En la imagen
Portada del libro de Carlos Malamud ‘Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983). Sur, paredón y después...’ (Madrid: Catarata, 2026), 262 p.
El 24 de marzo se cumplen 50 años del golpe militar en Argentina que dio lugar a la dictadura castrense vivida por ese país entre 1976 y 1983. Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED e investigador de Elcano, ha querido recoger en un volumen de lectura rápida una narración de los hechos y algunas consideraciones sobre los mismos.
Nacido en Buenos Aires y veinteañero al comienzo de la década de los 70, Malamud conoce bien el proceso que llevó al retorno de Juan Domingo Perón en 1973 y al rápido colapso de la recobrada democracia tras la muerte de este en 1974 y su sustitución por la vicepresidenta María Estela Martínez de Perón (Isabelita): la violencia política, con los atentados de los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y la represión de la subversión, y la crisis económica derivaba del agotamiento del modelo de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) generalizado en Latinoamérica.
Esa conexión personal no tiñe de subjetivismo las páginas de esta obra, sino que, al contrario, garantizan un conocimiento de primera mano, así como el interés por un tema sobre cuya bibliografía el autor se ha podido mantener al día. Precisamente, en su libro, Malamud sigue los hechos establecidos por la historiografía de las últimas décadas, tomando de esas publicaciones lo que considera más relevante.
La obra sigue un orden cronológico, si bien para dar mayor contexto a los sucesos y las decisiones –especialmente de los mandos militares– hay en ocasiones un ir atrás y adelante que no entorpece el seguimiento de los acontecimientos. Para el lector no argentino la complejidad está en entender los matices de cada variante del espectro político de la Argentina de entonces. Si aún hoy el peronismo ofrece múltiples caras, con elementos que en gran medida siguen siendo difíciles de entender desde fuera, todo se complica si a eso añadimos las diferencias mantenidas por las guerrillas, por los sindicatos y por las camarillas militares (desavenencias entre el Ejército, la Armada y el Aire, y entre mandos de esos mismos cuerpos); incluso hay variaciones entre las actitudes del principio mantenidas por las mayores cabeceras de prensa y por la jerarquía católica y las que sustentaron avanzada la dictadura.
La cuestión económica es otro anillo de complicación. La dictadura escogió a Martínez de Hoz –ministro de Economía durante la mayor parte del periodo– para corregir el estatismo de la doctrina ISI, que estaba alimentando la inflación, el déficit y la deuda. Pero eso era una contradicción: en la cúpula militar más bien imperaba el nacionalismo, el intervencionismo y los controles de todo tipo, de forma que las medidas liberales se aplicaron a medias y sin los efectos pretendidos, acentuando la dinámica inflacionaria.
Puede decirse que Malamud sale airoso de la prueba de presentar de modo ordenado y comprensible toda esa complejidad.
No hay ningún propósito revisionista respecto a la versión que internacionalmente ha quedado de aquella experiencia traumática del pueblo argentino (“la dictadura militar más ominosa y sangrienta de la historia argentina”, la califica el autor), ni ánimo de rescatar ninguna figura. Videla aparece quizás más precisado que el estereotipo del dictador sanguinario —menos exaltado que otros jefes militares, opuesto a la guerra con Chile por el Beagle—, aunque eso no resta su responsabilidad en los crímenes cometidos, como confirmó la posterior condena de reclusión perpetua; por su parte, Massera –y al final Galtieri– se ven confirmados en su papel de actores especialmente negativos (más perverso el primero que el segundo). Por otro lado, Malamud critica a los sectores de las Madres de Plaza de Mayo que glorificaron la violencia guerrillera ejercida por sus hijos ‘desaparecidos’ (una injusticia no debería justificar la otra) y a las voces peronistas, como el kirchnerismo, que han mantenido vivo ese mismo relato.
El autor también puntualiza que la Operación Cóndor tuvo su origen y gestión en las capitales del Cono Sur (no fue orquestada por Washington, aunque esa praxis se alineara con los intereses estadounidenses); constata que Argentina y Chile estuvieron a horas de la guerra en diciembre de 1978; es inmisericorde con la huida hacia adelante y con la deficiente planificación y ejecución de la Guerra de las Malvinas, y presenta un perfil más bien amable de un Alfonsín consciente del desprestigio militar en esa contienda y acelerador del retorno democrático.
Malamud consagra las últimas páginas a diversas precisiones y consideraciones en torno a la dictadura y la memoria a ella reservada. Por un lado, quiere dejar constancia de que el terrorismo de Estado aplicado por los militares desde el poder se llevó a cabo cuando las guerrillas ya habían sido en gran medida vencidas: el propósito de la represión no era tanto evitar riesgos de seguridad como el interés totalitario de conformar una nueva sociedad de acuerdo con un específico marco ideológico. Por otro lado, Malamud exige el derecho a cuestionar la cifra de 30.000 desaparecidos, no porque la crea alta o baja, sino porque debido a las dificultades que hubo y sigue habiendo para cuantificarlos debidamente, se adoptó una cifra totémica que ha sido usada políticamente pero que requiere someter a un proceso de comprobación histórica.
Al calor del debate sobre los “dos demonios”, el autor reclama no validar la pretensión de que quienes se alzaron en lucha armada quedan justificados y enaltecidos por oponerse a la perversión de un estado dominado por los intereses capitalistas. Niega además que lo ocurrido entonces, aunque ciertamente espantoso, fuera un genocidio, como lo etiquetan algunas voces.
Malamud lamenta que siendo Argentina el país del Cono Sur que más pronto enjuició a los integrantes de las juntas militares, haya sido en cambio el lugar donde parte de la izquierda sigue defendiendo la validez de la lucha armada guerrillera de aquel periodo —a diferencia de los errores reconocidos por antiguos dirigentes revolucionarios luego destacados mandatarios en Brasil y Uruguay— y donde los temas en torno a la dictadura continúan teniendo más carga pasional.
Este esfuerzo de precisar con rigor los términos de la experiencia vivida por Argentina entre las décadas de 1970 y 1980 constituye una inestimable aportación para el debate en este cincuentenario del golpe militar.