Velázquez, último protagonista del ciclo de conferencias Francisco Calvo Serraller
Fernando Marías, catedrático de Historia del Arte, acercó a los asistentes la obra y figura del pintor
FotoManuel Castells/
09 | 03 | 2026
Hoy parece surrealista pensar en el ‘David’ de Miguel Ángel como barroco, pero el majestuoso mármol renacentista recibió esa etiqueta durante un tiempo. Este es uno de los misterios que trató Fernando Marías, catedrático de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid, en la última sesión del Ciclo de conferencias Francisco Calvo Serraller, organizado por la Fundación Amigos del Museo del Prado y la Facultad de Filosofía y Letras.
En su sesión, Marías recordó cómo los genios del Barroco hubieran entendido su etiqueta como un insulto. “Pero es que el nombre de su estilo no lo eligieron ellos”, recalcó el profesor: “Los que se dedicaron a hablar del barroco fueron los autores que escribían sobre ellos”. Hablaba de los filólogos, cuyas observaciones escritas hoy nos permiten entender la recepción que tuvo este periodo entre los contemporáneos.
Velázquez fue uno de los pintores sobre los que se escribió tanto en vida como en los siglos posteriores. Se le conoció a través de las palabras de Palomino, pero también de Wölfflin y Gurlitt, autores que Marías usó para trasladar a los asistentes a siglos pasados. Además, el profesor desveló una de las claves que hicieron a las obras del sevillano tan especiales. “El gran elogio que se podía recibir en aquella época era que la técnica del trampantojo funcionaba en un cuadro”.
Es esa destreza la que dota de magia a las producciones de Velázquez, su capacidad para hacer dudar a la audiencia sobre si lo que tenían enfrente era lienzo o realidad, como señaló Marías, “que la realidad pictórica fuera un sucedáneo de la materia”. Para lograr esa capacidad mimética, el pintor debía conocer profundamente las causas detrás del fenómeno. “No basta con pintar el rocío, sino saber cómo se produce”. Lo mismo con sus bodegones, cuya cerámica hacía pensar que el jarrón se había forjado a mano antes de alcanzar la pintura. “El interés del sevillano por estos efectos se compenetraba con su fijación desde muy temprana edad por establecer un vínculo con la audiencia”, explicó.
Si alguien ha tenido la oportunidad de apreciar el cuadro de ‘Los Borrachos’ en persona, notará una mirada penetrante. “Nosotros los vemos porque nos están mirando”, apuntó Marías sobre los ojos casi maníacos de uno de los personajes. Esa mirada abre al público una ventana; es una invitación a formar parte de una escena que traspasa al cuadro.
Todo ello responde a la voluntad performativa de Velázquez, un artista que incluso fue criticado por tener la osadía de pintarse a sí mismo de cuerpo entero en el seno de la familia real. Los primeros rastros de su pretensión, señaló el ponente, puede que aparecieran desde el momento en el que decidió cambiar su nombre, de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez a Diego Velázquez.
A pesar de todo lo que se ha estudiado de la vida del sevillano, todavía queda mucho por conocer de él. Porque aunque pase el tiempo, los vestigios de Velázquez todavía suscitan fascinación; puede que sea por la idea con la que concluyó Marías, y es que “solo podemos aprovecharnos del pasado, porque el futuro no está escrito”.
Con una mirada también al pasado, el coordinador del ciclo de conferencias, Javier Azanza, agradeció a los 32 ponentes que han participado en las 10 ediciones del Ciclo de Conferencias de Francisco Calvo Serraller. Diez años recorriendo la mirada sagaz de genios y a la espera del próximo, “para seguir adentrándonos en los maravillosos caminos del arte”.