Dios, sino que constituyen ese camino mismo”.

A lo largo de varias décadas de dedicación a la docencia, la investigación y el asesoramiento personal, Ramiro Pellitero ha desarrollado una trayectoria profundamente vinculada a la Universidad. Médico de formación, sacerdote y teólogo, su recorrido académico y vital refleja una constante: el deseo de comprender y transmitir, con rigor y cercanía, las claves de la fe y su diálogo con la cultura contemporánea.

Desde sus inicios como alumno, hasta su consolidación como profesor en distintas facultades, su experiencia está marcada por la atención a las personas, la apertura intelectual y una clara vocación de servicio a la Iglesia y a la sociedad.

¿Cómo llegaste a la Universidad?

Después de la carrera de Medicina y el servicio militar, entonces obligatorio, me trasladé a Roma. Allí terminé los estudios de bachillerato en Teología, que ya había comenzado. Luego vine a Pamplona para cursar la licenciatura en Teología. Había conocido anteriormente la Universidad de Navarra en alguna ocasión. Y me atraía su ambiente de serenidad y seriedad. Por eso me alegré mucho de tener la oportunidad de hacer esos estudios. Al acabar la tesis de grado, fui ordenado sacerdote. Un poco antes había comenzado a dar clases como ayudante de Teología sistemática. Después de un año en Barcelona con encargos pastorales, me reincorporé a la Facultad de Teología. 

¿Qué destacarías de tus años de carrera?

Destacaría la atención personalizada que encontré como alumno, y que luego, ya como profesor, procuré tener con mis alumnos. También el enfoque profesional de las cuestiones, la altura de miras, el deseo de servir a la Iglesia y a la sociedad, el amor y el cuidado a los sacerdotes y a los seminaristas que me inculcaron desde el principio. 

¿Cómo recuerdas los inicios en la Universidad? 

Recuerdo que comencé a dar clases en el bachillerato de Teología, en una asignatura que entonces experimentaba una gran renovación: la Teología pastoral. Tenía unos excelentes tutores (sobre todo Pedro Rodríguez y José Luis Illanes y otros profesores como José María Casciaro, Lucas Francisco Mateo Seco y D. José Morales), que me animaron a enfrentarme con las obras de los grandes teólogos del siglo XX sin perder de vista la tradición teológica del cristianismo, cosa que he agradecido siempre, porque en esa encrucijada está la fuente de lo que hoy llevamos a cabo.

Siempre me han gustado los idiomas, y me animaron a cultivarlos más seriamente. He vivido con singular interés la implantación de Internet y del trabajo online y de las facilidades que eso supone para tejer desde aquí redes de trabajo en muchos países.
 
¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?

Siempre me he encontrado muy a gusto en la Universidad. He dado clase, además de en la Facultad de Teología, en otras facultades: en Filosofía, en Ciencias, en Enfermería. Por mi carrera anterior, en Santiago de Compostela, donde había sido alumno interno de Histología y Anatomía Patológica primero, y después de Neurología; y también por haber colaborado en la capellanía de la Clínica de la Universidad de Navarra durante cuatro años, he tenido siempre relación con la Facultad de Medicina. Y en mi última etapa académica, también con la Facultad de Educación y Psicología. 

Es una suerte, aunque a veces no sea fácil, poder compaginar la docencia con la investigación y con la atención a los alumnos; y además, como sacerdote, poder ayudar a muchas personas en su relación con Dios. En todo esto ayuda mucho el ambiente internacional de la Universidad.

¿Cómo definirías tu paso por la Universidad como docente?

Siempre me ha gustado dar clase, quizá porque ya en mi familia había varios maestros y además su segundo apellido era “maestro”. 

A la hora de dar clase he procurado cada vez preparar algo nuevo, pensando en las necesidades de los alumnos. He intentado entregar lo que yo había recibido y de la misma forma: facilitarles el camino, situándoles poco a poco donde yo iba llegando, sin dejar de exigir lo que corresponde. 

A este propósito, recuerdo que, con motivo de un congreso en Roma sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, tuve ocasión de conocer al entonces cardenal Joseph Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI. Cuando me presenté diciendo que venía de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, su reacción inmediata fue bastante expresiva: “Ah, buenos profesores…”.

¿Cómo describirías tu tarea investigadora?

Tuve la ocasión de hacer una estancia postdoctoral en Estados Unidos, concretamente en Washington D. C, donde, además de investigar sobre la teología de los hispanos estadounidenses, colaboré algunos veranos en la docencia de la Catholic University of America, dependiente de la Conferencia Episcopal de ese país. Antes y después he vuelto de vez en cuando a Estados Unidos, siempre con mucho interés, especialmente en las materias catequéticas. 

También he dedicado bastante tiempo a América Latina (México, Guatemala, Chile, Colombia...), donde, además de colaborar en la formación sacerdotal, he podido participar en la puesta en marcha de programas de posgrado para profesores de religión de colegios. 

En la Facultad de Teología me asignaron la elaboración de un currículo de Teología pastoral y, luego, ayudar en Eclesiología. En ambas tareas he procurado tener y transmitir una visión de conjunto de las materias que me tocaba impartir. También me ha interesado la Pedagogía de la fe, y he tenido la suerte de contribuir al trabajo del Instituto Superior de Ciencias Religiosas, siguiendo los pasos de Jaime Pujol y Francisco Domingo. 

He procurado vivir con pasión el desafío de una teología fiel a la tradición recibida y, precisamente por eso, abierta a la renovación continua que supone responder a las necesidades evangelizadoras de nuestros días. 

¿Qué es lo que más te ha gustado de la Universidad?

La oportunidad de aprender. Intento vivir eso de que se comienza a ser universitario el día que te matriculas, pero luego uno no deja (o no debe dejar) de ser universitario. Como cristiano, la alegría de trabajar buscando la unidad de vida y con una clara finalidad de servicio. Como sacerdote, he tenido muchas experiencias de casi tocar la acción de Dios en las personas. 

¿Qué te llevas de la Universidad?

Me la llevo dentro, sobre todo el agradecimiento a Dios por haberme permitido participar de esta tarea, en este lugar y en este tiempo preciso que nos toca vivir. Y a tantas personas que día a día la sacan adelante. Guardo excelentes recuerdos del personal de administración y servicios. Por muchos motivos, tengo un cariño especial a la Clínica. Me quedo también con otras tantas personas que no conozco personalmente pero que sé que son tan fundamentales en la Universidad como los grandes profesores.

¿Qué significa para ti la última clase? ¿Qué quieres transmitirles a tus alumnos con ella?

Es una ocasión más para compartirles algo que les puede resultar útil, y atender a sus inquietudes. Dicen que la educación es una de las tareas que de verdad ayuda a mejorar el mundo. Desde luego que al primero que le ayuda es al profesor. 

Quiero recordarles que Dios guía la historia, la vida y el pensamiento humano, respetando delicadamente nuestra libertad y buscando nuestra correspondencia, para hacernos crecer sobre todo en amor. Y que el trabajo universitario, con su dimensión interdisciplinar, es siempre una tarea fascinante. 

Para un sacerdote que trabaje o estudie aquí, es también una ocasión diaria para prolongar la celebración de la Eucaristía sobre ese singular retablo que es el campus y toda la tarea de la Universidad, como dijo san Josemaría. 

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